Jon Favreau y Karel Zeman conjugan diferente Imaginación y Animación

Es cierto que el checo Karel Zeman fue un genio de los efectos especiales y del stop motion, y que el norteamericano Jon Favreau ha puesto la animación digital en función de negociazos redondos como la franquicia de Iron Man (2008), Iron Man 2 (2010) y Iron Man 3 (2013). Pero la coincidencia en las carteleras cubanas de El libro de la selva, de Favreau, y de un ciclo de la Cinemateca consagrado a honrar a Zeman, nos permite constatar cuánto ha involucionado en la pantalla el concepto de fantasía.

En la sala 3 del multicine Infanta se proyectará desde el jueves 3 de noviembre hasta el domingo 6, un ciclo de cuatro filmes realizados por Karel Zeman, tres de los cuales están inspirados en obras escritas por Julio Verne, como para corroborar la vocación por los mundos fantásticos. Esta disposición a lo onírico permitió a los críticos llamar a Zeman “el Meliés checo” e influyó grandemente sobre cineastas posteriores como Terry Gilliam, Peter Jackson y Tim Burton, por solo mencionar a tres maestros contemporáneos del cine fantástico.

Antes de llegar al cine, Zeman trabajó en la publicidad, la decoración y el diseño. A principios de los años 40 comenzó a trabajar en los estudios de animación. Su primera obra, El sueño de Navidad (1943), combinaba muñecos y actores reales, sobreimpresiones y collages, en alternancias que se convertirían en su marca de estilo y que, evidentemente, estimulaban mucho más la imaginación del espectador que la perfección realista conquistada por el cine fantástico gracias al desarrollo de las imágenes generadas en computadora.

En 1948 Zeman dirigió Inspiración, en el cual se atrevió a animar figuras de vidrio, y en 1950 rodó su primer largometraje, Rey Lávra (Král Lávra), seguido, en 1952, por El tesoro de la isla de los pájaros. Después, el cineasta produjo sus largometrajes más reconocidos, en los que combinaba actores reales, maquetas, efectos especiales y animación, inspirado en la puesta en escena de Viaje a la Luna, dirigida por Georges Méliès en 1902 y devenida referencia estética principal a la hora de trasladar en imágenes el universo de Julio Verne. Zeman también estaba influenciado por la fuerte tradición marionetista del cine y la televisión de Checoslovaquia.

El primero de estos largos fue Viaje a la prehistoria (1955), incluido en el ciclo del cine Infanta. El filme está inspirado en la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra y en las pinturas de Zdeněk Burian, muy conocido por sus trabajos de reconstrucción gráfica paleontológica, y sus miles de pinturas y dibujos que intentaron reconstruir animales, plantas y hasta paisajes prehistóricos. Viaje a la prehistoria le propone al espectador el mismo placer que animó a Spielberg en su Parque Jurásico 40 años después: colocar a los dinosaurios antediluvianos en alternancia con los protagonistas, aunque Zeman se valía más bien del artilugio narrativo que ofrecen los viajes en el tiempo.

En 1958, Zeman estrenó una de sus obras más conocidas, Una invención diabólica, basada en la novela de Verne Ante la bandera, ilustrada por Léon Benett, un dibujante amigo de Verne que en varias ocasiones creaba bajo la supervisión del escritor. Zeman nunca pretendió lograr el hiperrealismo alardoso de las películas contemporáneas. El director recurría a un imaginativo sistema de maquetas, telones pintados y trucos ópticos de diverso tipo, para contar esta historia sobre un millonario que inventa un artefacto destructor, que maneja desde un submarino pirata y con el cual chantajea a las autoridades de varias naciones. Zeman evidencia las alusiones al chantaje atómico de la Guerra Fría, a través de una trama delirante y surrealista, como le toca al cine fantástico que asume y cultiva la irrealidad, aunque discurse sobre temas tangibles.

Por tercera vez, Zeman se inspira en Verne y concibe, en 1967, El dirigible robado, a partir de la novela Dos años de vacaciones. Nuevamente combina actores, objetos animados, trucos escenográficos y efectos ópticos variados, concebidos con la idea de estimular la imaginación y el intelecto de un espectador holgazán, que ya se resiste a imaginar algo y solo quiere que le muestren como real lo que es absolutamente increíble e inverosímil, dentro de una representación capaz de fascinar a niños y adultos, por su ingenio y estilo lúdico y artesanal, ingenuo e imaginativo. Si en Una invención diabólica jugaba con el portento visual del submarino, ahora Zeman se dejaba inspirar no solo por la visualidad del globo aerostático, sino por elementos como la telegrafía, el teléfono, las motocicletas y diversas máquinas acordes a la inventiva del realizador.

Su concepto particular de lo fantástico, diferente al que impera en el siglo XXI, lo llevó a realizar también El barón fantástico (1961), basado en la novela de Göttfried Bürger Las aventuras del barón de Munchhausen, de la cual Terry Gilliam hizo una ostentosa y desmelenada versión en 1989. Zeman utilizó decorados pintados ante los cuales deambulaban actores reales, en aquella trama sobre el héroe que emprende un viaje a través de la Tierra, acompañado por un selenita, con el fin de demostrar que no existe diferencia alguna entre los habitantes de la Tierra y de la Luna.

Nuevamente, la sombra de Meliés y de Viaje a la Luna se asimila en El barón fantástico, dentro de una imaginería personal que juega con la ilusión de ver un grabado antiguo cobrando vida. De este modo, Zeman creó un mundo nuevo, que en vez de simplemente ilustrar la narración literaria, cruzaba la frontera que separa el mundo real de los actores, con ese otro universo fantástico, poblado de marionetas, dibujos animados y trucos escenográficos diversos.

Poco antes del ciclo dedicado a Zeman, pasó por las carteleras cubanas y por televisión, El libro de la selva, dirigido por Jon Favreau, con un solo actor real, Neel Sethi (Mowgli), en medio de la jungla, y acompañado por una fauna generada en computadora. Carísimo proyecto de la Disney, que contó con las voces de Bill Murray (el oso Baloo), Ben Kingsley (la pantera Bagheera) e Idris Elba (tigre Shere Khan), entre otros, el filme intenta vincular los referentes musicales (memorable Tin Tan en el doblaje mexicano) del dibujo animado de 1967, con ciertos temas más adultos, tomados del original literario de Rudyard Kipling, como la relación del hombre con la naturaleza y la llegada a una adultez responsable.

Favreau se encuentra entre el Top 40 de las celebridades del cine norteamericano con mayores ingresos, y con El libro de la selva se suma a la moda del “live-action film”, cuajado de efectos especiales y criaturas generadas en computadora, para versionar un clásico, en la misma línea de las recientes Alicia en el país de las maravillas, Oz: El poderoso y Maléfica. El encanto del animado de 1967 consistía en su absoluto desdén por el realismo, como toca en cualquier filme fantástico, y con su alarde de tigres y osos que parecen de verdad, Favreau le sustrae el “encanto Disney” a la historia, y lo sustituye por peripecia, suspenso y sublimación de la jactancia tecnológica en la línea de: “¿ven cómo ya se puede hacer de todo con el live-action?”, principalmente cuando se dispone de un presupuesto de 175 millones de dólares.

No obstante, El libro de la selva es disfrutable y entretenida. A pesar de su homenaje fallido a un animado que sin pudores se asumía retozón y dulzón —con aquel oso holgazán que rompía a cantar súbitamente—, el espectador termina deslumbrado, por supuesto, con el alarde visual, y el empeño de sorprender a toda costa con el hiperrealismo conquistado por los efectos generados en computadora, un despliegue aplicado a reemplazar la ingenua fábula original de armonía con la naturaleza por otra, mucho más contemporánea, respecto a que tarde o temprano todos debemos abandonar el confort de la infancia y buscar nuestro sitio en el mundo adulto.

Favreau ya está en conversaciones para filmar El libro de la selva 2, y la Disney anuncia una versión live-action de Peter Pan, ante las cuales se repetirá la alucinación de la mayor parte del público con lo bien hechas que están todas estas repeticiones innecesarias, sin inspiración, que se apegan imitativamente a los clásicos sin aportar absolutamente nada nuevo.

En lo personal, me da lo mismo que cada uno de los pelos de Baloo tenga movimiento propio, que todos los animales que aparecen hayan sido creados a partir del movimiento de sus modelos reales, y que para dibujar en computadora la selva gloriosa se usaran como referencia unas mil fotografías. Yo sigo prefiriendo la simpatía rústica, ingenua, del animado de 1967, o la flagrante elusión del realismo que se transparenta en las películas de Karel Zeman.