La bella… me ha perseguido a todas partes

Han sido 25 años de persecución, en el mejor sentido de la palabra. La película me ha perseguido a todas partes. He hecho otras, inclusive con un contenido mucho más fuerte, más importantes para mí, pero La bella… siempre me cae atrás. Tenía preocupaciones porque el ICAIC no ha querido o podido hacerle las copias justas y necesarias para preservarla —cuando hay un millón de cintas clásicas del cine cubano que no han sido preservadas— pero La bella… está intacta. Una película en 35 milímetros se pudre, se llena de humedad, se parte… pueden ocurrirle mil cosas. En este momento estamos tratando de ver cómo hacemos una buena digitalización.

Creo que está hecha con la misma magia y el milagro que tiene la poesía de ser indescifrable, donde tú no puedes decir es por esto o aquello y a la misma vez creo que es por todo.

Independientemente de eso la veo y digo: ‘¡Caray! esta película está bien hecha′. Me llama la atención y yo soy muy criticón, no me conformo con nada. Realmente trato de sacarle los trapos sucios a cada una de las cosas y conella no lo logro. Creo que está hecha con la misma magia y el milagro que tiene la poesía de ser indescifrable, donde tú no puedes decir es por esto o aquello y a la misma vez creo que es por todo: porque la música es maravillosa, así como los arreglos de Gonzalo Romeu lo son aún más, las coreografías de Gustavo Herrera, porque el ambiente está logrado... y se hizo con centavos.

El productor, Humberto Hernández, a quien considero un mago, cuando le pedía un escenario me decía, ‘pero no te vendría mejor esto otro′ y me daba una solución idéntica, pero más económica y posible. Derubín Jácome y Diana Fernández, en los diseños de escenografía y vestuario fueron otros dos magos, de un trapito te hacían una imagen suntuosa y así sucesivamente…

El guion lo hice en solitario durante diez años. Miguel Barnet, el autor de la novela, tenía reserva con algunas cosas como el lenguaje de las manos, proponía darle en la película toda la extensión que tenía en el libro. Cuando vio que aquello se convirtió en dos frases y lo demás era imagen gestual, una especie de pantomima que le hace Adolfito (Carlos Cruz) a Rachel (la gloriosa Beatriz Valdés), me dijo ‘eso es el cine, me tienes asombrado′.

El guion, años atras, se lo llevé a Jorge Fraga, el director artístico del ICAIC en aquel momento y este lo guardó diez años en una gaveta. Al cabo de este tiempo se lo manda a Julio García Espinosa —quien ocupaba el lugar de Alfredo Guevara al frente del Instituto— con una nota que decía: “Aquí te mando el guion de Enriquito que realmente no vale la pena ni leerlo y se llama La bella del Alhambra”. Julio, quien siempre fue muy propenso a mis guiones, en este caso lo había recibido pero no visto y una vez que lo lee empieza a decirme cosas, a apoyarme y fue así como de aquel embrujo condenado salió un milagro.

La película tuvo amigos y detractores. Todavía a estas alturas muchos otros individuos que han tenido en sus manos el poder de criticar o evaluar han tratado por todos los medios de borrar la imagen de La bella del Alhambra. A veces buscas en los catálogos y no aparece, como no aparezco yo. Para muchos lugares no he nacido para el cine cubano, como si no tuviera ninguna obra. Pero la vida es así también y a estas alturas no me amarga, todo ello más bien nos ha unido mucho. Beatriz y yo, por ejemplo, somos como padre e hija y así todos nos arropamos.

Extrañamente unidos

Este equipo de La bella del Alhambra fue extraño. Nos conocimos todos en la película. No tenía antecedentes ni había trabajado con casi ninguno, pero se fue haciendo muy sólido. El que más hermoso lo cuenta y explica es Raúl Rodríguez, el director de fotografía. Él se lo narraba a alguien hace poco delante de mí y yo decía ‘mira que bien′, porque hablaba de cómo nos fuimos compenetrando e hizo una anécdota muy interesante que había olvidado de cuando estábamos filmando en Pinar del Río, o sea, haciendo todas las escenas de teatro; porque nosotros empezamos por los números musicales que fue lo más complejo de la película.

En las noches terminábamos tardísimo de filmar y luego ensayábamos lo del día siguiente. Lo hacíamos antes de que se desmontara la escenografía y demás, sobre el mismo escenario del teatro. Era agotador. Pero el personal no artístico de la película —quienes hacen el trabajo duro— no se iba. Se quedaban en el teatro para ver el ensayo y aplaudían los números. Cuando descubrimos este fenómeno que se dio desde el primer día, supeque la película iba a ser un éxito inevitablemente por esa comunicación que se establecía entre todos. Tanto es así que en las escenas completas como las del teatro donde se hacen planos del público —para las cuales hay un día de llamado— había muchos del personal de nosotros que se ponían ellos mismos los vestuarios de extras para disfrutar y estar en la filmación. Eso le dio una solidez a esta relación y una unidad muy entrañable que ha permanecido.

El premio del pueblo

Estrenamos en el cine Yara, en octubre del año 89. Un estreno muy irregular. Estaba andando el Festival Caracol, en el cual no participamos porque la película recién estaba terminada, pero quisimos ponerla para ver cómo se comportaba. Se habían filtrado las características de la cinta y la sala se repletó. La gente estaba sentada en las escaleras, participaba, le respondía cosas y chistes a los personajes y aplaudía detrás de cada número musical. Nos dimos cuenta que estaban festejando como si fuera año nuevo, y el productor me dijo: ‘ese es el día que hay que estrenarla, para esperar el año′ y así fue. Conseguimos la autorización para ponerla en todos los cines de La Habana a las 12:00 de la noche del 31 de diciembre del 89.

Fue como un destino que hizo que terminara en fiesta una etapa que no había sido la mejor, sino bastante gris, y preparara el ánimo de la gente para una actitud más optimista hacia el futuro inmediato.

Casualmente, porque nosotros no teníamos idea de lo que iba a ocurrir aunque sentíamos que en el país había una especie de estado de ánimo no muy festivo y eso nos preocupaba a todos, la película inauguró aquel primero de enero del 90, el Periodo Especial. Fue como un destino que hizo que terminara en fiesta una etapa que no había sido la mejor, sino bastante gris, y preparara el ánimo de la gente para una actitud más optimista hacia el futuro inmediato.

Tuvimos algo en contra que fue triste, el hecho más lamentable. Cuando la película participó en el Festival Internacional de Cine de La Habana, todo el mundo esperaba lo mejor. Beatriz era aclamada donde quiera que llegaba, nos ganamos el Girasol de la revista Opina a través del voto popular, habíamos tenido dos millones de espectadores en 15 días, no hubo una crítica desfavorable, de modo que teníamos todo a nuestro favor. Pero curiosamente a la hora de las premiaciones no aparecían premios para La bella del Alhambra. Por último les dieron un premio compartido a Mario y Gonzalo Romeu por la música, el de escenografía a Derubín Jácome y se acabó. Ni uno solo de edición u otra especialidad.

Llegado el momento de dar a conocer el premio a las actuaciones —para el cual Beatriz había sido elegida como presentadora— el de mejor actuación femenina se lo dan a una actriz argentina no importante, ni conocida, ni con un personaje significativo en una película de Subiela, quien después hizo declaraciones a la prensa diciendo que él sentía vergüenza ajena porque entendía que el premio lo merecía Beatriz Valdés. Aquel teatro se vino abajo, la gente pataleaba en el piso y gritaba: ‘Justicia, justicia, justicia…Beatriz premio, Beatriz premio…′ Y entonces ella que empezaba un embarazo y estaba súper sensible, además de encontrarse en aquella situación donde era aclamada por el público y al mismo tiempo sin premiar, dijo unas palabras que se quedaron para siempre: ‘Todos ustedes son mis corales′. Aquello fue el gran arrebato.

Cuando llegué a la casa tarde en la noche de aquel día en que estaba muy deprimido por lo que había ocurrido, me encuentro en la escalera un coral idéntico a los del Festival que decía: ‘Premio del Pueblo a La bella del Alhambra′. Hasta hoy, 25 años después, no sé quién hizo esa proeza tan significativa. Ese es el ambiente que hubo en el estreno de la película.

Quiéreme mucho

Hay algo muy interesante. Cuando grabamos las canciones Isabel Moreno me explicó que ella no podía cantar. Tenía un trauma que no le permitía hacerlo. Respetándole su sensibilidad me pongo a buscar timbres vocales para poder resolver un problema tan serio porque el personaje de La mexicana es la contrafigura artística de Rachel y tiene que cantar, sobre todo un número como “Quiéreme mucho”, construido como un himno nacional, con todo un carácter de patria y necesitábamos que además lo interpretara una actriz que tuviera el temperamento adecuado.

Isabel tiene un timbre de voz muy peculiar, como decía mi abuelo, de cazuelita rajada, un poco vibrante, algo bastante difícil de encontrar. Pero un día oigo a Omara Portuondo, a quien había escuchado hasta la saciedad y digo: ‘caray si ella tiene lo que buscamos′ y fuimos a verla. Me decía ‘no va a querer′, porque darle la voz a otro es muy pesado, mientras ella con una naturalidad y humildad absoluta dijo que sí. Para entonces Omara estaba cantando en Varadero y se trasladó desde su show directo al estudio de Prado a grabar. Le pedí que primero escuchara la voz de Isabel para que se acostumbrara a su timbre y lo buscara en su registro. Nos valimos de algo muy simple y elemental, le pedimos a Isabel que le contara a Omara cómo era su personaje y qué contenido tenía esta canción para él.

Son cosas mágicas que ocurren en las filmaciones y cuando se convierte en una sumatoria, realmente uno empieza a adquirir un sentido no de superstición, pero sí de vibración interna, de seguridad de que esto va pa′ lante de todas maneras.

El vestuario se diseñó buscando una especie de imagen icónica que simbolizaba la patria, con gorro frígido y todo, pero todo blanco. Entonces Omara le pide a Isabel que le cante bajito, entre ellas dos, “Quiéreme mucho” y así fue. Pasamos al estudio, buscamos dos micrófonos y montamos un lado muerto y un lado activo, se pusieron cada una los audífonos con la orquesta. A la señal empezaron a cantar juntas agarrándose los brazos, no se soltaron, se miraron a los ojos y entonaron al unísono “Quiéreme mucho”. Fue tan estremecedor que cuando terminaron se abrazaron y empezaron a llorar. Lamentablemente no se filmó, aquello quedó en la memoria.

En el 20 aniversario vinieron las dos al teatro e hicieron la misma operación. Son cosas mágicas que ocurren en las filmaciones y cuando se convierte en una sumatoria, realmente uno empieza a adquirir un sentido no de superstición, pero sí de vibración interna, de seguridad de que esto va pa′ lante de todas maneras.

La magia y el Goya

Después de aquel fracaso terrible en el Festival de La Habana estábamos compitiendo por el Premio Goya en España y me avisaron que tenía que ir a la prenominación. Cuando anuncian en aquella academia solemne que el primer Premio Goya que se le daba a una película latinoamericana era para La bella del Alhambra fue una conmoción. A partir de ahí era una brujería lo que estaba corriendo.

Resulta que Derubín Jácome y Diana Fernández me invitan a su apartamento en España, donde coincido además con Evelio (Lecour), quien había hecho las esculturas de la película y a su vez me convida a ir a Santiago de Compostela. Tenía muchas deudas afectivas con la memoria de Manuel Octavio Gómez, un amigo a quien quería muchísimo, y era muy religioso y devoto de Santiago Apóstol. Era octubre del 90, el mes de mi cumpleaños. Mi mamá estaba invitada en Miami para estar unos meses con mis hermanas y le digo: ‘qué bueno mami, tú vas para un lado y yo para el otro y así no paso el cumpleaños solo′.

Voy al templo de Santiago… con Evelio, toqué las cosas que había que tocar, di los puñetazos que hay que dar, los cabezazos contra la pared y esas solemnidades que hay que hacer como parte del ritual. Aquel es un lugar muy impresionante, medieval y antiguo, donde siempre está lloviendo; para mí la lluvia es algo que me impresiona mucho. Una vez allí hay que caminar por detrás de la figura, muy cerca del Apóstol. Como no soy religioso a veces uno es irrespetuoso también, fui un poco irreverente y le dije al oído: ‘Oye si tú me complaces de verdad esto va a ser un milagro. Yo quiero esperar mi cumpleaños con mi mamá y mis hermanas en Miami′. Al volver a la casa de Derubín y Diana me preguntan cómo me había ido y les digo: ‘Yo se la pedí bien difícil, porque imagínate tú ¿a un cubano en Madrid en este momento, quién le da una visa para EE.UU.?′, además yo no podía ir de ninguna manera, pues no tenía ni dinero para pagar el pasaje. Lo que tenía era un boleto de Iberia de regreso a La Habana.

En la habitación estaba en ese momento un joven actor poco conocido, que apenas sabía yo quién era, oyó toda esta conversación y se fue. A la media hora más o menos, llaman por teléfono y era el joven para hablar conmigo. Cuando salgo al teléfono me pregunta si todavía quería esperar mi cumpleaños con mi familia en Miami y le digo ‘bueno sí, claro’. Entonces me explica: ‘Mire Pineda yo soy ciudadano norteamericano y acabo de venir de visitar al cónsul de EE.UU. en Madrid, quien es amigo mío y le he contado su experiencia en Santiago de Compostela y demás. Él es una persona muy cariñosa y me dice que en reconocimiento a su premio Goya venga al consulado que le va a dar la visa para viajar a mi país′.

Fui corriendo para allí, mirando para todos lados, para que la gente no me viera entrar y pensara que me iba a asilar, pues en aquella época eso era una maldición del cielo. El cónsul me recibió con bombos y platillos, me hizo él mismo las fotos, me puso una visa especialísima en el pasaporte. Solo faltaba resolver cómo hacía el viaje. Era como el 20 de octubre y mi cumpleaños es el 28. Llamo a casa de mi hermana y le cuento lo que me había pasado, pero que no tenía dinero pagar el pasaje. Ella me dice que no me preocupara pues un amigo entrañable,Tomás Sánchez, el pintor, me invitaba y me pagaba el pasaje; otra amiga de la infancia, María Luisa Lobo también quería hacerlo, así que tenía dos pasajes. Recuerdo que el capitán del avión anunció mi presencia en el vuelo y descorcharon botellas y todas esas cosas. Sentía que estaba en el mundo del milagro, que había llegado al país de las maravillas, porque realmente todo era mágico. Una vez en Miami esperamos mi cumpleaños, fue un fiestón precioso. En medio de aquello llamaron desde Puerto Rico. El Festival de Cine de San Juan acababa de otorgarle el primer premio (Pitirre) a La bella del Alhambra y estaba invitado a ir. De allí salí con un contrato de trabajo para dar clases en la Escuela de Comunicación Pública. Estuve finalmente casi seis años entrando y saliendo de Cuba, haciendo cosas: dando clases, hice un largometraje, algunos cortos de arte…Esa fue la culminación de La bella...

 

Testimonio ofrecido por el cineasta a propósito del 25 aniversario del estreno de La bella del Alhambra.