Juana

A veces, la realidad y la ficción se difuminan, especialmente cuando lo vivido lleva una carga poética intensa. Si puedo asegurar que aquella remota noche de 1995 fue real, únicamente se debe a que esa memoria quedó registrada en una canción.

Soy un muchacho paliducho que le hace la visita a su maestra y voy con mi guitarra. Tras el chirrido de una reja, el cancerbero: un joven espigado y con nobleza renacentista coloreando su rostro. Se me antoja el Cristo de Fidelio Ponce, pero resultó ser, no una pintura, sino El pintor.


Fotos: Iván Soca


Me conduce por un patio de yagrumas. Las hojas de otoño forman una alfombra espesa que hace gritar los pasos como ecos del tiempo. Un perro, que en la oscuridad me parece de dimensiones colosales —y acaso las tiene (curiosamente no me asusta) —, ladra con cierto eco y alguien lo hace callar. Sería la voz de Silvio Rodríguez que empezaba a cobijarnos desde sus canciones.


Veo una luz que vacila

y promete dejarnos a oscuras;

veo un perro ladrando a la luna,

con otra figura que recuerda a mí.

En el umbral espera La mujer. Tengo la impresión de que irradia un halo que siluetea su figura. Sonríe y me conduce por un pasillo donde las pinturas crean la sensación de que los siglos confluyen allí. Una luz cálida, muy tenue, emitida por una pequeña lámpara art nouveau, empastela la habitación. Libros muy antiguos se apretujan en los anaqueles o se esparcen sobre una mesa cubierta con un mantel de hilo muy fino. Un gato salta de un mueble a otro, como en cámara lenta. Una madre muy joven con un niño de brazos se mece en un sillón, y se me figura una madona de Da Vinci. Me acomodo en un sofá, desenfundo la guitarra y me brindan un buen vino en copa de madera, como en el año cero.     

La mujer, cual Juana de Arco, sabe escuchar voces de otros mundos —o del nuestro—, que la podredumbre ha dejado morir. Sentada en una vieja butaca se recubre con su manto y mira por las canciones hacia adentro. Evoca a los fantasmas según venga el caso; ellos se presentan con toda naturalidad y hasta conversan o declaman, cual viejos amigos.


Amada, en esta noche tú te has crucificado

sobre los dos maderos curvados de mi beso;

y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,

y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,

la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.


Cesar Vallejo nos saluda y nos cuenta, ya en confianza, de esos golpes tan fuertes en la vida: esos que nos envían los heraldos negros. La mujer, como Juana, parece haber vivido aquellas guerras primigenias del amor y nos emite su aviso:

Todo lo que nace

corre el riesgo

de ser colgado al revés.

Me pide que no abandone la herejía apasionada, aunque eso cueste mucho al espíritu; que aprenda a escuchar las voces de esos amigos, quienes andan penando a nuestro alrededor en espera de que saquemos a bailar sus creaciones, junto a las de estos amigos que aún respiran entre nosotros: única manera de salvar un tiempo que se descabala.


Ahora solo me queda          

buscarme de amante

la respiración,

no mirar a los mapas,

seguir en mí mismo,

no andar ciertas calles,

olvidar que fue mío

una vez cierto libro

o hacer la canción

y decirte que todo está igual:

la ciudad, los amigos y el mar,

esperando por ti.

 

Ese alguien —ahora creo que era yo— ha tocado una canción de Silvio que La mujer pareciera haber vivido y suspira intercambiando una mirada cómplice con El pintor, quien asiente con un leve y cadencioso movimiento de cabeza y prosigue su tarea de escribano —¿versos?, ¿apuntes?, ¿o bocetos...?

 

Un mundo de contrahechos

se esparce en la cartulina,

bordado con punta fina

como los pelos del pecho.

País en que los desechos

son amados todavía

es la comarca sombría

donde la luz se perdona,

porque allí van las personas

del sueño a la poesía.

 

Silvio descarga todo un disco en mi guitarra y tal perece que la historia universal ha venido girando para sentarse a los pies de ese instante, todo tiene que ver con nosotros, todo va a dar a aquel diminuto rincón de la galaxia.  

“Concédenos un gran amor por nuestra patria”, rogó Juana de Arco desde algún escondrijo, y se desata entonces una fraternal fiesta. La madona con niño sonríe cándidamente y le da el pecho a su pequeño. La mujer, o acaso una canción antigua, llama a quien aparece, como acercándosenos desde el cuarto contiguo, con un injustificable paraguas negro. Tan fresco, jocoso y acicalado “como siempre” —comenta ella. Es Wichy Nogueras. Y nuestra Juana le piropea con una ganga:

 

Rebaja de plumas

De cisne doméstico  

Para evocar

Al cisne salvaje.

 

Él improvisa un par de burlones epitafios sobre escritores, al mejor estilo de los disparos que con el gordo Guillermo Rodríguez Rivera lanzaran desde aquellos días de El Caimán Barbudo. Mira entonces de arriba abajo a La mujer y responde piropeando donjuanescamente:     

 

No intentes posar tus manos sobre su inocente cuello

(hasta la más suave caricia le parecería

    el brutal manejo del verdugo).

No intentes susurrarle tu amor y tus penas

(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).

No remuevas el agua de la laguna no respires

Para ser tuyo tendría que morir. 

 

Confórmate con su salvaje lejanía

con su ajena belleza

(si vuelve la cabeza escóndete entre la hierba).

No rompas el hechizo de esta tarde de verano.

Trágate tu amor imposible.

Ámalo libre.

Ama el modo en que ignora que tú existes.

Ama al cisne salvaje.

 

Siempre que me refugio en la guitarra, aparece congelada esa escena de La mujer, la Madona con niño y El pintor. Revolotean, entran y salen los fantasmas, y en el cenit del canto vibran cinco estrellas adonde acaso se refugian los sueños: es la constelación de Casiopea, en la que buscamos, con Silvio Rodríguez, un contacto curador.  

Cumplí celosamente nuestro plan:

por un millón de años esperar.

 

Hoy llevo el doble dando coordenadas

Pero nadie contesta mi llamada.

 

¿Qué puede haber pasado a mi señal?

¿Será que me he quedado sin hogar?

 

Ya no sé si estarás ahí, captando los acordes que emito, pero ojalá conserves este cuadro dibujado por un trovador y puedas servirte de él antes que se pierda para siempre… El Diablo Ilustrado.

 

Me voy debilitando lentamente

quizás ya no sea yo cuando me encuentren.

 

 

 

Silviada  

Anoche me escapé de esta existencia

llegué a un estado-luz en lo remoto,

tan lejos que la muerte no alcanzaba

fue una fuga vital de un tiempo roto

un salto hacia el vitral de la inocencia.

 

Anoche fui el Chicuelo protegido,

el aura del eterno vagabundo

anidó con tu asombro en mi cabeza

y Los heraldos negros se molían en las cuerdas,

no cabía oscuridad:

Vallejo musitaba en tu pureza.

 

El pintor —de escribano—

catalogaba estrellas de los ecos

como un Cristo sentado

irradiando la fe de los secretos.

La Madona con niño

revoloteaba al parto de ocurrencias

como lloviendo santos,

o protegiendo el halo,

o palpitando ausencias.

 

Anoche Roque me llevó hasta la aspirina

desgajó las tabernas con tus rezos,

se hizo ya el todavía

no cabía la espera

los sueños castañeaban en tus gestos.

 

Anoche retornamos a Teté

en tu manto de aliento colonial,

cual pacto celestial

silviamos el después

y lanzamos también nuestra señal.

 

Nota: Esta narración forma parte del libro, en preparación, Los amores de El Diablo Ilustrado.