Julio GarcĂ­a Espinosa: un fundador

Junto a Tomás Gutiérrez Alea y Alfredo Guevara, Julio García Espinosa figura entre los fundadores del nuevo cine cubano y latinoamericano, tanto por sus aportes teóricos al séptimo arte, como por su filmografía y ese afán de “expresar la realidad en términos críticos”, que presidió su primera aventura cinematográfica.

Claro que me estoy refiriendo a El Mégano: un corto de 1955 que se considera el antecedente de todo lo que se hizo después en el celuloide cubano y que, en su época, puso la mirada en los carboneros de la Ciénaga de Zapata y las paupérrimas condiciones de vida en las que se desenvolvían su existencia y su trabajo.

Por ello no tiene nada de extraño que esta 38 edición del Festival de Cine Latinoamericano incluya un homenaje al cineasta y teórico fallecido en abril, y cuya entrega a la cultura cubana es tan relevante como innegable.

Quizá las películas de García Espinosa hayan sido un poco subestimadas en beneficio de su ensayística, que conserva la actualidad de los grandes renovadores: aquellos que agrupados en el Comité de Cineastas Latinoamericanos defendieron postulados artísticos antihegemónicos en un mundo presidido por Hollywood y su misión alienante y globalizadora.

Pero, al menos a mí, me queda el recuerdo de las que considero excelentes películas: Las aventuras de Juan Quin Quin, Cuba Baila y Rey y Reina. En ellas, García Espinosa expone su visión de lo cubano desde una óptica que se aparta de los pintoresquismos y que pretende adentrarse en la realidad de una manera muy personal y auténtica, como ya lo había hecho en El Mégano.

Tal vez esa película realizada en 16 milímetros con una cámara de cuerda y dos receptores de sol, era el preludio del reto que significó para los fundadores del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) —creado en 1959 como una de las primeras instituciones culturales de la Revolución cubana—, trabajar con los escasos recursos de una industria incipiente, y hacerlo con la conciencia de ruptura que después fuera norma de lo que hoy llamamos nuevo cine latinoamericano.

El Mégano fue exhibida el mismo año que se filmó, en el teatro Varona de la Universidad de La Habana, y al otro día fue requisada por las fuerzas represivas de la dictadura de Fulgencio Batista, que secuestró uno de los negativos, quedando otro escondido y a buen resguardo.

Muchos años después, con el espíritu autocrítico que siempre lo caracterizó, García Espinosa expresaría que, con el tiempo, veía El Mégano “como una película naif, sin encanto formal alguno, y lo que es peor, con una visión de la realidad muy simplona”.

Sin embargo, admitió: “Sintetizaba igualmente una ruptura de carácter artístico con el cine que se hacía entonces en Cuba, así como una definición política e ideológica”.

Algo bueno —añadió— debe tener, cuando tuvo tan buena acogida de público y de crítica. “Pienso que ese algo bueno sigue siendo válido: la necesidad de expresar la realidad en términos críticos. No por gusto los cuerpos represivos de entonces la secuestraron”, opinó.

Como parte de los homenajes que le dedicó este Festival de Cine de La Habana, destacan un coloquio sobre el director cubano y la presentación por Ediciones ICAIC del título Vivir bajo la lluvia, de Dolores (Lola) Calviño, quien acompañó como su esposa al cineasta hasta sus últimos días de vida.

El panel del coloquio estuvo integrado por los intelectuales Graziella Pogolotti, Roberto Fernández Retamar, Víctor Fowler, Cristina Venegas, Ana López, Antonio García Borrero, Manuel Herrera y el documentalista inglés Michael Chaman, todos moderados por Reynaldo González.

Coincido con lo expresado por Víctor Fowler en la ocasión, cuando dijo que el autor de Las aventuras de Juan Quin Quin transitó por lo popular hasta convertirse en revolucionario del cine de vanguardia.

Solo que esa revolución, añadiría yo, no abandonó nunca una conexión muy estrecha con su pueblo y un sentido de la comunicación tal vez heredado del neorrealismo italiano. No olvidemos que Julio se graduó como director de cine en el Centro Sperimentale de Cinematografía de Roma, en el año 1953.

Para terminar, diré que este hombre esencial para la cultura cubana, que recibiera el Premio Nacional de Cine en 2004, se encargó también de la formación de varias generaciones de cineastas, tanto en el ICAIC como en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, la cual dirigió en la década del 90 del siglo pasado.

Julio García Espinosa, sin lugar a dudas, pertenece a la historia del nuevo cine latinoamericano. Ojalá los nuevos cineastas conserven en la memoria su valioso legado teórico, ético y humano.