La cachimba

LA CACHIMBA

Con un trozo de Caoba

y otro trozo de Jiquí

me hice una cachimba así,

no muy grande la joroba.

Al terminarle la coba

en la piedra de esmeril

vino la suegra de Gil,

que vive allá en Alacranes

a comprármela en cien janes,

y yo no la doy ni en mil.

Mi cachimba no la vendo

ni en mil, ni en dos mil tampoco;

si el barrio se vuelve loco

la noche que no la enciendo.

Ayer me estaba diciendo

Juana, una temba, que quiere

después que se recupere

de fiebre y de neumonía,

probar la cachimba mía

sin que el marido se entere.

Y Julia que se enteró

del lío de mi cachimba:

le dijo a Juana Carimba:

"Esa me la fumo yo".

En la mano la cogió

y le puso picadura;

le examinó la ranura

que tiene al final del caño,

y para no hacerle daño,

se quitó la dentadura.

El lunes, de Jicotea,

vino a verme Margarita,

que, por cierto, la chiquita

está que le traquetea.

Como mi cachimba crea

un ambiente dulce y blando

empezamos conversando,

y como el humo emborracha

me pase con la muchacha

toda la noche fumando.

Una vieja, el otro día,

que no fuma, sin embargo

se quiso enterar del largo

que mi cachimba tenía.

En la mano la cogía

como medio entrecortada,

y al probar una fumada

me dijo a mí la señora:

"mañana vuelvo a esta hora

a coger otra cachada".

¿Saben cómo yo combato

el humo y la nicotina?

Muy fácil: una vecina

me la limpia a cada rato

con agua y bicarbonato.

Para que le contrarreste

algún residuo de peste

la pone sobre un cristal

con un esmero especial;

para que yo se la preste.

Y a pesar de tanto uso

que ya mi cachimba tiene

como una vara mantiene

el palo que se le puso.

Y si se lo veo confuso,

se lo mando a reparar

para que pueda contar

con un corazón de roble;

que se parta y no se doble

cuando la tenga que usar.

(El informante sostiene que es anónima, aunque el 
poeta avileño Esteban Pagés se la atribuye)