La Habana: la ciudad filmable

Habana... hermosa Habana...” cantaron Los Zafiros en uno de los innumerables intentos por apresar el encanto de esta “ciudad de las columnas” descrita por Carpentier como escenario ideal para el acoso de un delator. Su novela siempre la quiso filmar el genial Buñuel en el tiempo exacto que dura la sinfonía Eroica de Beethoven, en un pretexto para redescubrir el lugar donde su padre amasara la fortuna familiar. El ángel exterminador nunca atravesó sus calles; pero a ella volvió una y otra vez el actor Paco Rabal, primero en tránsito hacia México para personificar a su Nazarín, luego con una barba de Marqués de Bradomín que le hicieran confundirlo con un barbudo de la Sierra y, años más tarde, para caracterizar al gallego delineado por Barnet y Manuel Octavio. Para otro gallego, Juan Orol, era el paraíso a donde retornaba en afanosa búsqueda de las musas para sus películas, no pocas de ellas rodadas en locaciones habaneras, entre estas una gangsteril que convertía La Habana Vieja en una urbe estadounidense.

Juan Antonio Bardem quizá vio su Calle Mayor en el Paseo del Prado, donde Rita cantara como nadie “El Manisero” en los Aires libres para la cámara de Ramón Peón, quien la convirtió en la guajirita seducida y abandonada en El romance del palmar.

Esos portales que guarecieran a Lezama o a Virgilio Piñera de alguna corriente de aire frío, fueron recorridos bajo efluvios etílicos por la Gardner obsesionada con algún mesero, Brando deseoso de conocer al Chori y entrenarse en las tumbadoras, el Indio Fernández obstinado en filmar su propia visión de Martí, Scott Fitzgerald, Hemingway y Tracy, su fornido Santiago, acompañado por Katherine Hepburn, Robert de Niro deslumbrado por las mulatas mucho después que el deseo de Tennessee Williams se exacerbara ante otros encantos no precisamente arquitectónicos.

Son los mismos portales que vieron pasar imperturbable a un Alec Guinnes que fue ese hombre en La Habana, acechado en cada esquina por un trío de cantantes. Graham Greene lo esbozó tras visitar el mítico teatro Shanghai en el Barrio Chino y Sir Carol Reed lo filmó antes del deslumbramiento suscitado al fotógrafo Serguéi Urusevski, que hizo volar su cámara como las cigüeñas de un Kalatózov encaprichado en ponerle voz a una Isla y, en especial, a su capital. Celeste bailó un guaguancó como ninguna en un solar registrado en celuloide, mientras Bola de Nieve visitaba su Guanabacoa natal para el cineasta Rogelio París en Nosotros, la música.

Grandes obras en la historia del cine no existirían, quizá, sin el influjo de los habanos manufacturados en las tabaquerías capitalinas. Grandes obras en la historia del cine no existirían, quizá, sin el influjo de los habanos manufacturados en las tabaquerías capitalinas. Orson Welles, John Huston, el húngaro Michael Curtiz, el judío berlinés Ernst Lubitsch, el aragonés Luis Buñuel, el irlandés John Ford, Samuel Fuller, el austríaco Billy Wilder, el germano Fritz Lang, sin olvidar la singularidad de Groucho, el bigotudo de los hermanos Marx, se las ingeniaban para encargarlos a cuanto viajero se encaminaba a La Habana. Como una cita obligada en sus itinerarios, el rollizo Alfred Hitchcock no pudo privarse del placer de degustarlos en los propios lugares donde los elaboraban cuando no sospechaba que el argumento de una de sus películas, Topaz, estaría situado en aquí. Quién sabe si la manchega Sarita Montiel habría cantado de otro modo “El último cuplé” o “La violetera” sin el aprendizaje recibido de cómo fumar un tabaco por el autor de El viejo y el mar, mientras actuaba en Frente al pecado de ayer o Yo no creo en los hombres.

Su atmósfera única se resiste a ser reproducida en Santo Domingo, Veracruz, Río o cualquier set hollywoodense. Coppola sintió no haber podido filmar varias secuencias de la primera secuela de El Padrino y Sidney Pollack, que para esa suerte de tributo involuntario a Casablanca que es Havana, tuviera que conformarse con los planos del Malecón filmados por su amigo Titón para los créditos.

El eclecticismo arquitectónico permite evocar cualquier imaginaria urbe del continente, como pueden corroborar el chileno Miguel Littín con su transposición de El recurso del método carpenteriano, o el español José Luis García Sánchez, cuya mirada al valleinclanesco Tirano Banderas propició a Volontè su última actuación ante las cámaras, precisamente en una ciudad que tanto amó y donde dejó tantos amigos. De cierta manera Sara Gómez prefirió ver los contornos de sus edificios desde la periferia tan nítida en una mirada que dirigiera también hacia ellos David Lean en búsqueda de las locaciones para el proyecto frustrado sobre el Nostromo conradiano.

Su atmósfera única se resiste a ser reproducida en Santo Domingo, Veracruz, Río o cualquier set hollywoodense.Para Zavattini, patriarca del neorrealismo italiano, el encuentro no fue menos milagroso que aquel de Totó en una fabulosa Milán. Muchos años antes de que la Cecilia de Solás, una suerte de Livia caribeña, se perdiera entre sus laberínticas callejuelas o David emprendiera un viaje iniciático a través de sus encantos, al tiempo de degustar el sabor de la tolerancia conducido por Diego, el Sergio más de Titón que de Desnoes, la atisbó con su telescopio para descubrir esas azoteas en las que Laurita invocara la mítica Madagascar y el Chala de Conducta soltara sus palomas.

A Glauber Rocha le gustaba subir a ellas para mirar la ciudad y contar historias. El hacedor de Dios y el diablo en la tierra del sol soñaba con los ojos abiertos al intentar sincronizar la imagen y el sonido de Cáncer o escribir la Historia de Brasil desde una moviola en La Habana, el único lugar, según él, donde podía caminar por las calles y se sentía igual que en Bahía. Cuba estaba siempre en su camino —se fuera o volviese— como para tantos otros cineastas latinoamericanos que se sintieron en el ICAIC como en casa y en esas mismas moviolas vieron cobrar cuerpo a sus obras, algunas devenidas clásicos del cine iberoamericano.

A Gutiérrez Alea, García Espinosa, Solás, Santiago Álvarez, Oscar Valdés, Manuel Octavio o Fernando Pérez —quien le orquestó toda una memorable Suite— les bastaba encuadrar con sus manos cualquier ángulo de la ciudad en que nacieron para imaginar un plano de sus futuras películas. El germano Walter Ruttmann, autor de Berlín: Sinfonía de una gran ciudad, no pudo prescindir de imágenes de esta llave del Golfo en su Melodía del mundo (1929). No tardaron los chispeantes vampiros de Padroncito en sobrevolarla para suscitar el aterrorizado disfrute de los espectadores de todo el mundo.

“Mirad La Habana allí color de nieve / gentil indiana de estructura fina, / dominando una fuente cristalina, / sentada en trono de alabastro breve”, escribió el poeta habanero Plácido, uno de los tantos que le han  consagrado sus versos. Cantada por compositores, recreada por novelistas o registrada por célebres fotógrafos, La Habana de una policromía y abigarramiento que Portocarrero intentó traducir en sus lienzos, sigue siendo una perenne incitación para cualquier cámara.