Jill Furmanovsky: la historia del rock en imágenes
Fotos: Tomadas de Internet
 

A Jill Furmanovsky nadie le puede “hacer un cuento”—como decimos los cubanos— sobre el devenir del rock. Si es el británico, pues menos. Ella ha vivido el sueño de casi todo amante del género: conocer a los músicos, ser su amiga, acompañarlos en las giras, y de paso —o como parte de todo, sabrá quién— tomar fotografías. La gloria misma, con banda sonora de rock, y para más y mejor, con salario incluido.

Ella ha conocido “al humano detrás del genio”, como le gusta insistir; y con su lente capturó instantes únicos de músicos, tomados durante una larga carrera de más de 40 años; poetizó las zonas más comunes de cualquier guitarrista, bajista, cantante…

Jill, en ese sentido, ha sido una especie de confabulación-resultado de una concomitancia artístico-histórica: artística, por poseer esa sensibilidad visual propia de quienes narran en píxeles; la segunda, por haber coincidido geográfica y temporalmente con una época dorada del rock británico, mundial.


 Jill Furmanovsky
 

Cuenta, entonces, que su primera foto fue precisamente a Paul McCartney, la típica imagen de fans con su ídolo musical. La cámara de la época una Kodak de rollo: “Desde ese momento comprendí que no quería formar parte del encuadre, sino estar detrás del lente”.

Eran tiempos difíciles. “La fotografía no era un arte, sino un servicio”, rememora, mientras hace un recuento de sus años como estudiante de diseño.

Y hay destinos insoslayables. Como parte de los estudios cursó dos semanas una materia complementaria sobre Fotografía. Suficientes resultaron los diez días. Con 18 años empezó la aventura, haciéndose pasar por profesional cuando no lo era y un carnet de prensa del teatro Rainbow.

Las grandes hazañas, empiezan con grandes riesgos.

Su amor por la música la condujo a la pasión de su vida profesional. Así lo reconoce: “Era una gran fanática del rock y gracias a eso inicié mi carrera como fotógrafa”.

Furmanovsky formó entonces parte de ese movimiento de artistas del lente, todas mujeres, que captaron la agitación reinante de los 70-80; ahí estaban Stephanie Chernikowski, Laura Levine, Marcia Resnick, Kate Simon, Lynn Goldsmith, Julia Gorton… Y por supuesto, Jill.

Fue fotógrafa oficial; igual, batalló mucho por ciertas imágenes de ciertos músicos. No fue camino fácil tampoco.

Cada pieza es una cápsula de tiempo, una microescena de la gran historia del rock internacional.

De ahí cuenta sobre aquella imagen de Stevie Wonder hablando por teléfono: “hacía unas imitaciones de voces tremendas, y en ese momento bromeaba con Paul McCartney hablándole con acento”; o esa otra instantánea que se ve un Michael Jackson imberbe, apenas un niño; o la interesante toma del perfil de Charlie Watts que le trajera tantas alegrías profesionales.

“El humano detrás del genio”, nunca deja de insistir. Lo común de lo divino, lo divino de lo común. Casi lo mismo. No igual.

Entonces desfilan por su encuadre Eric Clapton, Bob Dylan, Led Zeppelin, Blondie, The Police, The Clash, Sex Pistols, The Pretenders, Oasis, The Rolling Stones…

También está Silvio Rodríguez, quizá uno de los pocos latinos presentes en el archivo de la Furmanovsky. Parece que por mérito propio. “Tuve el placer de fotografiar a Silvio, para mí es como Bob Dylan, dos de los grandes músicos del mundo”.

Porque Jill no discrimina, no excluye ni se auto-limita en proposiciones estéticas.

Apuesta por todo. Desde las imágenes más clásicas, hasta aquella que experimenta cómo mostrar visualmente el sonido de Pink Floyd. Desde las panorámicas de conciertos multitudinarios, hasta la figura fondo del bajista de Ramones. Desde un Mick Jagger incansable en el escenario hasta un Bob Marley de casa o una Amy Winehouse, placenteramente risueña, feliz, como pocas veces.


Amy Winehouse
 

Alegría, tristeza, cansancio, energía, poder mastodóntico. Todo eso siente y hace sentir la obra de la reconocida artista británica.

No conoce de límites. Van y vienen los claro-oscuros, los grises, las sombras. Colores. Vuelven las tonalidades sobrias. Y más color. Impredecible, no de otra forma, es la obra de Furmanovsky que no por clásica y experimentada deja de coquetear con las esencias de la edición y concepción digital.

Pero lo que más le gusta a Jill es interactuar con un público conocedor, que mencione a los músicos y grupos, la historia, mientras ella muestra sus imágenes. Y eso encontró en La Habana.

Ha venido varias veces, incluso expuso “La Revolución del Rock and Roll” en la Fototeca de Cuba por el 2002.

Pero esta vez la audiencia llenó la Fototeca y en la Plaza Vieja, decenas de admiradores de su obra y seguidores de la música británica se dieron cita para un diálogo con la reconocida fotógrafa.

Allí contó todas esas anécdotas y más. Incluso se atrevió a asegurar que el concierto de Los Rolling Stones en Cuba “será legendario”.

La fundadora y directora de Rockarchive (RA) mostró además una enjundiosa compilación de 60 imágenes tomadas a la iconográfica banda, por diferentes creadores desde 1963-2016, incluidas instantáneas de la presentación en México de la semana pasada.

Y es que en Jill alterna la pasión de la artista y la vocación de promoción cultural que realiza con el Rockarchive.

Porque una exposición-explicación de Furmanosvky resulta más didáctica que la mayor clase de Historia de la Música. Porque Furmanosvky en sí misma es y ha hecho leyenda.

Ya lo decíamos, Jill ha sido una especie de confabulación-resultado de una concomitancia artístico-histórica. Dicho de otra manera: nació con el don exacto en el momento exacto. Pocos pueden vivir ese lujo.