Julie sobre la cama

Hablaba del sagrado temor que acomete al alma noble cuando se le aparece un rostro semejante al de los dioses, es decir, un cuerpo perfecto. Le explicaba cómo todo su ser se estremece de aquella alma, se enajena y apenas se atreve a mirar; cómo se siente poseído de veneración ante aquel que ostenta el sello divino de la belleza.

Muerte en Venecia, Thomas Mann

 

El tiempo es Julie sobre la cama. Desnuda. Con las piernas un poco dobladas y la respiración tranquila. El tiempo es Julie recién despierta, pidiendo el café con leche como una niña de siete años. El tiempo que se escurre en las fotos en blanco y negro que imprimo y voy poniendo en marquitos de madera, plásticos, más grandes y más pequeños y con rebordes dorados, esos que vienen con una foto que sustituyo con Julie a carcajadas, Julie con un gorrito de invierno, Julie en los aparatos de la Isla del Coco y saltando desde el muro del malecón, Julie de viaje por Francia, por la calle 23 en la noche de los libros. Yo esperando a Julie repaso los cuadritos, a veces los agarro y los miro de cerca, les doy un besito y me pregunto por qué hace tiempo que no viene a verme. Aliso el cubrecama, barro un poco el piso, friego los platos y fumo, fumo mucho en el balcón mientras estrello el cincel contra la madera. La hago parir alguna forma. Un cuerpo de mujer. Un delfín. Algo abstracto. La madera que apuntala el techo tres metros más arriba va tomando formas artísticas, le saco lascas de sentido, alegro un poco la madera que me salva de quedar sepultado entre los escombros de esta Habana decrépita. Allí donde se agarró la última vez perfilé sus dedos en fuga, cuatro surcos aquí, cuatro surcos allá, las manos de Julie agarradas a la madera de mi cuarto. Para siempre.

Bajo a buscar provisiones, pero no me detengo en el bar ni de juego, no puedo correr el riesgo de que venga y no me encuentre. Compro algo de pan, algunos cigarros y ya tengo ideas para seguir hurgando en la madera, para sacarle a la caoba la forma que grita desde adentro. Una forma que es Julie en cualquier postura. Posturas hay miles. De tanto pensar en eso creo que voy dejando de ser este viejo decadente sin familia y sin hijos y me voy convirtiendo en Julie. Poco a poco voy dejando de ser esa persona que esculpe la madera para ganarse unos pesos y me convierto en el artista, el buscador del sentido más profundo de Julie. Este vestido como un muelle sobre mis caderas, el sostén que relleno con algodón, mi sonrisa de Julie frente al espejo con los labios rojos, muy rojos y en forma de beso. Soy Julie en un castillo que reproduce sus formas en la madera cruzada en troncos por todo el cuarto y la barbacoa. Y bailo, y me beso, y hasta me quiero. Y mira que decir que es una aprovechada que solo viene a buscar mi dinero, a acostarse en mi cama, a comerse mi comida y fumarse mis cigarros. Esa vecina es pura envidia, porque su cara yo nunca la sacaría de la madera de mis puntales. Se te va a venir abajo, me grita la muy perra cuando le molesta el ruido del martillo. Si un día de estos la agarro con el cincel ya veremos qué sale de ahí. Garabato de vecina. Pero a Julie no le gusta la violencia, no le gusta que yo me ponga a darle golpes rudos a la madera cuando ella se pasa muchos días sin venir a verme, sin darme su abrazo, sin dormir en mi cama y se me arma un nudo adentro, de esos donde la forma no se logra y esa parte salta en pedazos echando a perder la pieza completa. Esa madera con nudos no es buena. No puede ser buena.

Ella se guarda para mí. No es solo porque me lo haya dicho, lo sé por su manera de frenar mis besos, por su mirada ingenua de niña, por la manera en que le habla a su papá por el teléfono celular, tan dulce, diciéndole que esta noche se queda en casa de una amiga. Le tira un besito. Le da las buenas noches, papi. Luego me pide que me desnude y me quede así, haciendo cualquier cosa. Quiere aprenderme de memoria para después dibujarme en un papelito o en la libreta de la escuela. Ríe en silencio, para sus adentros. El que solo se ríe… por algo será. Y yo me entretengo sacando formas en el marco de la puerta. A veces, hasta se me olvida que está ahí y cuando vengo a darme cuenta ya está dormida. Como los ángeles. Le pongo el dinero sobre la meseta, al lado de la taza de café con leche, porque sé que en la mañana cuando se levante yo estaré dormido como un perro guardián a los pies de la cama y no la sentiré lavarse en cuclillas con el agua de la palangana, la que ahorré especialmente para ella, no la veré cambiarse de ropa, reírse bajito por mis ronquidos de viejo chocho, dejarme algún papelito con una frase de amor. Vengo otro día.

Por eso mismo voy dejando caer el cincel, Julie de mi vida. El golpe del martillo retumba por todo mi brazo hasta mi cabeza. La vida entera en el pliegue de tu sábana, un retraimiento como de piel vieja, un pozo profundo de cuerpo doblado en lloriqueo húmedo, esa pierna que no entiende y se va saliendo de un tirón, asomándose por la sábana, indefensa piel de delfín. Pellizco la superficie como si levantara una capa de mantequilla. Debajo queda liso, ondeado, mirando un poco más arriba hacia la cadera. Los dedos de los pies son algo bien difícil, les hace falta una cincelito fino, pequeño, delicado. Caderas de Julie, Julie con aletas, garabato de Julie. Ella se merece lo mejor. Un golpe seco, único, seguro. A las mujeres hay que darles seguridad. Un cincel como lengua que saborea la madera, que baja por la colina anunciando la cadera y desciende montaña rusa hasta la cinturita fina. Qué mareo, qué miedo, qué dolor. Cuidado con la pieza en esta parte o se echa todo a perder. Mejor pasar la mano para sentir cómo respira la madera, se le bota la forma hacia afuera como una mujer en celo. Un brazo que amaga con detenerme, brazo que forcejea abriendo los dedos finos de la mano. Otro cincelito fino, delicado, si se parte un dedo ya no se podrá reponer. Habrá que comenzar todo de nuevo. Nunca me había detenido en sus uñas, cortas, levantadas hacia arriba como buscando el sol. Un bracito igual de corto, delgado, colgando de una axila depilada con una curva profunda y a la izquierda, el seno. Hay que prestar cuidado a los pezones, no vayan a correr una suerte de nariz de esfinge. Senos pequeñitos de mujercita a medio hacer. Nunca imaginé que en su cuello tropezaría con un nudo, un remolino donde las fibras hicieron saltar la madera en astillas, en jirones de madera que si se jalan con desespero dejan un hoyo de cutícula mal cortada. Y duele. ¿Por qué me haces esto, Julie? ¿Por qué esa cara contraída de repugnancia y dolor? Nunca imaginé que guardaras algo tan feo dentro. Con todo lo que he hecho por ti. Siempre te imaginé dócil, entregada, feliz, toda para mí. Te estás portando mal, Julie, te lo advierto, has estado a punto de echar a perder la pieza. Tranquila, ¿no ves que soy yo sacándote de la madera porque no me alcanzan los cuadritos para tenerte siempre? Mira, se te ha caído un diente y no hay más que el agua de la palangana. Ya no tengo otra pieza de madera como esta. Ya no. Ah, Julie, lo has echado todo a perder.

 

FICHA
Dazra Novak: Narradora. La Habana, 1978. Licenciada en Historia por la Universidad de La Habana. Ha obtenido el Premio Pinos Nuevos 2007 por el libro Cuerpo Reservado (Cuento, Editorial Letras Cubanas, 2008); el Premio David y el Premio Especial Cabeza de Zanahoria 2007 por el libro Cuerpo Público (Cuento, Ediciones UNIÓN, 2009), así como la Beca Fronesis 2010 por el proyecto de novela Making of, que mereció el Premio UNEAC de Novela Cirilo Villaverde 2011 (Ediciones UNIÓN, 2012).
 
Fuente: El Caimán Barbudo