Jim Henson y los cambios infinitos

Las cosas no desaparecen, simplemente cambian, y cambian,
y cambian de nuevo.
Jim Henson

En 1992, tras la primera edición del Festival Internacional de Títeres Jim Henson, en New York, la actriz titiritera cubana Xiomara Palacios, me mostró admirada un recorte de periódico enviado a ella por su hermano desde EE.UU. El ejemplar de papel comentaba entusiasta la fiesta inicial, sus pormenores actuales y futuros. El Festival fue un proyecto ideado por la Fundación Henson, empresa instituida en 1982 por el propio creador para auspiciar proyectos y acciones culturales a favor del desarrollo del teatro de figuras en Norteamérica. 

¿Cómo podría imaginar que ocho años después, yo mismo iba a participar con Teatro de Las Estaciones de tan prestigioso evento, justamente en la última celebración realizada en 2000?

Visitar el edificio de la Jim Henson Foundation fue una experiencia inolvidable. Toda la vida de quien al nacer en septiembre de 1936,  en Greenville, Mississippi, se llamara James Maury, para luego ser sencillamente Jim,  pasó frente a mis ojos. En imágenes, títeres, libros, videos y otros soportes pude admirar el transcurrir vital del genio que dio un vuelco al muñeco de la televisión en 1954, al crear una figura de alta expresividad y sugerencia, dotada de humor y ternura, con posibilidades ilimitadas frente a la cámara, valiéndose de las técnicas tradicionales de animación como el guante y las varillas, ligados a la tecnología y los recursos propios del medio televisivo. Mas el maestro no se conformó solo con la celebridad lograda en la pequeña pantalla, también experimentó con el cine, tanto en filmes de laboratorio como en aventuras y cuentos fantásticos donde muchas veces sus conocidos Muppets fueron los protagonistas, además de incursionar con éxito en el teatro musical.

Zenén Calero y yo dejamos a nuestro Pelusín del Monte en las arcas de la casa que alojaba la Fundación. Una construcción antigua, decorada como si del mundo acuático de la rana Kermit (conocida como la rana Gustavo en España y la rana René en Latinoamérica) se tratase. Fue un adiós esperanzado, con la idea fija de que alguna vez regresaríamos a ese sitio de sueños. Cercana al edifico verde quedaba la Jim Henson Creature Shop, o la factoría, sitio de elaboración de muppets para diferentes programas que en el mundo perpetúan el legado mágico del inagotable creador.

El día del regreso llegó, fue en septiembre de este año, durante la segunda gira de Teatro de Las Estaciones por EE.UU.

¿Cómo volver a Nueva York y no intentar la posibilidad de contactar con las amables personas de la institución que preside su hija Sheryl? Nuestro amigo Manuel Morán, director general y artístico del Teatro SEA, única sala de títeres estable para la infancia y la juventud en el bajo Manhattan, tendió el puente. Días después fuimos notificados de que seríamos recibidos en la nueva sede, ahora ubicada en Queens.

La mole blanca de cristales apareció ante nosotros. Unidas ahora la Factoría y la Fundación en un mismo piso, se abrieron las puertas, permitiéndonos una segunda oportunidad de acceder a un mundo diferente, único. Réplicas de los Fraggle Rock nos recibieron en el salón de bienvenida, para luego, de la mano de la manager de la casa, nombrada curiosamente “Z”, conocer todas la áreas de trabajo. La de la costura, los tintes y pinturas, los mecanismos de animación, elementos adicionados como, ojos, narices y bigotes, más un sinfín de entresijos que en la anterior visita no conocí tan detalladamente.

Alcanzamos a ver varios Miss Piggy, Bert y Ernie, Oscar el  gruñón, así como los Big Bird amarillos. Todos cuidadosamente repetidos en su estructura anatómica y estética, dotados del encanto de su inventor y de su equipo estrella, pues muchas personas pertenecían al team artístico de Henson.

La sorpresa mayor vendría a la hora de visitar la oficina que aloja a la Fundación. Junto a otros títeres del mundo y personajes de Henson amados por su familia, se mantenía intacto el guajirito de Tres Ceibas. El títere cubanísimo, donado por Las Estaciones en 2000, seguía allí, sonriente, 15 años después, esperando nuestro regreso para saludarnos en perfecto español, aderezado por la gracia criolla del habla de los del verde caimán asentado en  el Mar Caribe.

Sheryl, la segunda hija del maestro, dejó para que me fuera entregado personalmente al no poder ella asistir,  un hermoso libro que cuenta la historia verdosa de la rana Kermit desde su nacimiento. “Z” regaló a cada  miembro del grupo una delicada pluma amarilla de las que adornan la gigante anatomía de Big Bird. Nadie quería abandonar el edificio Henson. Todo allí era acción, proyectos de cine, teatro y televisión, nuevos festivales y concursos, becas, ayudas para que el arte del títere no muera, pues como bien expresara el maestro norteamericano nada desaparece, simplemente cambia de manera infinita.