La Maggi: de luto la cultura cubana

Veníamos del firme de la Sierra Madre de Cuba. De enseñarles a los guajiros que la P con la A suena PA.

Pero aquella vida —durísima a más no poder—  nos analfabetizó un poco. Bajamos al llano como un atajo de mulos y mulas.

Mas ni siquiera sospechábamos que la vida nos deparaba un feliz encontronazo con la belleza, con el alto cultivo del espíritu, con el alma de altos vuelos.

Aquella arria de mulos y de mulas caímos en el Instituto Preuniversitario Arbelio Ramírez, en Ciudad Libertad. Y allí, como profesora de Literatura, nos esperaba Beatriz Maggi (Central Chaparra, 1924-La Habana, 2017).  La Maggi.  (Sí, así, La Mayi, con un artículo determinado que la hacía un ser único, irrepetible, no reproducible. Que después de ella rompieron el molde).


Beatriz Maggi. Foto: Internet


Y se produjo el milagro. Porque ella, a nosotros —la arria de mulos y de mulas—, nos tenía que botar del aula. No escuchábamos el timbre que marcaba el fin de la clase. Tal era el hechizo que ejercía sobre aquella tropa de nosotros, los cuadrúpedos ungulados.

Y se enamoró de mí. Maternalmente, claro está. ¿La razón? Evidente. Porque yo era el que contradecía sus tesis, lo cual le daba oportunidad para menear al aula.

Además, los dos éramos más bichos marinos que terrestres. Yo, el guajirito oriental, estaba en esta urbe —que nunca me ha complacido—  mas sólo que un centerfielder. Y ella los fines de semana me secuestraba, para irnos a nadar. De manera que las mejores clases de literatura que he recibido en mi vida ocurrieron mientras flotábamos, a dos millas del litoral.

El poeta Gustavo Adolfo dijo: “¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”. Pero yo le recompondría el verso al bardo: “¡Dios mío, que solos nos quedamos los vivos!”.

Los grandísimos de nuestra cultura se nos están yendo en ráfaga. Gregorio Ortega, Thelvia Marín, Helio Orovio, Manuel Villar, Ángel Ferrer, Oscar Cuesta, Rafael Taquechel, Guillermo Rodríguez Rivera, Leonardo Acosta…

Y ahora, La Chacha, La Maggi inconmensurable. Sí, la que dijo adiós sin haber recibido el Premio Nacional de Literatura. Y sin haber ocupado una curul en la Academia Cubana de la Lengua.

Así andamos.