La Habana batida, las papas y otras noticias

En un local de venta de libros viejos, leo al pasar un texto atribuido a un tal Teodoro Soto, quien con el cargo de Especialista en Frutas, del Servicio de Extensión Agrícola de la Universidad de Puerto Rico, llegó a La Habana en un año no precisado de la década del 40 del siglo XX.

El texto, titulado Observaciones hechas durante mi visita a Cuba, tiene, salvando las distancias, un peculiar y contrastante sabor actual.

El autor dice con total sinceridad: “Al otro día de mi llegada fuimos a la plaza del mercado antes de las seis de la mañana. Allí había la misma algarabía y situación parecida a la nuestra, pero centuplicada”.

La Habana tenía entonces más de un millón de habitantes.

El viajero se maravillaba de ver tantos productos del agro cubano: guineos (platanitos), plátanos, ñames, yautías (malangas), boniatos (batatas), papas, berros, tomates, pimientos, cocos, limones, piñas, fruta bomba, mamey colorado y mangos.

“Se venden por camiones”, escribe, y agrega: “A pesar de la abundancia de frutas, los precios de estas están por las nubes. Por ejemplo, las naranjas (china) valen diez centavos, los zapotes de 20 a 40 centavos” (sic).

El mercado de La Habana tiene ya dos pisos. Y para el borinqueño es curioso ver “la misma agitación en esta plaza que en Puerto Pico, con los mismos olores, sacos, canastos, jaulas, cajones, montones de frutas en el piso”.

“Lo más pintoresco que vi fueron los negociantes chinos”, dice, pero a la vez advierte extrañado un mecanismo “corporativo” —el subrayado es de quien esto reseña— que le llama la atención. “Quizás una de las cosas interesantes es que los puestos están arrendados a distintas personas, pero cuando los guajiros quieren ocupar un puesto de estos pueden subarrendarlo al arrendador quien le ayuda a vender al  guajiro el producto que va a vender. Le cobra el 10% de las ventas por el subarrendamiento”.

Tal vez la nota más pintoresca de su percepción como entendido en frutas y sus conexos, la ofrece entusiasta en un aparte que no necesita glosa, solo un poco de reajuste en la redacción al uso:

“Quien haya llegado a La Habana y no haya probado sus batidos ha perdido su tiempo. Al llegar probé un batido de papaya. Después he consumido un promedio de cinco al día de distintas frutas. Los hacen de papaya, coco, mamey, guanábana, fresas… El color, la forma de prepararlo, el anuncio de ellos, el olor, el calor de la ciudad, en fin, todo invita a tomarlo. Lo venden en las carreteras, poblados, en restaurantes de lujo, en hoteles y cafés. Es parte de la vida de este pueblo, especialmente en  La Habana

“El batido de guanábana y coco, blancos; el de fresa, rojo; el de papaya y mango, amarillo pálido… para todos los gustos y colores.

“Un pedacito de papaya madura, un poco de azúcar, hielo, un poco de leche… y a la batidora… ¡a moverse!

“Al poco rato sale espeso líquido al vaso a través del colador. No lo satisface a uno tomarse un poco, tiene que tomarse dos vasos”.

 

Salgo compulsado de la librería de “viejos”. Son las dos de la tarde de un día de abril de 2016 y, lógicamente, voy en busca de un batido de guanábana, papaya o mamey, que dudo —y luego corroboro— sepan igual que el disfrutado por el curioso portorriqueño.

Mientras tanto, voy desmenuzando una nota leída en el mismo lugar, en un suelto del Papel Periódico de La Havana [1] —número 19, del 8 de marzo de 1798—, en el cual se anuncia, por la Junta de Gobierno del Real Consulado, un premio de $200 [2] “a quien descubra el modo de conservar las papas que se producen en este país, tanto tiempo como las que vienen de fuera, y el hacer uso de la semilla de aquí con igual ventaja a aquellas”.

En la misma cuerda ofrecen dos premios: “uno de $300 al que explique el mejor método de siembra y cultivo del algodón y otro de $500 sobre medios más oportunos de fomentar la cultura y fábrica de tabaco”.

Camino a una cafetería “cuentapropista”, con intención de búsqueda y captura de un batido. Voy cavilando acerca de por qué las papas nacionales, las de ahora y las de hace dos siglos, no son proclives a mantenerse lozanas por mucho tiempo. ¿La humedad, el calor, las radiaciones solares? Sí, pero entonces no existía la refrigeración.

En el número 97, del 7 de diciembre de 1794, se reseña en el mismo diario —dirigido al respetable público y con observaciones meteorológicas— sobre las muy frecuentes enfermedades, debido a los calores intolerables y «la falta de lluvias, que han sido muy escasas para la fecha».

Sigo mi camino, y es ya una alucinación el batido —de guanábana si puede ser— que me deberá estar esperando en algún lugar de la ciudad. Y pienso también en unas papitas fritas. Nada que ver, es verdad, pero así de extrañas son las asociaciones resultado de lecturas al vuelo.

 

Notas:
1. Primer periódico oficial que circuló por las calles de La Habana, desde el 24 de octubre de 1790 hasta el año 1805, con énfasis en los acontecimientos culturales, sin obviar temas científicos, de agricultura,  comercio y su aplicación en la economía.
2. La nota no aclara en qué moneda. En el siglo XVIII tenían amplio uso los conceptos monetarios de "peso", "duro", "peseta" y "durillo". En 1737 circulaba la peseta, como “pieza redonda que valía dos reales de plata". Desde 1773 se acuñó la "moneda de busto" con imagen de Carlos  III, que en América iba "vestido a la heroica con Clámide y Laurel". En 1788 era común la  "peseta colunaria", como "moneda castellana de cinco reales de vellón”. El billete de banco español apareció a  finales del siglo XVIII. Los primeros tienen fecha 1ro. de marzo de 1783.  Si la nota se refiere a 200 pesos en billete español, sería en verdad una suma "bonita" para la época.