José Antonio Rodríguez, el recuerdo de su voz

Las nuevas generaciones que no tuvieron la suerte de verlo en escena, podrán recuperar un poco de su imagen a través de las películas y los dramatizados que protagonizó o en los que dejó ver su rostro, acompañado de su voz inconfundible. La muerte de José Antonio Rodríguez, Premio Nacional de Teatro 2003, nos lleva ahora de vuelta a esas escenas, a esos episodios, y a los momentos en los cuales lo vimos sobre las tablas.

Nacido en La Habana en 1935, provenía de una familia sin antecedentes artísticos. Su padre era médico, pero tocaba el violín. Lo llevó a los estudios de RHC Cadena Azul, y el mundo de la radio, junto a las películas que veía en los cines de su barrio, acabó seduciéndolo. “Lo único que me hace falta es un escenario, y claro, un público”, me dijo en la única entrevista que me atreví a hacerle, en el ya lejano 2004, cuando él se alistaba a protagonizar ¿Quién le teme a Virginia Woolf? Había interpretado ese personaje, George, a fines de los 60, junto a Verónica Lynn, bajo las órdenes de Rolando Ferrer en el Grupo La Rueda. Ella y él, dos nombres cimeros de la actuación en Cuba, volvían a ese drama intenso tras haber compartido el máximo premio de nuestras tablas.

Tuvo participación en los repertorios de Teatro Universitario, pero todo se anuda cuando se integra al Conjunto Dramático Nacional, en 1961. Ahí estará al mando de importantes directores y asumirá roles de envergadura. La fierecilla domada, La tragedia del rey Christophe, La Madre, Romeo y Julieta y De película, lo ponen a prueba constantemente. Debuta en el cine con Cuba 58, en 1962. La televisión, la radio, también lo reclaman. “Solo me faltó el circo”, me dijo. Y la respuesta del público se resolvía en aplausos y reconocimientos. Encarnó, para la gran pantalla, roles notables en Una pelea cubana contra los demonios, de Titón; en Polvo rojo, de Jesús Díaz; Cecilia, de Solás, y se dio el gusto de mostrar su talento en personajes de La primera carga al machete, María Antonia y Pon tu pensamiento en mí, de Manuel Octavio Gómez, Sergio Giral y Arturo Sotto. Era el actor que conmovió a los espectadores de Las impuras, dirigida para la televisión por Roberto Garriga, quien también le dejó crear un Melquiades memorable para Doña Bárbara, junto a Raquel Revuelta. Hablaba del sacerdote que asumió en La gran rebelión, destacándolo como uno de sus roles preferidos.

Mientras lo acompañó la salud, trabajó y regresó siempre a los escenarios. Fue parte de la experiencia de Los Doce, que tuvo su líder en Vicente Revuelta, estrenando el Peer Gynt experimental que hoy se recuerda como un espectáculo mítico. Luego se incorpora a Teatro Estudio, donde trabaja en grandes títulos como El conde Alarcos, Contigo pan y cebolla, Macbeth, y El precio. Fue uno de los actores galardonados por sus distintos roles en el primer Festival de Teatro de La Habana. Tenía la madurez y las ganas para asumir un desafío mayor, y se convirtió en el director del Teatro Buscón. Junto a Aramís Delgado, Mario Balmaseda, Micheline Calvert, Mónica Guffanti y otros, ofreció nuevas visiones de clásicos en Buscón busca un Otelo y Cómicos para Hamlet, y sedujo a los espectadores con Los asombrosos Benedetti. Durante años representó su unipersonal Recuerdos de un escaparate. Al preguntarle sobre el dominio de la técnica, me contestó con una anécdota que lo enlaza a un destacado nombre de nuestra memoria teatral: “Una vez le preguntaron delante de mí a Andrés Castro: ¿qué es la técnica? Y él respondió: técnica es la capacidad que tiene un actor de estar expresando una gran emoción, y cuando sale de escena quitarse eso como quien se quita un sombrero, un abrigo. Arte”.

Nos deja esas y otras lecciones. Nos deja su voz y su profesionalismo también en numerosos documentales acerca de imprescindibles momentos de nuestra vida cultural y política. En el máximo momento de su trayectoria, él fue, para muchos, el mejor de nuestros actores. No hizo de eso un acto de arrogancia. Se concentró en actuar y en seguir creando nuevos personajes, al tiempo que agradecía premios y reconocimientos, como la Medalla Alejo Carpentier y la Distinción por la Cultura Nacional. La noticia de su fallecimiento ha provocado ya que muchos artistas y gente que lo admiró, le regalen palabras de agradecimiento, por todo lo que nos legó. Quede eso como una muestra de cuanto hizo, de todo lo que José Antonio Rodríguez, a través de tantos rostros y máscaras, nos dijo con esa voz irrepetible.