La incontinencia de Lagartija Reyes

Siendo yo un muchacho —hablo de principios de los años 60— en todo este batey no había ni un televisor. Además, como no teníamos la fuerziluz, el que tuviera un aparato de esos lo tenía por gusto, porque de noche no se veía debido al bajo voltaje que daba la planta eléctrica del ingenio. Por esa razón, lo único que podíamos hacer era oír el radio. Yo recuerdo que echaban muchos episodios de terror, buenísimos todos. Estaba aquel de los thugs, que son unas personas de la India que estrangulan a la gente tirándole una cabuya con bolas de metal en las puntas; estaba también el de Jack el Destripador, que le erizaba los pelos al más pinto; también uno de Leonardo Moncada, que se llamaba “Serena, el enigma del faro”, donde un loco andaba suelto por los campos gritando sin consuelo: “¡Elvira, espérame!, ¡Elvira, no me abandones!”, hasta que Bejuco Ramírez lo agarró y Moncada resolvió su misterio. Pero de todos los episodios radiales, a mí el que más miedo me producía era el del Conde Drácula. Aquel hombre, que parecía un murciélago y chupaba sangre según el narrador, a mí me daba grima, espanto, un horror tan grande que todos los días me meaba oyéndolo.


Ilustración: Sigfredo Ariel


Eso se convirtió en un problema muy grande en mi casa. Mis padres no sabían qué hacer conmigo. Trataron, en vano, de prohibirme los episodios, hasta que alguien les dijo que con un buen susto me curaba. Dio la casualidad que por aquellos tiempos se perdieron unos niños en los campos de Cuba y nunca más se supo de ellos. “Son los guámpiros”, me dijo un día Neno el Burro, que nunca aprendió a decir “vampiros”. Entonces el viejo mío habló con un hombre al que apodaban Papa-que-me-cago. Era un tipo impresionante, porque solo le quedaban, de toda la cajeta de la boca, los dos colmillos de la quijada de arriba.

Mi padre le dijo que me pegara un susto haciéndose pasar por un vampiro, y acordaron que se escondería en el patio esa noche, con una capa hecha con sacos, para que me saliera cuando yo fuera a meter las gallinas para el corral. El objetivo, claro, era curarme de la incontinencia. Finalmente pasó lo que el tipo menos se esperaba, pues yo, cuando salí, llevaba en la mano una rana que había agarrado e iba a botar, debido a que mi madre les tiene pánico. Cuando él se levantó y me hizo “¡uhhh!”, yo lo único que atiné fue a tirarle la rana. Entonces el vampiro aquel salió dando brincos y haciendo aspavientos, y yo me quedé muy confundido. Nunca más me meé. Le perdí el miedo a los vampiros, y aunque seguí oyendo los episodios, ya no me daban la misma ilusión.