Juan Jacobo. Una biografía para no olvidar

Confieso que quedé sumamente impresionado cuando leí la novela de Alberto Acosta-Pérez (1955/2012) que acaba de publicar la Editorial Oriente y ahora presentamos en esta edición 25 de la Feria Internacional del Libro de La Habana del 2016. Impresionado de verdad —no porque dudara de las potencialidades de Alberto (poeta esencial) en la narrativa, ya lo conocía yo en esa faceta a través del formidable relato suyo que incluí en mi selección Entre los poros y las estrellas, sin duda uno de los mejores de dicho conjunto— sino porque había descubierto que estaba ante una historia nacida de las esencias del alma del autor y realizada con un estilo también esencial.

Me deslumbró advertir cómo Alberto había conseguido escribir una obra que, inserta en un ámbito semántico bastante visto en la ficción de los 90 hasta la actualidad, resultaba, sin embargo, distinta, superior en el buen sentido de la palabra, en su condición estética y humana. En cuestiones del arte, las afirmaciones categóricas son siempre riesgosas; pero me atrevería a afirmar que en el escenario de la novela cubana contemporánea, la manera en que están desarrollados los conflictos básicos de esta propuesta es casi única.

Tanto la desigual batalla de Juan Jacobo frente al desacuerdo de la inmensa mayoría por su identidad homoerótica, como la de Abel para que las personas supieran apreciar los valores humanos e intelectuales del joven, o la dura realidad de sus propios dilemas, alcanzan una credibilidad pocas veces lograda en nuestro medio. Sus escenas e imágenes tienen una transcendencia efectiva especial. Los lectores nos llegamos a sentir irritados ante la incomprensión y dogmatismo, cuando no cinismo, de quienes ocultando bajo máscaras sus temores e inconsistencias ideológicas, o el malsano empleo del poder, conducen al ser humano a situaciones límites.

De la misma forma son inolvidables las imágenes que dan cuerpo a los sinsabores afectivos de Abel, separado de sus padres desde niño pues estos se habían marchado para los Estados Unidos. Siempre habíamos leído los  efectos de los de “afuera” pero no de los de adentro, de los que aquí quedaron. Alberto nos entrega esta dimensión inigualablemente en su relato a partir del mundo interior y las palabras de Abel ante su madre. O los de la que emigró y, al retornar, sabe que se ha abierto una brecha insalvable entre ella y su hijo. La escena de su llanto ahogado cuando se baña bajo la ducha en casa de Abel nos aprieta irremisiblemente el alma. No hay libro de historia que pueda enseñar esto. Eso solo lo consigue la literatura, la buena literatura. O, mejor, la gran literatura como la novela que Alberto, desde el más allá, nos envía para no olvidar.