La imposible
Foto: Tomada de Internet
 

Cuando Casal visitó a los Borrero en la mágica casona de Puentes Grandes, el poeta de Hojas al viento era un hombre ya hecho y Juana una niña en tránsito precoz hacia la adolescencia. El encuentro y la visita, desgarradamente evocados por don Esteban después de la muerte de ambos, tuvieron un valor profundamente emotivo en la vida de Casal, pero en la vida de Juana fueron mucho más. Allí quedó sellado su destino, inexorablemente trágico. Casal debió naturalmente fascinarla, porque reunía en el más alto grado, como poeta y como hombre, todos los atributos de refinamiento, tristeza y elegancia espiritual, a más de la apostura física, que aquella niña artista soñaba ya a través de sus lecturas, dibujos y adivinaciones femeninas. Esa fascinación se tornó pronto en obsesión.

El temperamento de Juana era sin duda patológicamente obsesivo, y la imagen de Casal, con el que tuvo relaciones que desconocemos pero que al cabo, por una causa u otra, se alejó, tornósele centro fijador de torturas y remordimientos. Es evidente que Juana, al morir inesperadamente Casal, después de muchos meses sin verlo, contrajo con su memoria un sentimiento de culpa, probablemente imaginaria, mas no por ello menos torturante. Al aparecer en su horizonte, traído por la dedicatoria de Gemelas a Casal y por su condición de discípulo devoto del maestro de Nieve, el también neurótico y extraño Carlos Pío Uhrbach, Juana proyectó sobre él toda su frustración anterior y toda su alucinada voluntad de amor. No creo que su relación con Carlos Pío se redujera a una simple transferencia erótica, que fuera, por así decirlo, una relación vicaria.


 

De ser así, no hubiera redoblado sus remordimientos, como en efecto ocurrió, ni, por otra parte, hubiera desatado en ella el infierno de los celos. Esa relación fue auténtica y basada en cualidades de Carlos Pío que Casal no tenía (para resumirlo en un rasgo, diremos que no puede concebirse a Casal muriendo en los campos de la Revolución); pero la sombra de Casal se interponía entre los desesperados amantes. Esa sombra estaba hecha de diversos planos. En primer término, la imagen de la propia Juana, la imagen que ella oscuramente se sentía en el deber de realizar, la había fijado Casal en las hermosas y fatídicas estrofas de «Virgen triste», que terminan con esta sentencia:

El temperamento de Juana era sin duda patológicamente obsesivo, y la imagen de Casal, con el que tuvo relaciones que desconocemos pero que al cabo, por una causa u otra, se alejó, tornósele centro fijador de torturas y remordimientos.Ah! yo siempre te adoro como un hermano,
No sólo porque todo lo juzgas vano
Y la expresión celeste de tu belleza,
Sino porque en ti veo ya la tristeza
De los seres que deben morir temprano.

En segundo término, el maniqueísmo de Casal, resuelto en la irreconciliable dualidad del Arte y la Vida, chocaba profundamente con el verdadero temperamento de Juana; mas, por eso mismo y como una terrible expiación, ella quiso llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Si la Vida, en la estética casaliana (véanse “Blanco y negro”, “Cuerpo y alma”), es irredimiblemente impura y mala, si él en su semblanza la vio pasando de la virginidad a la muerte, a Juana en su alucinación amorosa no le quedaba otro camino que, estrangulando las poderosas fuerzas vitales de su ser, convirtiéndolas en pura voluntad, realizar algo que también soñaron las cátaras del mediodía francés en el siglo XII: el matrimonio absolutamente espiritual. Ese es el tema obsesivo, latente siempre en sus cartas a Carlos Pío, de quien arrancó la promesa solemne de cumplir sus sublimes y conscientemente antinaturales deseos. El rencor de Casal hacia la naturaleza, ella lo asumió como odio programático. Que no era sincero, lo comprobamos leyendo sus espontáneos sonetos “Himno de vida”:

Maniqueísmo de Casal, resuelto en la irreconciliable dualidad del Arte y la Vida, chocaba profundamente con el verdadero temperamento de Juana; mas, por eso mismo y como una terrible expiación, ella quiso llevarlo hasta sus últimas consecuencias.En el misterio de la selva hojosa
Extiende amor su imperio dominante; 
Allí al posarse en el clavel fragante 
Se enciende de pasión la mariposa!

o “Vorrei Morire”;

¡Morir entonces! Cuando el sol naciente 
con su fecundo resplandor ahuyente 
de la fúnebre noche la tristeza,

Cuando radiante de hermosura y vida
al cerrarme los ojos, me despida
con un canto de amor Naturaleza!

Muy cerca del paganismo solar estaba espontáneamente Juana. Casal torció el rumbo de sus energías, dirigiéndolas hacia la noche tanática, en uno de los raptos de romanticismo del imposible más absoluto que se han conocido, incluyendo a los románticos alemanes. El tránsito de un pathos al otro podemos apreciarlo simbólicamente en su decisivo soneto “Apolo”:
 

Muy cerca del paganismo solar estaba espontáneamente Juana. Casal torció el rumbo de sus energías, dirigiéndolas hacia la noche tanática, en uno de los raptos de romanticismo del imposible más absoluto que se han conocido, incluyendo a los románticos alemanes.Marmóreo, altivo, refulgente y bello, 
Corona de su rostro la dulzura,
Cayendo en torno de su frente pura 
En ondulados rizos sus cabellos.

Al enlazar mis brazos a su cuello
Y al estrechar su espléndida hermosura
Anhelante de dicha y de ventura
La blanca frente con mis labios sello.

Contra su pecho inmóvil, apretada 
Adoré su belleza indiferente,
Y al quererla animar, desesperada,

Llevada por mi amante desvarío,
Dejé mil besos de ternura ardiente
Allí apagados sobre el mármol frío.


No había manera de animar ese mármol, que era el ideal de belleza casaliano, que era quizá Casal mismo. La niña alucinada va a probar entonces que su fuego no era simplemente carnal, sino esencialmente espiritual; que también ella, en medio de las llamas, puede hacerse como el mármol frío; que su beso soñado, sin dejar de ser ardiente, puede ser absolutamente casto. Un beso casto y salvaje, la más temeraria paradoja imaginable, es lo que le ofrece como sumo ideal a Carlos Pío. Todo esto solo es posible en la poesía, en una poesía que se empeña en separarse de la vida, en una poesía que tiene sus raíces en el maniqueísmo, en el mito de Tristán e Isolda, en las cortes provenzales. Herejía albigense de la pureza enemiga de la vida, que es una de las raíces más poderosas del romanticismo y que en nosotros dio una flor trágica. Pero nada de esto es posible en la vida. Consumida por la obsesión, por las alucinaciones, por la fiebre desviada de su verdadero objeto, Juana se apagó como una brasa en el arenal de Cayo Hueso, dejándonos en las manos la hoja tibia de su «Última rima», como el testamento del imposible.

Nota:
Tomado de: Poetas cubanos del siglo XIX (Semblanzas). La Habana, Cuadernos de la Revista Unión, 1969, pp. 50-52.