La Jiribilla, 15 años edificando

Han transcurrido tres lustros desde aquel 5 de mayo de 2001, cuando vio la luz en la Red de redes el primer número de La Jiribilla, para alegría de muchos y contrariedad de algunos. Aunque existiera algún antecedente, era la primera revista de pensamiento y cultura cubana que accedía al ámbito digital con el propósito de quebrar los muros que ciertos enemigos externos levantaban ante la infatigable labor espiritual de los intelectuales insulares.

El nombre de la publicación remitía a un texto paradigmático de José Lezama Lima, “Se muestra ahora el Ángel de La Jiribilla”, un modo poético de definir la identidad cubana: “Jiribilla, hociquillo simpático. Simpatía de raíz estoica. Fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, a la medida del hombre, como un templo, como la luz instrumentada por Anfión, del linaje de Orfeo” [1].

El texto lezamiano venía a fundamentar, precisamente, la labor de un grupo de creadores no solo llenos de la agilidad y gracia de La Jiribilla para ripostar las saetas del enemigo, sino de la capacidad para nutrirse de una historia y una tradición, y extraer de ellas la fuerte argamasa para edificar una propuesta tan resistente como las murallas de Tebas que, según la leyenda, el músico Anfión pudo levantar al son de su lira.


Ilustración: Archivo de La Jiribilla
 

Gracias a la iniciativa de algunos que entonces parecían visionarios: Abel Prieto, Iroel Sánchez, Rosa Miriam Elizalde, pudieron salvarse en poco tiempo los obstáculos técnicos,  la falta de experiencia en tales menesteres y hasta los intentos de sabotaje de algunos adversarios furiosos. La Jiribilla había llegado para permanecer en perpetua transformación, pero sin diluir sus esencias, como lo demuestran ya los más de 770 números colocados en la red.

Aunque existiera algún antecedente, era la primera revista de pensamiento y cultura cubana que accedía al ámbito digital con el propósito de quebrar los muros que ciertos enemigos externos levantaban ante la infatigable labor espiritual de los intelectuales insulares.Es significativo que el primer dossier se dedicara a la figura del narrador Reinaldo Arenas, en tanto algunos procuraban apropiarse de su imagen con un propósito sectario y divisor. Sin temor alguno, no solo se replicó a los forjadores de la intriga, sino que fueron reconocidos los valores del autor de El mundo alucinante, fueron entrevistados dos de sus antiguos camaradas —luego devenidos personajes en sus relatos y novelas— y se reprodujeron algunos de sus textos. Ni silencio ni ocultamiento han sido estrategias de esta publicación que  ha preferido airear misterios, vencer reservas, dar espacio a la polémica sustanciosa y abrir sus páginas a gente de buena voluntad de todas partes.

Es significativo que cuando se imprimió en 2009 un disco con los primeros 400 ejemplares de la publicación, alguien lo catalogara como una enciclopedia de la cultura cubana. En aquellas páginas convivía la literatura nacional, desde sus iniciadores hasta los autores más jóvenes, con las artes plásticas, la música, el cine, el ballet y la danza moderna; las reflexiones históricas y filosóficas se avecindaban con cuentos, poemas, canciones y una galería de imágenes que es uno de los más completos archivos iconográficos que haya podido reunir una publicación cultural de este archipiélago.

La Jiribilla había llegado para permanecer en perpetua transformación, pero sin diluir sus esencias, como lo demuestran ya los más de 770 números colocados en la red.En 15 años el equipo redactor de la revista se ha renovado más de una vez. Es significativo el número de jóvenes periodistas que ha sido adiestrado en su siempre ajustada sala de redacción; sin embargo, ellos han formado parte de un universo mucho más amplio: el de los creadores que de manera puntual o sistemática han colaborado con ella. Baste con revisar las páginas firmadas por Cintio Vitier, Fina García Marruz, Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, Ambrosio Fornet, Miguel Barnet, Carilda Oliver Labra, Aurelio Alonso, Fernando Martínez Heredia, Pedro de la Hoz y Guille Vilar, por solo citar a algunos de los más relevantes, sin olvidar las colaboraciones de amigos de todas las latitudes, que incluyen más de un Premio Nobel y muchísimos autores tan significativos por su obra como por su impronta ética.


Tapiz: Archivo de La Jiribilla
 

El empeño con que ha sabido consolidarse viene a situarla dentro de esa tradición de combate, resistencia y fundación de las principales revistas de la cultura nacional, aquellas que sirvieron de vehículo a la vanguardia artística más allá de su coral diversidad: Revista de Avance, Orto, Espuela de Plata, Orígenes, Clavileño, Gaceta del Caribe, Nuestro Tiempo. Solo que, a diferencia de ellas, no representa a un grupo ni a una generación, pues ha estado abierta a una pluralidad que nunca ha sino caótica, sino que se ha concertado con ese espíritu ecuménico que preside las buenas obras.

Cumplir 15 años es importante, sobre todo si se celebran con auténtica juventud y sin cursilería, pero más aún lo es aspirar a perdurar con vitalidad de adolescentes una centuria y más.En lo personal, confieso que no puedo asociar exactamente La Jiribilla con una revista. Creo que en mi concepto está más cercana de un orbe o una galaxia, compuesta no solo por artículos, textos de ficción y fotos, sino por tantas grabaciones memorables en MP3; por la ajetreada labor de aquellos años heroicos en que fue, además, una publicación en papel; por las memorias de aquellos encuentros en el vedadense Patio de Baldovina que alguna vez saltó hasta la Centro Habana profunda del espacio de la EGREM; por las ceremonias de entrega del Ángel de la Jiribilla, y hasta por las iniciativas efímeras de paneles, conciertos, exposiciones que reunieron a tanta gente que lleva hasta hoy, en la frente, un signo indeleble como el de los cronopios de Cortázar: los “jiribilleros” de siempre.


Ilustración: Archivo de La Jiribilla
 

Cumplir 15 años es importante, sobre todo si se celebran con auténtica juventud y sin cursilería, pero más aún lo es aspirar a perdurar con vitalidad de adolescentes una centuria y más; para lograrlo hay que repetir la invocación de Lezama:

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros. Ahora podemos penetrar, ángel de la jiribilla, en la sentencia de los Evangelios: Llevamos un tesoro en un vaso de barro.  Ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa. Y que el icárico intento de lo imposible es la única seguridad que se puede alcanzar, donde tú tienes que estar ahora, ángel de la jiribilla [2].

 

Notas
1. Lezama Lima, José: Se muestra ahora el Ángel de La Jiribilla. En: Confluencias. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1988, p.100.
2.  Ibídem.