La Bella del Alhambra: El Bronce como abalorio

Cuando se ubica La Bella del Alhambra (1989) dentro de la filmografía de Pineda Barnet parecería otra rara avis dentro de ella, pues casi todos sus filmes anteriores tenían, como centro temático, la recreación de la memoria histórica y habían padecido de muy poca popularidad y reconocimiento en festivales nacionales y extranjeros.

La Bella del Alhambra le permitía alcanzar a Pineda Barnet, por primera vez, una popularidad desbordante (más de dos millones de espectadores en menos de un año) y premios nunca esperados por el cine cubano como el Goya de la Academia Española (el tercero que se entregaba a un país latinoamericano), y estar entre las cintas finalistas a ser nominadas para el Oscar; sin contar la avalancha de galardones en el Caracol de la UNEAC y los Corales del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Sin embargo, la historia de esta joven corista, pobre, venida a menos, pero con deseos de triunfar, que se convierte en la gran vedette del Teatro Alhambra, pretexto fílmico para honrar una buena parte de la cultura cubana considerada por mucho tiempo menor, a pesar de haber aportado una gran cantidad de obras al patrimonio musical, teatral y poseer una visión muy particular de nuestra identidad nacional, no está desvinculada de lo hecho por su realizador anteriormente.

La Bella del Alhambra contiene los tópicos ideotemáticos fundamentales de las obras más significativas de Enrique Pineda Barnet. 

La Bella del Alhambra contiene los tópicos ideotemáticos fundamentales de las obras más significativas de Enrique Pineda Barnet. En primer lugar, el protagonista envuelto en una circunstancia histórica que de algún modo va a transformar su vida, lo que más arriba llamamos la re-creación de la memoria. Y en segundo lugar, su profundo amor por el teatro, presente en todo lo dirigido por él, ya fuera de forma explícita, como ocurrió con Giselle o la Colección Teatros de La Habana que filmara para Enciclopedia Popular, o de forma implícita, en la concepción de las puestas en escena de filmes como David o Mella, donde funciona la teatralidad como recurso expresivo artístico-comunicacional no siempre afortunado, ni bien comprendido por la audiencia.

En La Bella del Alhambra estos dos aspectos se relacionan de manera diferente. La recreación de la memoria histórica pone en primer lugar un espacio artístico-cultural y los sucesos políticos quedan como un fondo movedizo que estremece sus cimientos y el de sus personajes. Rachel se va convirtiendo en víctima poco a poco de ese entorno extrartístico que la va ahogando desde sus relaciones más personales e íntimas. Ella no es el héroe o las heroínas al estilo de David, Mella o Lidia y Clodomira, quienes se trazan como objetivo transformar la realidad que les ha tocado vivir; Rachel se convierte en protagonista desde las tablas de la Historia Nacional, al interpretar La isla de las cotorras, más «por amor al arte» que por conciencia política. Pero no puede escapar al destino que vive la Isla y en esto sí es idéntica a los otros personajes de Pineda Barnet y fenece, no físicamente como sus antecesores, sino artísticamente, con la desaparición del Teatro Alhambra, metonimia del final de una época dentro de la República.

En esta obra, la Historia Nacional funciona como fondo, específicamente en un momento álgido de la misma: el periodo de gobierno de Gerardo Machado, culminado con la frustración de lo que la Historia de Bronce ha denominado la Revolución del 33.

Pero, el contexto político que está viviendo la Nación durante el segundo lustro de la década del 80, tanto en sus conflictos internos como en sus relaciones internacionales, permite una lectura connotativa del texto fílmico, en relación con su periodo de producción, lo cual hace de La Bella del Alhambra uno de los filmes que mejor logra el cuestionamiento del presente desde una posición aparentemente inocua.

La Bella del Alhambra es uno de los filmes que mejor logra el cuestionamiento del presente desde una posición aparentemente inocua.

Este período histórico nacional se iniciaba con una creciente inconformidad social, pues sectores priorizados como la salud se resquebrajaban, especialmente en la capital y se detectaban violaciones en los salarios, así como manifestaciones de corrupción vinculadas con la vivienda, los sectores cuentapropistas, y en especial, la relación de nuevas formas de propiedad en la agricultura como las cooperativas con el mercado libre campesino. Ante estas circunstancias adversas, Fidel declara el inicio de un periodo de rectificación de errores y de tendencias negativas, en su discurso por el XXV Aniversario de la Victoria de Playa Girón, el 19 de abril de 1986; que se formaliza en la sesión diferida del Tercer Congreso del PCC, celebrado en diciembre del mismo año, decisión que coincidía con las modificaciones que en el campo socialista comenzaron a hacerse desde la llegada al poder de Mijail Gorbachov en 1985.

En la industria del cine, se dan algunas señales de vínculo entre el arte y la situación social del país; pero como señalaran Rufo Caballero y Joel del Río:

A pesar de sus intermitentes señalamientos a dificultades e impotencias de la sociedad cubana contemporánea, dichas películas eluden el riesgo y apelan a rasgos consabidos y discutibles de la cubanidad, como pueden ser la manera de expresarnos, el choteo, los prejuicios [...] sin que evidencien un punto de vista genuinamente crítico, confiriéndole en cambio, una inmoderada licencia a la ramplonería y el facilismo periférico.29

La selección del Teatro Alhambra como topología alrededor del cual se va a desarrollar la fábula, con su connotación marginal dentro de la sociedad en que existió, le permite a Pineda Barnet hacer uso de la teatralidad como estrategia para crear relaciones heterotópicas, desde las cuales reta a la audiencia a leer el presente desde ese pasado.

Eduardo López Morales, en uno de los artículos más lúcidos sobre el filme, plantea la relación metadiscursiva de La Bella del Alhambra con la realidad contemporánea a su producción:

No se trata, pues, de una retrospectiva melancólica de cierto sabor decadente, sino de una contemporaneización de la problemática de la identidad. Reflexionemos en los subtextos denotativos que desfilan ante nosotros: la ambigüedad del eros cubano (desde la homosexualidad reprimida hasta el desenfado permisible del doble sentido: el culto al cuerpo, la equivocidad sexual −por ejemplo, la representación de La señorita de Maupin, de Anckerman y Villoch−, la lujuria y el placer); la presencia omnipresente del discurso político; la contradicción entre la ética pública y la privada; las creencias fetichistas para disminuir problemas; el arte como ejercicio de una profesión marginalizada/aceptada en el seno de la civilidad; el valor constitutivo de la cultura como recreación, disfrute y anagnórisis de la psicología social; la contextualización ciudadana de la música como memoria coral del pueblo, donde se desinhibe de los prejuicios, liberando el discurso artístico, que porta y traduce el sustrato subconsciente de la problematización de la realidad.30

Elementos como la propia puesta en escena de La isla de las cotorras, con todo lo de kitsch que posee desde su posición frente al llamado arte teatral mayor; pero casi con la misma funcionalidad subversiva de su tiempo, está juzgando el momento que está viviendo el país en 1989. Los géneros musicales e incluso cinematográficos que utiliza, como el melodrama, las alusiones-homenaje al cine cubano de los años 40, también considerados como kitsch, devuelven la ironía a la filmografía del realizador.

La Bella del Alhambra constituye una enérgica parábola sobre las facultades subversivas y transgresoras del orden deformante que asisten, por naturaleza, al genuino arte popular. La película está dedicada a todos los que hicieron y hacen posible nuestro teatro, pero creo que en el fondo se abre más a las potencialidades de emplazamiento y liberación que han encarnado de siempre −y por supuesto hoy− en la desfachatez sensual y a menudo refinadísima con que el arte popular sabe leer lo real, desafiarlo, transgredirlo, instar a su rebasamiento.31

Su obra venía evolucionando ya desde un sentido de lo experimental en la concepción del relato, cuyas mejores expresiones son David y después Mella, hacia una naturalización del mismo, por lo que Aquella larga noche y Tiempo de amar apostaban a una comunicación más directa con el espectador, a partir de la utilización de una narrativa más ortodoxa. Sin embargo, solo en La Bella del Alhambra el dominio en la forma de contar, el trabajo acertado con los actores, la puesta en escena con un trabajo extraordinario de la Dirección de Arte y la recreación sonora de una época musical, imprescindible para la cultura cubana, dieron como fruto una obra lo suficientemente bien elaborada y oportuna desde el momento de su estreno como para que la crítica la considerara entre las mejores de los últimos 50 años del cine cubano.

 

Texto publicado en el libro Entre paradojas y resurrecciones. Cruzar la calle con el cineasta Enrique Pineda Barnet del autor. Ediciones ICAIC, 2012, pp. 55-60