Juan Carlos Calahorra: Si la Muestra Joven no fuera un espacio de libertad, no la hiciƩramos

“Hay que intervenir ese supermercado, el lugar puede ser una metáfora del país”, dice Juan Carlos Calahorra en el quinto piso del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), donde está anclada la oficina de la Muestra Joven. Mira por las persianas hacia la esquina de 23 y 10. Decenas de habaneros se agolpan a las puertas del Variedades, buscando huevos o mayonesa o galletas o detergente líquido, o mirando.

A él se le ocurre, por ejemplo, que podrían difundir por altoparlantes las bandas sonoras de los audiovisuales que concursarán en el año 2018, como si la Muestra fuera una novela radial.


Fotos: Del autor


“Y quizás señales lumínicas, o estampadas en el piso, le dirán a las personas que “el resto” de la obra está en frente, en el cine Chaplin”, le sugiero y nos reímos.

Este tipo de cosas rondan la cabeza de Calahorra cuando da vueltas en el reducido espacio donde se encierra —durante seis días al año— desde las 8:00 a.m. hasta que algo más de 12 horas después sale para la empresa poligráfica la edición del Bisiesto. Dirige el diario del evento quien tiene a su nombre un premio Coral del Festival de La Habana por su documental El evangelio según Ramiro (2012). El novel director también integra la junta directiva del comité de selección de lo que concursará o se exhibirá.   

Dice que su equipo de trabajo es consagrado —“casi martirizado”—, pero no se plantea abandonar el proyecto, a pesar de que sean muy pocos para mover la máquina, no sepan con qué presupuesto contarán hasta poco antes de empezar, y se traguen miles de ejemplares del Bisiesto porque no pueden distribuirlo 300 metros más allá de su redacción.

Todo por “visibilizar una zona del audiovisual cubano menos beneficiada por las políticas de distribución y editoriales del país”.

¿Cuál es el propósito de la Muestra Joven Icaic?

Unir a creadores dispersos, convocarlos y convertirse en lugar para reflexionar sobre el cine cubano actual. Hay un sentido de pertenencia de muchos jóvenes con el evento, incluso cuando ya no están dentro del país. De alguna manera la Muestra ha intentado dotarles de una conciencia generacional −aunque no exactamente como movimiento creativo− porque el cine depende de la colaboración. Aquí pueden conocerse y formar alianzas de trabajo.

¿En estos 16 años, cuánto ha crecido o hasta dónde se ha extendido?

La Muestra ha pasado por diversos períodos. No sé si se ha expandido como debiera. Los realizadores sí se han dispersado por todo el mundo. Muchos regresan con sus creaciones, año tras año. Algunos de los críticos que las analizan también han emigrado y vuelven a la Muestra para escribir sobre ella.

Falta presencia de la obras de realizadores jóvenes en otras partes del país, lo que seleccionamos o se premia aquí no llega a provincias. Antes hacíamos una gira nacional en alianza con la Asociación Hermanos Saíz y llevábamos realizadores y audiovisuales por Cuba, pero ya no sucede. Intentamos que en la televisión —donde contamos con aliados como Antonio E. González y el programa Lente Joven— transmitan las obras de los nuevos realizadores, pero no siempre dan cabida a discursos o formas estéticas diferentes a las establecidas. Otra manera de expandirnos sería que el evento saliera del pedacito de la calle 23 donde estamos, ir a otros cines, pero es muy difícil porque nuestro equipo es reducido.


El Bisiesto circula durante la Muestra Joven Icaic


¿Puedes ofrecernos una idea general sobre lo que se produce en Cuba, según tu experiencia en el comité de selección?

Históricamente la no ficción tuvo mucha fuerza ente los creadores jóvenes, pero se percibe año tras año que decrece la cantidad de propuestas, si bien la calidad se consolida. Desde discursos muy diferentes, hay realizadores a la vanguardia de lo que se hace en el país, entre ellos Marcel Beltrán, Alejandro Alonso, Damián Saínz y Ariagna Fajardo.

Otras películas construyen con su discurso criterios de concebir la sociedad, alternativos a los heteronormativos y patriarcales.

Sin embargo, sentimos ausentes realidades que están pesando ahora en la nación. Por qué, si el registro documental era lo que tenían a mano los nuevos realizadores, a veces sin un conocimiento profundo de las herramientas, pero movidos por su responsabilidad cívica e intelectual a denunciar, testimoniar.

Por otro lado, en esta edición hubo continuidad de líneas temáticas: la revisión de la historia individual y colectiva, sus costados más incómodos, silenciados. Otras películas construyen con su discurso criterios de concebir la sociedad, alternativos a los heteronormativos y patriarcales.

La producción de ficción, antes deficitaria, ha aumentado. Desde el punto de vista temático hay diversidad de propuestas. Cuando hoy vemos la dramaturgia, el diseño de personajes, la adscripción a códigos del cine de género que estaban ausentes aquí, observamos que se consolidan las estéticas y poéticas personales de muchos jóvenes formados en la Muestra, donde está el germen de voces autorales que no son las del cine cubano “legitimado”, conocido, suficientemente estudiado.

En la animación percibimos una crisis compleja y profunda. Tiene que ver con cierto agotamiento de los realizadores que trabajan para la industria y están precisados a cumplir sus demandas. Otros han excedido la edad máxima de 35 años que se permite tener si quieres concursar. También hay núcleos creativos que se han desmembrado. Además, no hay estudios superiores de animación, ni siquiera en la Facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA).

¿Cómo se proponen ayudar a cambiar este panorama?

La Muestra también es un proyecto pedagógico. Permite leer rápidamente lo que sucede y buscar soluciones. Un programa académico de FAMCA no puede variar, pero la Muestra sí, y buscamos mitigar problemas a través de una formación alternativa que complemente a la academia. Además de los seis días al año en que presentamos películas en los cines, hemos ofrecido talleres. Los promovemos para suplir carencias detectadas por el comité de selección. Por ejemplo, esta vez realizamos uno de stop motion para contrarrestar la caída de la producción y calidad de los animados. Antes del evento hicimos un taller de dirección de actores y tenemos otro —Primer Corte— de posproducción. Es que debemos atender también los procesos de las películas; no financiarlos, porque estamos fuera de ese mecanismo, pero sí apoyar a quienes las hacen para que lleguen a nosotros con más calidad. Eso implica un compromiso con la obra total, no solo con el resultado. Este no es el espacio donde se te condena o premia según cumplas o no nuestras expectativas.


No se plantea abandonar el proyecto, a pesar de que sean muy pocos para mover la máquina.


Escuché críticas a la selección de la 16 Muestra Joven. ¿Ese interés por incluir un panorama amplio de lo producido en Cuba no afecta la calidad de lo que proyectan a los públicos?

Intentamos curar una plataforma donde poéticas y figuras emergentes encuentren un espacio de reflexión. No proyectamos obras maestras. No siempre las hay. Son filmes en construcción, de cineastas en formación.

Este año hicimos un cambio que tal vez pueda ser una solución a lo que me dices: la sección Bonus. Allí ubicamos obras que no fueron seleccionadas para el concurso. Temimos que esos realizadores se sintieran disminuidos o desmotivados, pero ha sido lo contrario. Se sienten también incluidos porque, salvo la de ser premiados por el jurado, han tenido el resto de las posibilidades.

No somos un festival, sino una muestra. Nuestra opción no puede ser crear una élite de realizadores talentosos, ni tampoco que todo lo que se produzca esté aquí. Entonces reservamos un núcleo duro de obras que creímos con la calidad suficiente para concursar. Personalmente, creo que en la Muestra muchas veces no estaban claros los criterios para incluir una obra u otra. Este año hemos tratado de ser más transparentes y crear una zona para visibilizar obras en proceso, imperfectas, pero que tengan el mismo espacio para dialogar con las más acabadas.

No somos un festival, sino una muestra. Nuestra opción no puede ser crear una élite de realizadores talentosos, ni tampoco que todo lo que se produzca esté aquí.

Están auspiciados por el Icaic. ¿Cómo es la relación con la entidad?

Históricamente ha sido tensa. Hemos obtenido cosas y hemos perdido. Es natural que así sea, no hay que escandalizarse. Estamos conscientes de la pertenencia al Icaic y no tememos a esto. Es una institución que tiene políticas editoriales y nosotros estamos dentro de ella. No hay manera de pactar en determinados terrenos, pero también tratamos de correr la cerca.

Son las reglas del juego…

Hay unas reglas del juego y la Muestra es el lugar de mediación entre lo legitimado y lo emergente. A veces nos sentimos que somos de la institución y a la vez nos vemos fuera. Obviamente, estamos bajo la tutela de quienes nos auspician; es posible la confrontación de criterios y conceptos, pero este es un espacio de libertad. Cuando en la anterior edición incluimos un panel sobre cine de la diáspora, o en la 16 imaginamos su identidad visual, los homenajes a Bernabé Hernández y la mesa de cine amateur, no tuvimos a la entidad cuestionándonos.

No digo que falten las fricciones con el Icaic y los mecanismos de la cultura que lo exceden, pero si no tuviéramos la sensación de que trabajamos en libertad, no haríamos la Muestra Joven.

¿La presidencia del Icaic es receptiva con ustedes?

Muchas veces sí, y en esta ocasión el presidente, Roberto Smith, se ha involucrado más en el evento, no como “el ojo que te ve”, sino ayudando. Hemos percibido la intención de colaborar. Repito: si la Muestra Joven no fuera un espacio donde nos sentimos libres de disentir, crear, fortalecer un sentido de comunidad más allá de las diferencias, no estaríamos aquí.

Aun así, creo beneficioso que existan y se desarrollen otros espacios para el audiovisual, aunque no estén adscritos al Icaic o el ICRT. La muestra es autónoma hasta donde es posible dentro de una institución, pero hay otros eventos que pudieran alcanzar otro grado de independencia.


“El Bisiesto nos ha dado la posibilidad de hacer visible un pensamiento”.


¿Te refieres a no entender la Muestra Joven Icaic como el único lugar al que debe ir el cine joven?

Claro, no es el único espacio. El “cine joven” podría generar (y genera) otras plataformas y eventos. En un país como el nuestro —donde ni siquiera el estado puede financiar toda la producción, distribución y exhibición— es muy difícil hacer proyectos. Pero desde criterios alternativos se pueden lograr y es beneficioso que suceda. Hay otros eventos en el país que pueden repensarse y potenciarse más, entre ellos Hieroscopia y el Almacén de la imagen, ambos de la provincia Camagüey.

Para concluir, quiero que comentes una última cuestión. Diriges el Bisiesto y eso te permite estar al tanto de quienes escriben sobre audiovisuales en el país. Se dice que a diferencia de muchos fundadores del Icaic, quienes filmaban y teorizaban sobre el cine que construían, entre los realizadores que emergen no hay una vocación por definir o analizar este momento ¿Qué crees?

Los noveles creadores generan pensamiento y ponen en palabras lo que imaginan, dudan, proyectan. A veces parece que ese pensamiento no existe, porque no está reunido.

Ningún cineasta hace un manifiesto que pueda ser firmado por todos y dar lugar a un camino visible, pero en el Bisiesto de esta 16 edición leímos a Fabián Suárez, Pedro Luis Rodríguez, Marcel Beltrán, Raydel Araoz, Carlos Melián…

Allí hay una generación trazando líneas, pensando y expresando cómo organizar lo disperso, el caos en que vivimos. No tienen la visibilidad de estar en la revista Cine Cubano porque a veces pareciera que no es este el “cine cubano”. Lo etiquetan como “cine joven” por razones metodológicas, y aunque eso ayudó a luchar contra la invisibilidad, ya es una construcción débil.

Los noveles creadores generan pensamiento y ponen en palabras lo que imaginan, dudan, proyectan. A veces parece que ese pensamiento no existe, porque no está reunido. El Bisiesto nos ha dado la posibilidad de hacerlo visible.

Por otro lado, revisemos lo que escriben en este diario de seis jornadas al año, no solo los realizadores, sino también otros intelectuales. Juntémoslos y veremos un diseño de cinematografía, y país, que debería ser atendido.