La memoria necesaria

Cuando transcurran unos cuantos años más y desaparezcan casi totalmente aquellas personas que conocieron a Carlos M. Palma (Palmita), el llamado abogado defensor de los artistas y las prostitutas bien pudiera convertirse en una leyenda más de la ya inexistente farándula cubana, al menos cuando así se denominaba sin menoscabo alguno al mundo de los escenarios y el espectáculo.


Palmita en 1960. Fotos: Cortesía del autor
 

Conocí al doctor Carlos M. Palma en 1983, a raíz de un trabajo que preparaba sobre el maestro Adolfo Guzmán. Tuve la ocasión de visitarlo varias veces en su hogar, un apartamento modesto de la calle Humboldt esquina a Infanta, en los altos del antiguo bar Celeste, pequeño café al cual concurrían los artistas en las noches y madrugadas, durante los intervalos entre una y otra presentación, todas en la misma área vedadense, pues allí radicaban los estudios de la incipiente televisión y abrían varios centros nocturnos. El doctor Palma era uno de los asiduos al bar Celeste y posiblemente el amenizador natural, porque he ahí una de las facetas más atrayentes de Palma: su elocuencia inteligente, amena, plena de información y vivacidad, sus dotes para la comunicación oral.

Poseía en su apartamento la colección completa de la revista Show, de la cual fue director, que tuvo en la década del 50 una gran circulación en Cuba y el contexto hispanohablante. Show, Revista Internacional del Espectáculo, era su diva predilecta, muestrario fotográfico de las más esculturales bellezas del mundo del espectáculo, que posaban para ella. Un comentario, una fotografía, una alabanza, una entrevista en Show eran muy apreciadas por las artistas, ya fuera para remarcar su popularidad o para labrarse nuevos contratos. No obstante, Show, con un buen número de páginas y textos, daba también cabida a la presencia masculina y destacaba a los nuevos valores que emergían. Con oficina de redacción en la antigua Manzana de Gómez, Show circuló, según datos no confirmados, entre 1954 y 1962.


 

De estatura pequeña a mediana, delgado, más bien enjuto, voz y facundia de orador, y palpable energía en sus movimientos, Palma aparentaba poco más de 60 años cuando lo conocí. Evidentemente, disfrutaba al contar acerca de lo que bien conoció: la farándula habanera, sus protagonistas, sucesos de todo tipo, incluidos los de sangre. Ese era su tema preferido, lo hacía feliz. Jamás dio muestras de estar contrariado, ni me habló de política, y recuerdo que todas nuestras charlas terminaban con una invitación para que asistiera al Templo Masónico de Carlos III y Belascoaín, donde era habitual. Pese a que nunca concurrí, no cejó en su empeño de invitarme tras cada despedida. Después dejé de visitarlo y un día supe de su muerte. Según me contaron, fue atropellado en un accidente de tránsito. No puedo confirmarlo.

El doctor Palma, o Palmita, llevó una vida intensa como abogado penalista, periodista y político, pues llegó a representante a la Cámara. Era ciertamente influyente su palabra. No solo poseía un buen ojo para detectar bellezas, también para descubrir valores artísticos y promoverlos. Contaba, además, con el agradecimiento de numerosos artistas a quienes defendió en causas penales (asesinatos y crímenes sensacionalistas incluidos) que ganó y confirmaron su reputación como abogado de los artistas. Si la revista Show alcanzó notoriedad, el doctor Palma la tuvo aún mayor en el ámbito del espectáculo.  


 

Consultar las páginas de la revista Show, entresacar su información, desempolvar rostros del ayer hoy olvidados o desconocidos, pero que nutrieron las hojas de las revistas más de medio siglo atrás y contribuyeron (no le quepa duda) al auge de la televisión, del cabaret, de la cinematografía, del mundo del espectáculo, es una manera de tributar a la memoria del doctor Carlos M. Palma.