John y Yoko: una balada incómoda para oídos convencionales

El 8 de diciembre de 1980 me encontraba en mi puesto de la redacción cultural de Prensa Latina cuando empezaron a llegar los cables: habían asesinado a John Lennon en la puerta del edificio Dakota, su residencia en Nueva York, a unos metros del Central Park. El asesino se nombraba Mark David Chapman.

Por entonces Los Beatles estaban mal vistos en Cuba. Pero toda mi generación los conocía. O más bien conocía su música y unos pocos detalles de la trayectoria de aquellos cuatro muchachos de Liverpool que decidieron separarse en 1970 debido —ahora se sabe— a problemas con los negocios y diferencias musicales, especialmente entre los dos fundamentales compositores de la banda: Lennon y McCartney.

Sin embargo, la mayoría de los medios de comunicación achacaban el fin de Los Beatles a la japonesa Yoko Ono, una artista muy poco convencional con la que John había contraído matrimonio en 1969 y que no se conformaba con ser una sombra de su archifamoso marido sino que intervenía con sus criterios de vanguardia en el quehacer del cuarteto y se imponía con su talento incómodo sobre el rechazo que su presencia en los estudios de grabación provocaba.

Fue con la aparición de Yoko que Lennon se convirtió para mí en el más interesante de los ídolos de mi adolescencia. Los otros tres empezaron a resultarme machistas incoherentes incapaces de valorar los aportes de una mujer al pensamiento irreverente pero un tanto anárquico del más rebelde de todos: el que se había atrevido a declarar que Los Beatles eran más populares que Jesucristo.

La muerte de Lennon, en el momento en que acababa de grabar un nuevo disco, después de cinco años dedicado al cuidado de su hijo Sean, parecía entonces el fin de todo. Un loco o un conspirador —todavía no consigo desprenderme de la idea de que alguien lo mandó a matar— le negaba ese “starting over” en el que se mostraba un hombre feliz, aquel que había dicho en una ocasión: “no iba a sacrificar el amor verdadero por ningún amigo o negocio porque al final quedas solo de noche y ninguno de los dos quería estarlo. No se puede llenar una cama con groupies, no funciona. Nada funciona mejor que tener a alguien que te ama abrazándote”.

Aquella unión de 13 años había significado para el exbeatle la asunción de una conciencia cívica que encauzó su temperamento desafiante hacia un pacifismo activo, una conciencia del papel de las mujeres en la sociedad y una actitud avanzada con respecto al medio ambiente.

Pero Yoko Ono no era sencillamente alguien que amaba —y creo que aún ama— a John Lennon. Aquella unión de 13 años había significado para el exbeatle la asunción de una conciencia cívica que encauzó su temperamento desafiante hacia un pacifismo activo, una conciencia del papel de las mujeres en la sociedad y una actitud avanzada con respecto al medio ambiente, causas todas en las que tanto Ono como él resultaron dos adelantados.

Por todo ello mientras llegaban cables y más cables —tantos como jamás había visto en mi mesa de trabajo— me decidí a escribir un artículo que titulé “USA es una pistola caliente” y que quizá nadie publicaría pero que era mi manera de rendir homenaje a una figura injustamente marginada por la política cultural de aquel entonces, funcionarios mediocres que no supieron ver el alcance y los puntos de contacto de la contracultura internacional con la causa que defendían los cubanos.

Tuve la suerte de encontrar en Paquita de Armas (entonces directora de El Caimán Barbudo) un oído receptivo. Creo que ella sí sabía lo que significaban John Lennon y Yoko Ono en una revolución que no solo se gestó en el orden político sino también en la moral de una época que iba a trastocar las rígidas normativas en libertades mayores para el amor y la solidaridad humanas.

Yoko le llevaba siete años a Lennon. Cuando se conocieron ambos estaban casados pero lo dejaron todo para convertirse en esa pareja icónica donde los roles de género quedaron anulados y dieron paso a un modelo de relación que todavía no se ha impuesto en el mundo pero que ellos llevaron hasta las últimas consecuencias demostrándonos, además, que otro tipo de matrimonio es posible.

Ella no era una groupie ni una improvisada. Estudió en una escuela de niños con talento especial para la música. Se licenció en Filosofía y cuando conoció a John Lennon era una artista conceptual exitosa.

Cuando su familia, acaudalada, se mudó a Nueva York huyendo de la II Guerra Mundial, Yoko terminó allí sus estudios de composición y poesía contemporánea. Por eso, aunque su obra no alcance la trascendencia que sí tiene y tendrá la de Lennon, no hay que subestimar lo que aportó a su esposo cuando ambos decidieron formar la Plastic Ono Band.

Fue junto a Yoko que él compuso esas piezas magistrales que son “Give Peace a Chance”, “Power to the People” e “Imagine”, que después de su muerte se convirtió en un himno para todos los utópicos del mundo.

Parece mentira que hayan transcurrido 35 años del asesinato de uno de los hombres que, desde la música y la civilidad, cambió los destinos del planeta.

Muchas de las declaraciones de Lennon y también la mayoría de las letras de sus canciones mantienen absoluta vigencia en un universo donde las guerras, la discriminación de la mujer y el cambio climático amenazan con destruir física y moralmente a la especie.

Parece mentira que hayan transcurrido 35 años del asesinato de uno de los hombres que, desde la música y la civilidad, cambió los destinos del planeta.

Es por ello que recordar a Lennon es más que un gesto simbólico: una obligación. La estatua de José Villa Soberón que se levanta frente al Submarino Amarillo anuncia la importancia que le concedemos hoy todos o la inmensa mayoría de los cubanos.

La noticia de su muerte nunca apareció en la prensa de la Isla. Por eso, sin falsa modestia y sin pensar tampoco que realicé una hazaña extraordinaria, me vanaglorio y vuelvo a agradecer a Paquita de Armas, de haber publicado el primer artículo sobre Lennon aparecido en Cuba, en 1980. Lo considero el homenaje de toda mi generación a ese soñador que no fue ni es el único. Afortunadamente.

Ojalá los jóvenes sepan apreciar su legado en un mundo donde las nuevas tecnologías amenazan con acabar con la sensibilidad y el humanismo de nuestra civilización agonizante.

Para mí, la incómoda balada de John y Yoko, que todavía molesta a rezagados oídos convencionales, resonará eternamente. Como el sueño que hubiera querido materializar y que no pude. Como aquella portada de Two Virgins en el que la pareja aparece desnuda como dice La Biblia que lo estuvieron Adán y Eva en su hipotético paraíso celestial.