La Gaceta…una provocación para pensar

Como muchos de mi generación, llegué tarde a La Gaceta. Sorteando las distancias de la geografía y desprendiéndome de una cuota de vanidad aldeana que acompaña siempre a la adolescencia, recuerdo haberla descubierto alguna tarde en una pequeña oficina de correo de la vocacional Federico Engels.

No diré que fui un “adicto” desde el primer momento; sinceramente, no entendía una buena parte de sus contenidos. Sin embargo, su cuidado diseño, aquel atractivo visual que la hacía resaltar sobre otras publicaciones, me invitó a ir desentrañando sus propuestas. La seducción del primer encuentro derivó entonces en una complicidad de juventud.

En las páginas de la revista, junto a algunos de mis amigos, encontré realidades que no discutíamos en clases, metáforas que invitaban a otras dimensiones, esencias que no podíamos atrapar en la vorágine de aquella tardía pubertad. La Gaceta fue culpable de mis primeras inquietudes intelectuales; en ella descansó aquella provocación para atreverme a escribir alguna vez, y también desde sus páginas extraje algún que otro poema que generó buenos resultados en mis afanes de conquista.



 

Una década después, acortadas las distancias geográficas, disimuladas las ausencias del Período Especial y reducida aquella cuota de vanidad aldeana, me descubro en este intento de presentación que me ha perturbado el sueño en los últimos días y me ha dejado con ganas de responderme algunas interrogantes. ¿Por qué un lector? ¿Por qué un joven? ¿Por qué una revista como La Gaceta de Cuba?

La ceguera de saberes compartimentados impide distinguir los problemas globales fundamentales y favorece a su vez un estancamiento de las doctrinas que mueven a la sociedad.

La posmodernidad evoca la “crónica de una muerte anunciada” para el sujeto. Se apuesta por el individuo y no por el ciudadano. Para ello las modificaciones culturales, la anulación de las identidades, la homogenización en el pensar, resultan claves fundamentales.

Ensimismados y absortos ante el complejo espectáculo de las multipantallas, lo entretenido, lo light, lo simplificador, trascienden como atributos de una cultura de masas. La colonización de la información, la reproducción de un lenguaje subyugante y manipulador, se revelan como efectos inmediatos.

Enajenación y asimilación acrítica posibilitan el triunfo del pragmatismo. La ceguera de saberes compartimentados impide distinguir los problemas globales fundamentales y favorece a su vez un estancamiento de las doctrinas que mueven a la sociedad.

Se produce entonces una contrarrevolución pasiva en las reflexiones, un estado de suspensión en las ideas del individuo, que se expresa en su imposibilidad de relacionarse con el mundo y entender los problemas a los que debe hacer frente. Cuba no está exenta de estos desafíos.

La occidentalización de nuestro pensar, la imitación y el desdén a lo autóctono, el deseo de renunciar al tronco para insertarnos en el mundo, la disipación de la muralla cultural que defiende la América que es nuestra de la que no lo es, el contrapunteo entre la Nación que queremos, podemos y debemos seguir construyendo y la que se empeñan en promover los que intentan “secuestrar nuestra utopía”, resultan realidades concurrentes.

Nuestras llegadas tarde a las polémicas, los repetidos silencios peligrosos, la afectada credibilidad de la información oficial en su competencia con la especulación, terminan muchas veces posicionando como verdad, un argumento mutilado de manera intencional que se expande de forma acelerada.

La prensa y en particular la prensa cultural adquieren entonces significaciones especiales. El conflicto se expresa en la competencia entre vocablos: analizar o aburrir, entretener o educar, informar o comunicar, y así podríamos seguir. La lucha entre conceptos como estos representa, a mi juicio de lector, una de las batallas más importantes a desarrollar en los predios del periodismo cubano para el presente y para el futuro.

Las mayores posibilidades de éxitos continúan descansando en los sujetos. En la manera de moldear esa arcilla que representa su conciencia.

Ante los no pocos ni minúsculos retrocesos en el terreno de la espiritualidad, la labor de comunicar, de construir un imaginario consistente ante la guerra de las significaciones, es trascendental. La cultura de la resistencia, la construcción de una nueva hegemonía adquiere relieves más urgentes y notables. Descifrar y descomponer, provocar reflexiones certeras en la época de los desaciertos globales, constituyen una prioridad para proyectos ideológicos y culturales como el nuestro.

Las mayores posibilidades de éxitos continúan descansando en los sujetos. En la manera de moldear esa arcilla que representa su conciencia. En el desarrollo de sus capacidades para dirimir una información colonizada, en la oportunidad de potenciar las estructuras que le permitan liberarse y participar de los retos que plantea la sociedad, invitándolo a transformar.

Como se coloca en el ensayo que abre este número de la revista, “es necesario mostrar el camino para descifrar los signos de la realidad y convertirlo en forma de acción”. En ello la lectura abraza una importancia medular.

Las ideas que definen una Nación deben desatar constantemente rebeldía en las provocaciones y energía en sus conceptos. Requieren alimentarse de los testimonios, mensajes y valoraciones que entretejen su cultura. Sin ello no es posible abrazar un proyecto social con espacio suficiente para todos.

Una lectura interesante logra animar contra el inmovilismo y provoca posiciones iconoclastas. Como sin querer, aparecen mapas, heridas sociales y esperanzas que pueden aguardar confundidas. Puede terminar convirtiéndose en punto de partida, también en reclamo, convocatoria, argumento y empuje.

Cuando logra realmente comunicar, reanima los diálogos y amplifica llamados ante el peligroso letargo que induce el verbo “preservar”. Depende únicamente del hombre y de las realidades que desentrañe. Después de todo, una lectura es, en primera instancia, una provocación.

Por ello me parece interesante que entre tantos prestigiosos colaboradores, La Gaceta de Cuba considerara que fuera precisamente un lector, el presentador del número que agasaja su aniversario. Quiero pensar que no es casualidad, sino más bien una reafirmación del compromiso de esta revista con ser molde, arcilla y artesana de conciencias.

Ella, él, nosotros… lecturas de La Gaceta, el dossier que se propone, no solo es un entretenido juego de combinaciones de pronombres. Configuran, a mi entender, la forma en que la publicación decide recompensar y revalidar ese lazo sentimental con sus lectores de siempre. Ese pacto de caballeros con los que no se dejan vencer por la ausencia física ni los mecanismos que limitan la circulación. Con los que esperan ansiosos el nuevo número. Los que contribuyen a que más que una revista de monólogos, La Gaceta se convierta en una experiencia para dialogar con Cuba, con sus retos y sus circunstancias.

El dossier presenta una treintena de hacedores de nuestra cultura. Un montón de ideas provocadoras que revelan los instantes que dedica el lector a la reflexión ante cada entrega y demuestran la importancia de una publicación como esta.

Cuando todo parecía estar en calma, en páginas de esta publicación se han estado dando batallas decisivas por preservar y multiplicar la cultura de la Revolución.

Percibo en cada uno de esos textos la intimidad de los que leemos con ese acompañante que intenta ser la revista. Una voz común que proyecta significaciones singulares, que acrecienta los deseos de pensar formando, que profundiza los desvelos y garantiza el combustible para que continuemos caminando.

Más de medio siglo avalan el arrojo constante de esta revista en el propósito de mostrar senderos, apoyar posiciones discordantes, fomentar criterios arriesgados. El clima cultural en el que emerge —aquel inicio de la década del 60— cristalizó para La Gaceta de Cuba algo así como un embrionario signo de “pluralidad revolucionaria”, que la sigue acompañando hasta hoy.

Cuando todo parecía estar en calma, en páginas de esta publicación se han estado dando batallas decisivas por preservar y multiplicar la cultura de la Revolución.

Por ello entiendo la circunstancia que me trae a esta mesa: ese anhelo de cuidar a la juventud de la Nación, de tejer lazos de cercanía. Una juventud de la que formo parte, capacitada para desafiar “poderosas fuerzas”, para “cambiar lo que deba ser cambiado” y, sin embargo, necesitada de ayuda para “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”.

Para facilitar una parte de esa ayuda, La Gaceta tiene que regresar a nuestras aulas. No solo a las del ISA o a la escuela de letras, deberíamos pensar mecanismos perdurables que garanticen su presencia en todos los planteles universitarios. Su ausencia podría ser un equivalente proporcional a la cercanía real de la intelectualidad del país a las universidades cubanas. De ser así, los efectos negativos podrían resultar demoledores. Encontrar senderos y construir alianzas han de concebirse como prioridad.

Con ello quiero reafirmar algo que me resulta medular: la única manera de entender, de penetrar, de encontrar la energía para una comunicación con esa juventud —la mía— que muchas veces parece aguardar, es desterrando los ecos y los monólogos.

Desde el punto de vista histórico, generaríamos una notable contribución, si compilaciones de varios de los textos que se publicaron a lo largo de estos años se utilizaran en el ejercicio de la docencia. Resultarían provechosos para dirimir conflictos, facilitarían la comprensión en torno al lugar principal que ocuparon la cultura y sus procesos a partir de 1959. Harían más evidentes los equilibrios que a lo largo del tiempo han ensanchado los márgenes de la Nación hasta donde es posible, desde la participación intelectual.

Si aspiramos a transitar con los jóvenes, tenemos que sedimentar diálogos de iguales, donde no figuren verdades absolutas, donde la experiencia de los años quede igualada por unos instantes a la premura de estos tiempos, donde converjan fuerzas, metas y deseos comunes, terrenos y preocupaciones compartidas. Un camino donde el éxito de la obra no proyecte una sombra que imposibilite crecer a los relevos.

Con ello quiero reafirmar algo que me resulta medular: la única manera de entender, de penetrar, de encontrar la energía para una comunicación con esa juventud —la mía— que muchas veces parece aguardar, es desterrando los ecos y los monólogos. Es una tarea difícil, pero leyendo y releyendo las páginas de este número que presentamos hoy, creo respirar un crecido compromiso intelectual para afrontarla.

Seguro coincidiremos en que podemos hacer más para que La Gaceta continúe siendo una plataforma de conversación múltiple, no solo para mostrar fórmulas ni faenas acabadas; sino sobre todo, para abrirle espacios a los que ya se aprestan a transformar el mundo interpretándolo.  

Lo conocido y lo que se aventura, la lucha entre el pensamiento y las caricaturas de razonamientos, los desvelos por el sueño de una Nación mejor, vuelven a colocarnos, 50 años después, en el centro de la tempestad. Una tempestad que, al decir de la profecía del Abate Blanes, no deja sitio para los ociosos.

Reza un viejo proverbio popular que “desde la altura de la edad puede divisarse mejor el horizonte”. Quizás por eso los desafíos de La Gaceta muestren una espiral creciente y promuevan el deseo de pensar en diálogo con los códigos contemporáneos, las maneras más armónicas de conseguir eso que los cientistas llaman adaptación.



 

La Gaceta de Cuba ofrece abarcadoras dimensiones para un análisis, para un intercambio con respecto a sus desafíos y, desde ellos, para una valoración del impacto real en el tejido espiritual de la Nación. Proponer imágenes convergentes de los cauces, los desafíos, las tristezas intelectuales, ha logrado cautivar a un público que espera participar de una opinión inteligente y comprometida ante el asecho de la mediocridad, la simplificación y la inhabilitación del ejercicio del pensar.

Su manera de mostrar el camino para descifrar los signos de esa realidad se ha hecho evidente, extendiendo, desde la interpretación del arte, del pensamiento y la sociedad, su propuesta para encontrar la verdad. Por esa razón sigue siendo un sitio de visitas continuadas que debemos preservar.

He tratado de sustraerme de la tentación de historiar, de indagar en los tiempos más riesgosos; no he querido consumir demasiado tiempo. Pero resulta una aventura sin igual sumergirse en ese océano de estéticas particulares, de diseños asombrosos de portadas, de complejidades temáticas abordadas en estos 55 años. Aquellos momentos fundacionales se convierten en un interesante trayecto de definiciones, conjeturas, gigantescos problemas y necesarios silencios consensuados. 

Festejamos hoy con este número y esta presentación un proyecto en expansión que suma más de medio siglo. Un viaje hacia el entendimiento de lo cubano a través de la palabra de los creadores de la Isla y del contexto latinoamericano. Un esfuerzo atinado por combatir esa ignorancia invisible que no se cansa de asechar. Festejamos, al decir del poeta, el compromiso de empujar un país.

Por último, quiero señalar que no ha sido casual que no mencionara los nombres, que no repasara el índice, que no hablara del colectivo editorial. Ya sé que son costumbres arraigadas en la presentación de un texto, que forman parte del diseño de una actividad como esta. Sin embargo, ustedes sabrán disculparme; no he querido aminorar la magia del descubrimiento, ni trastocar la esencia de lo que agasajamos hoy, esa suerte de esfuerzo colectivo que emerge con cada nuevo número de la cincuentenaria revista. 

Ustedes recorrerán, como lo hice yo nuevamente, sus 64 páginas. Formularán valoraciones y criterios, desandarán senderos conceptuales, curarán la vista y animarán el alma con poesía. Entonces encontrarán justificada o no esta consecución de palabras jóvenes, algo desordenadas y a veces absolutas; pero que solo aspiran a parecerse a lo que ha sido esta obra común que nace de nuestra UNEAC, y que me gusta definir como una provocación para pensar.

 

Palabras de presentación del número conmemorativo por el 55 aniversario de La Gaceta de Cuba, el pasado 26 de abril en la Sala Villena de la UNEAC.