La Jiribilla: arca de resistencia en el tiempo
Fotos: Archivo de La Jiribilla
 

Hace más de 15 años, a la salida de un hospital capitalino, me tropecé con mi amigo Manuel González Bello. Manolito, con su mirada azul —siempre entre ingenua y maldita—, me dijo: “Ando en algo que va a ser una bomba”. Por supuesto que mi curiosidad se disparó y quise saber más.

Me contó que aún estaban “cocinando” la puesta en Red de una revista digital de la cultura cubana, y que un pequeño grupo de periodistas —casi todos de Juventud Rebelde— estaban “puestos pa’ eso” y “habían cogido recorte del Ángel de Lezama”, de ahí La Jiribilla. ¡Qué buena idea, si hacen falta colaboradores, me avisas”, le dije.

El objetivo era que cada número que se “subiera” adquiriera la mayor calidad, impacto y repercusión a partir de los temas tratados.Pasaron unos meses, quizá cerca de un año (no tengo muy claras las fechas), y por otra colega y amiga, Nirma Acosta, supe que La Jiribilla se había asentado en un pequeñísimo espacio —ni siquiera puedo decir que era una oficina— en la antigua sede del Instituto Cubano del Libro, en el Palacio del Segundo Cabo. Ella me invitó a colaborar y a partir de ese momento comencé a visitar el sitio —en el que recuerdo siempre había un calor que derretía (si hay dudas le pueden preguntar a Yuniesky, quien aún hoy es plantilla de La Jiribilla)—. El mejor lugar para sentarse a refrescar era sobre la base de un gran ventanal que daba al foso lateral/trasero del Palacio que, por cierto, aún no había sido restaurado por la Oficina del Historiador: en el agua verduzca y estancada del foso flotaban botellas de plástico vacías y otro montón de desperdicios. Recuerdo esa imagen como una postal. No sé por qué, pues no era agradable.

A pesar del lugar —que no era hermoso ni funcional ni cómodo, ni contaba con la menor privacidad—, uno sentía que el pequeño equipo de diseñadores, correctores y periodistas ponía una tremenda bomba en lo que hacía: el objetivo era que cada número que se “subiera” adquiriera la mayor calidad, impacto y repercusión a partir de los temas tratados.

Eso, creo, llevó a que La Jiribilla consolidara, poco a poco, una muy viva red de colaboradores: destacadas y relevantes personalidades del mundo intelectual y académico latinoamericano se convirtieron en plumas recurrentes. En paralelo, poetas, escritores, historiadores, comentaristas y analistas cubanos se fueron adhiriendo a la revista, que se nutrió no solo de profesionales del periodismo, sino de un gran número de especialistas de otras ramas que comenzaron a escribir, en exclusiva, para la joven publicación digital. Ese es, sin duda, uno de los grandes méritos de La Jiribilla.


 

Desde esos momentos —casi fundacionales— hasta hoy, he sido colaboradora asidua, y como estamos en fecha de celebración voy a revelar un pequeñito secreto personal: a veces firmaba mis trabajos con mi nombre verdadero, pero en otras ocasiones lo hacía con mi seudónimo (María Fernanda Ferrer), una trampa para poder “colar” en un mismo número dos textos.

Hace cerca de 30 años ejerzo el periodismo y, como podrán imaginar los lectores, he tenido que escribir de todo y sobre todo, pero en los últimos 20 años —aunque el bardo argentino afirma que “no son nada”—, he tratado de concentrarme en el mundo de las artes plásticas. La Jiribilla me ha dado, entonces, la feliz oportunidad de publicar una abultada cifra de artículos, comentarios y, principalmente, entrevistas con creadores cubanos y de otras latitudes que se dedican a las artes visuales. Gracias a esa labor sistemática y a la indulgente disciplina que me impuso La Jiribilla —cada semana me solicitaban un trabajo—, han visto la luz dos libros.


 

En este íntimo balance personal, tengo que recordar varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana, momento en que La Jiribilla se trasladaba hacia la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Durante todo el tiempo que duraba el evento se actualizaba diariamente, es decir, prácticamente se “montaba y se subía” un número diario.

Poetas, escritores, historiadores, comentaristas y analistas cubanos se fueron adhiriendo a la revista, que se nutrió no solo de profesionales del periodismo, sino de un gran número de especialistas de otras ramas que comenzaron a escribir, en exclusiva, para la joven publicación digital.Aquello era un hervidero, parecía cosa de locos, sobre todo cuando la conectividad se hacía lenta o, simplemente, no existía; o cuando demoraba o no llegaba la merienda o la cena. Viví muchas ediciones de la Feria como colaboradora, pero mi participación, aunque sistemática, era puntual. Siempre admiré aquel equipo encabezado por Nirma y René Hernández, verdadero As del diseño y la fotografía que hacía que cada número transpirara arte ¡y del bueno!: esto, por la cercanía con ambos, no lo había dicho hasta hoy.

Un día Nirma me comenta que se mudaban de La Habana Vieja para el Vedado. Quizá fui egoísta, pero la verdad es que no me hizo feliz el hecho, porque mi perímetro de acción se mueve alrededor de la Oficina del Historiador —específicamente en Habana Radio—. Sin muchas ganas fui a conocer entonces “la casa amarilla”, nueva sede de la revista. El día en que llegué allí por vez primera, aún estaban en asuntos técnicos y de nodos. De inmediato Nirma me contó los nuevos planes: el lobby y la primera planta se convertirían en sala de exposiciones para jóvenes y consagrados artistas de la plástica, y “en algún momento” el patio, que era de tierra, se cementaría para “ofrecer conciertos con trovadores y agrupaciones de pequeño formato”.


 

Me di cuenta, rápidamente, que “la permuta” del municipio Habana Vieja hacia el Vedado era para bien. Así ha sido. En ese espacio expositivo y en el patio —que con insistente tozudez se logró recubrir con soldaduras— han acontecido importantísimos conciertos y muestras, lo que evidenció el deseo de que La Jiribilla (y luego la muy soñada Jiribilla de papel que, lamentablemente, ya no existe), no solo fuera una publicación digital, sino un sitio generador de ideas y, sobre todo, de genuina cultura cubana.

La revista cumple 15 y los tiempos han cambiado. También se ha renovado el staff y algunos de los fundadores —como Manolito— ya no están, otros han tomado nuevos retos, senderos y caminos, pero el espíritu se mantiene porque, como el Ángel de Lezama, es “fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo…”.