La doble vanguardia de José Balmes

Ante la triste nueva del deceso el domingo 28 de agosto del pintor chileno José Balmes —nació en Cataluña en 1927, pero desde los 9 años de edad, debido a la filiación republicana de la familia, vivió en la nación sudamericana—, cobra actualidad la relación entre arte, política y sociedad, venida a menos en las últimas décadas por obra y gracia de algunas engañifas postmodernas y la hegemonía neoliberal.


José Balmes. Foto Internet


Trata de imponerse una corriente de opinión que considera contaminada toda expresión artística que intencionadamente se vincule a una ideología o cuyo creador, en su actuación cívica, ostente una militancia. La descalificación es mucho mayor cuando el artista se halla afiliado a la izquierda.

Los más indulgentes admiten que si en una época hubo razones para la ideologización del arte, ahora es tiempo de desembarazarse de lo que para ellos es un fardo pesado o fuera de moda.

Desde una publicación española que cultiva el periodismo cultural en su versión light, Jot Down, hace un par de años el crítico Javier Bilbao presumía “inevitable el fracaso de los intelectuales metidos en política” y traía a colación la obra de Raymond Aron, El opio de los intelectuales, en la que el filósofo francés arremetió contra “el mito de la revolución”, “el mito de la izquierda” y “el mito del proletariado”.

Balmes no creyó en esos cuentos y se mantuvo firme. Tenía una manera muy suya de interpretar los caminos del arte: “Es necesario crear nuevos valores para configurar un nuevo arte que sea patrimonio de todos y a la vez, que sea expresión de América Latina, por fuera de los mecanismos de oferta y demanda imperantes en la sociedad burguesa.. No creemos que exista, así como lo plantea la sociedad capitalista, un arte desprovisto de contenido político, pues todo arte es político aunque no lo exprese de modo evidente. Toda creación emana de una investigación en la propia realidad”.

Ya en el pasado, Bertolt Brecht —¿quién pone en duda su autoridad creativa?— esgrimió esos argumentos por delante cuando escribió: “Para muchos una descripción plástica solo es factible sobre una base sensualista, todo lo demás lo llaman reportaje, como si no hubiese también reportajes plásticos”.

Esforzado en la concreción de su utopía, Balmes fue consecuente en el modo de interpretar libremente la realidad y el deseo, y en su credo irrenunciable en la necesidad de redención humana. Ello lo hizo escalar a un sitial jerárquico donde la vanguardia estética y la política confluyeran más allá de contradicciones, negaciones mutuas y desencuentros. Unos le rinden culto a una condición más que a la otra, pero para Balmes el solo hecho de proponerse ser coherente fue un desafío del cual se sintió orgulloso.

Su estética encaja en la nueva figuración, exactamente en el informalismo. Luego de su graduación en la Escuela de Bellas Artes, de Santiago de Chile, el pintor comenzó a desarrollar su estilo, y al mismo tiempo se implicó con el Partido Comunista, en el que militó hasta el final de su vida.

En 1959 fundó el grupo Signo, junto a su esposa, también notable artista, Gracia Barrios, y se propuso rebasar tanto los tópicos académicos como una noción de la modernidad aferrada a cualquier complacencia.

La crítica María Soledad Mansilla describió así su despegue: “Al principio fue un informalismo como técnica, que se ocupa de elementos fuera de lo establecido para expresarse, trasladando sus obras de pinturas a técnicas mixtas. Después se convertiría en un uso de los elementos informales para hacer sus discursos más claros y más potentes, siempre dentro de un lenguaje conceptual que intenta un vocabulario ambiguo a primera vista o que dicho de otra manera, aspira una apariencia más inocente que el contenido. En 1960 José Balmes ya está definido en una pintura acorde a su sensibilidad social, política y humana y de ahí su serie Santo Domingo. Mayo, referente a la intervención norteamericana en ese país”.

Tuvo éxito en los circuitos de exhibición. Sus obras forman parte de colecciones de los Museos de Bellas Artes de Santiago, Caracas y Bogotá, del Centro Reina Sofía de Madrid, del Centro Wilfredo Lam y la Casa de las Américas, de La Habana, y del Museo André Malraux de Le Havre, por solo mencionar algunas instituciones.

Ante la asonada fascista de Pinochet marchó al exilio parisino, donde entre 1974 y 1991 ejerció la docencia. Había sido amigo personal de Salvador Allende. En las campañas de la Unidad Popular se incorporó, junto a jóvenes artistas, a la realización de pinturas murales.

Al evocarlo, Roberto Parriol, director del Museo de Bellas Artes en Santiago, dijo: “Balmes funde la dimensión artística y humana del arte, y en su genialidad sobrepasó sus expectativas. Su agudeza y capacidad crítica no tienen precedente en el arte chileno”.