La aventura humana de Leandro Soto

 

 Leandro Soto en plena creación. Foto: Mario Porchetta
 

Nadie permanece indiferente ante la eclosión creativa de Leandro Soto (Cienfuegos, 1956), un artista que se nutre de vivencias propias y ajenas para hacer visible la condición humana. Crónicas visuales, exposición suya desplegada en la sala transitoria del Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, es un estremecedor y poético testimonio de la experiencia que ha ido acumulando y decantando en su tránsito por la diversidad cultural del mundo.

La obra de Leandro se vincula de algún modo con los diarios de viaje que registra la literatura. Sin ir demasiado lejos en nuestra región contamos con las Crónicas de Indias y los diarios de navegación nacidos de tiempos de la colisión entre la cultura europea con los pueblos originarios del continente. La misma Cuba observada por los viajeros del siglo XIX ofrece una valiosa información sobre costumbres y sucesos históricos. Pero en todos los casos, incluso en las más escépticas relaciones, la mirada parte del ejercicio, consciente o no, de un papel hegemónico.

La operación del artista es diametralmente opuesta. Una criatura del Sur mira indistintamente al Norte y al Sur (India, Barbados, Tabasco, Perú, Panamá, y por supuesto, su Cuba cienfueguera), con absoluto sentido de la horizontalidad. Es el diálogo entre dos o más otredades. ¿O acaso no lo son las comunidades de la helada Buffalo y la desértica Arizona, donde los americanos autóctonos son, a lo sumo, una rareza folclórica que sobrevive a la depredación de la civilización industrial?

Leandro se parece más a Salvador Golomón, el personaje del carpenteriano Concierto barroco (con algo de su amo, el Indiano, a quien el proceso de criollización ha desmedulado la ínfula colonial), solo que en lugar de meter el ritmo de palmadas y cacerolas en la Venecia de Vivaldi, va más allá para comparar y compartir la suerte y la memoria de otros “golomones” que habitan en el paso del siglo XX al XXI en una periferia que se resiste a la marginalidad para convertirse en centro de imantación de una realidad poética afirmativa.

El artista es consciente de su proximidad al interés de Carpentier en hallar las claves de lo real maravilloso en tierras caribeñas. Lo demostró durante una pródiga estancia en Barbados, junto a su compañera Grisel Pujalá, donde el centro Earl Barrow exhibió en el 2013 el resultado de su indagación acerca del contacto de Carpentier con ese territorio antillano.

 Una de las piezas de Crónicas visuales. Foto: Yuris Nórido
 

Crónicas visuales debe leerse como un continuum, ninguna obra se explica por sí misma, sino en relación con las demás, como si estuviésemos ante una instalación poliédrica donde los mitos son los grandes protagonistas de una narración rica en asociaciones metafóricas.

Un tiempo atrás, en uno de sus regresos a Cienfuegos, Leandro hizo profesión de su arte poética al decir: “El arte como un hecho total, integrador, no es algo nuevo. En las culturas antiguas era así y en las que no han sido afectadas por la modernización, esto sigue siendo un elemento básico. Es solamente después del establecimiento de la sociedad industrial que se promovió la especialización. Hoy día, en el siglo XXI, estamos en otra época donde la interdisciplinaridad es una necesidad, no un lujo”.

 

Fuente: Granma