La Moderna, señores… La Moderna

El mundo en la década del 60 estaba cambiando a una velocidad inusitada. En cinco años habían ocurrido tantos hechos trascendentales que era imposible reaccionar a la velocidad que ellos requerían. En música, aparentemente, las cosas se habían simplificado; pero esa simplificación era sinónimo de complejidad.

Eso significaba, para algunos, decretar la muerte de los grandes formatos orquestales: la Big Band debía morir; o al menos eso fue lo que se intentó preconizar. Los sesenta eran el tiempo por excelencia de los combos, el gran momento de expansión y explosión de la música pop y del rock, con su bastión fundamental en “la pérfida Albión”; pero sin ignorar que en Norteamérica se estaban haciendo y gestando cosas muy interesantes desde el punto de vista musical, que trascendían el marco de la música sajona y el jazz, e involucraba también a los músicos latinos, sobre todo aquellos que vivían y crecieron en New York. Allí habían nacido el rock & roll, el soul y el R&B; y “los padres y/o líderes” de esas tres corrientes musicales eran negros.

Cuba vivía el apogeo de sus combos —estaban el del argentino Eddy Gaitán, el del sonero Senén Suárez y el de Chucho Valdés, entre otros no menos importantes—; pero la Isla, en este año de 1967, se encontraba en medio de una inusual lucha ideológica donde convergían diversas facciones: unos, cuestionando la “influencia nefasta, para nuestra música, de aquellas corrientes musicales surgidas en el seno del imperialismo y que arrastraban todos los males de aquel sistema”; y en el otro bando, aquellos que siempre tuvieron claro que la música era un fenómeno universal y que estar de espalda a sus influencias era un acto de total ignorancia cultural. Para este segundo grupo, la fuerza de la música cubana estaba en su capacidad de asimilar todas las influencias posibles, reelaborarlas y hacer su propia propuesta. En estas dos corrientes coincidieron hombres de música con un elevado prestigio. Pero eran años de definiciones.

La solución, salomónica por cierto, fue la creación de una gran banda donde se concentrara lo mejor del talento musical cubano, y como directores fueron designados algunos de los más importantes músicos cubanos del momento, entre ellos, Rafael Somavilla, Federico Smith y el gran Armando Romeu. Algo interesante y trascendental ocurrirá dentro de la música y la sociedad cubana cuando esta gran orquesta comience a hacerse conocida. Su nombre no podía ser más sólido: Orquesta Cubana de Música Moderna (OCMM). En sus atriles se encontraron casi todos los mejores músicos cubanos de aquel momento; ya fuera en calidad de ejecutantes o solistas. Si Arcaño tuvo una maravilla en cada instrumento en los años 40; La Moderna tendría una estrella tras cada ejecutante.

El gusto de una parte de la juventud cubana de aquellos años —la habanera, fundamentalmente— se debatía entre los que amaban y seguían la música rock y pop (también llamada beat), con Los Beatles como líderes fundamentales; y los que asimilaban el mozambique de Pello, y el sonido de los conjuntos y orquestas cubanas del momento.

No importaba que hubiera que ocultar un disco de Los Beatles en un jaket de la Orquesta Aragón (qué extraña coincidencia); la llegada de la OCMM vino a paliar aquella carencia de algunos. Se bailaba parte de la buena música que se estaba escuchando en el mundo, lo mismo desde los asientos del teatro Amadeo Roldán, que en la escalinata de la Universidad o en el recién inaugurado Pabellón Cuba, en la céntrica Rampa habanera.

La OCMM fue un punto de ruptura en medio del complejo debate ideológico que se comenzaba a vivir en Cuba. Aunque gran parte de sus músicos provenía del jazz, amaba el jazz, y además de ello, conocía y dominaba los secretos de la música cubana e internacional; el gran aglutinador de todo ese empeño era Armando Romeu, a quien se consideraba uno de los padres fundadores de la tradición jazzística en Cuba, el mismo que había introducido los modernos métodos de estudios de la Berkeley Music School en el ámbito musical cubano. Su inteligencia y habilidad había convertido a la Orquesta del Cabaret Tropicana en una de las más sólidas formaciones musicales cubanas de todos los tiempos; él sentó en los atriles de esa orquesta a los más brillantes instrumentistas de su época, por lo que su figura inspiraba un respeto que trascendía el marco de una formación musical.

Los tiempos de bailar a plenitud con “Pastilla de menta” y otros temas, abrieron las puertas a la creatividad y las inquietudes de algunos de sus miembros, que se propusieron buscar su camino en un futuro no muy lejano.

Por lo pronto, la década continuaba avanzando, se seguía viviendo en Cuba y la música lograba hacer un oasis en medio de las agudas contradicciones que los tiempos imponían a la sociedad cubana de esos años.

En otra esquina de la vida musical, otro hombre aceptaba el reto de acercar a la música cubana influencias musicales trascendentes de esos años, y como excusa se valió de una de las formas primigenias del son: el changüí. Su nombre, Juan Formell; su vehículo, la orquesta del timbalero guantanamero Elio Revé.

La ruta del baile parecía regresar a la música cubana de los 60.