La muerte de Amado del Pino

La noticia de la muerte de mi amigo-colega Amado del Pino me ha desconcertado. El aviso del dramaturgo Raúl Alfonso me sacó de la cama. Amadito, al que solo conocí en 2003, cuando ya era muy reconocido en el teatro cubano como dramaturgo y crítico, se convirtió en un amigo muy especial, sobre todo después de 2004, cuando formó parte del jurado que me entregó el Premio Virgilio Pinera por mi obra El Concierto. Desde entonces, tuvimos una relación de colegas muy especial, de amistad, casi de hermandad.

Nos escribíamos casi a diario, él desde Madrid, donde lo visité en 2011, y yo desde mi entrañable Matanzas. Al primero que mandaba siempre mis obras era a Amado. Después se las mandaba a Abelito González Melo, pero primero a Amadito. Él me daba su opinión, confiable, al menos para mí. Amado hacia lo mismo conmigo, me enviaba sus obras primero que a todos, después de que las leyera su querida Tania Cordero, claro.

Amado del Pino tuvo la gentileza de promocionar mi obra como si fuera la suya, cosa que muy pocos hacen. Cuando venía a Cuba, al menos un día  visitaba nuestra Casa de la Memoria Escénica, en Matanzas, y siempre donaba algo, porque valoraba nuestro trabajo en bien del patrimonio. Y allí hablábamos del teatro y de la vida. Lo recuerdo hablando más que yo, con su particular manera de hacer. Cariñoso, como un hermano mayor.


Foto: Cortesía de Alex Fleites


Escribí sobre su obra, lo aconsejé, reflexionamos juntos. Sentíamos, quizá, que ambos veníamos del campo. En Madrid, además de José Luis García Barrientos y Abel González Melo, fue un gran anfitrión. Fuimos a varios rincones de esa hermosa ciudad, y en su apartamento preparó para mí una comida, rapidísima, a su estilo. Creo que publiqué en La Gaceta de Cuba la última entrevista que se le hizo.

Hace varios días no recibía mensajes de Amadito. La última vez que chateamos, hablamos de Cuba, de este viaje mío a Estados Unidos, de la familia, del teatro, de nuestras próximas obras. Después hubo silencio. Aún no sé qué sucedió con Amadito. No sé, pero he llorado por él. Escribo ahora mismo y lo hago, en silencio, porque estoy en este cuarto, fuera de Cuba, como aquella vez en que me anunciaron la muerte de Abelardo Estorino. He escrito para que cuando hoy en Cienfuegos empiece la función de Huevos, obra mía de la que era un apasionado defensor, se la dediquen a mi hermano. Que en paz descanses, Amadito del Pino.