La brecha coral
Foto: Kike
 

Nadie podrá poner en duda la existencia de una vanguardia en el movimiento coral cubano. Esa avanzada tuvo antecedentes en la obra de quienes en instituciones religiosas y culturales, tanto en la capital como en otras importantes ciudades del país, en la primera mitad del siglo XX se dedicaron al canto polifónico —mención especial para María Muñoz de Quevedo— pero sobre todo cobró vuelo a partir de las transformaciones revolucionarias en el campo de la cultura, que aseguraron estabilidad a formaciones establecidas y favorecieron la creación de agrupaciones vocales en casi todas las provincias.

Esto último fue posible dada la fortaleza de la docencia artística y la voluntad de desarrollar talentos para la dirección fuera de la Isla. A la labor fundacional de Electo Silva y Miguel García en Santiago de Cuba, y de Serafín Pro y Manuel Ochoa en La Habana, se sumaron jóvenes egresados en la Escuela Nacional de Arte (luego en el Instituto Superior de Arte), el conservatorio Amadeo Roldán y las escuelas de altos estudios en Alemania.

 A la labor fundacional de Electo Silva y Miguel García en Santiago de Cuba, y de Serafín Pro y Manuel Ochoa en La Habana, se sumaron jóvenes egresados en la Escuela Nacional de Arte (luego en el Instituto Superior de Arte), el conservatorio Amadeo Roldán y las escuelas de altos estudios en Alemania.

Así comenzaron a brillar Digna Guerra y María Felicia Pérez, José Antonio Méndez Valencia y Carmen Collado, Alina Orraca y Zenaidita Romeu, Corina Campos y Sonia McCormack, hasta encontrarnos hoy con gente tan joven como Daría Abreu al frente del Orfeón Santiago y Wilmia Verrier a cargo de Vocal Luna.

Incluso las líneas se han multiplicado con la investigación y montaje de repertorios de música antigua, misión en la que ocupa un puesto destacadísimo Teresa Paz con Ars Longa, cuyo ejemplo ha irradiado hacia otras formaciones habaneras y de Santa Clara y Bayamo.

Tales calidades han llamado la atención de notables compositores. Leo Brouwer dedicó espacio y tiempo en sus intereses para la creación coral; Roberto Valera escribió “Iré a Santiago” para no perderse uno de los festivales de la urbe oriental, Guido López Gavilán alterna la composición de música orquestal y de cámara con piezas vocales de excelencia y contamos con autores casi a tiempo completo, como Beatriz Corona y Conrado Monier, que no ha dejado de vivir y trabajar en Guantánamo.

Quiero, sin embargo, llamar la atención sobre un fenómeno: la vanguardia coral cubana es profesional. A finales del último siglo, al calor de los programas culturales de carácter masivo, se dio un impulso inicial al movimiento de cantorías, más infantiles que juveniles, y aunque unas permanecen y han aportado valiosas contribuciones, otras no han pasado de ser episódicas. Por esos años también surgió la idea de recuperar la formación de instructores de arte, pero en honor a la verdad apenas se siente su peso en el movimiento coral.

Cada vez estoy más convencido de que existe una brecha entre la vanguardia y la base, entre el arte profesional y el de los aficionados en el caso de los coros cubanos. De ahondarse ese hiato, nos perdemos una perspectiva: lo mucho que puede hacer un coro por la ampliación de horizontes estéticos en la formación cultural de nuestros futuros ciudadanos.