Insurgencias y emergencias afroamericanas

Fragmentos de las intervenciones del panel “Insurgencias y emergencias afroamericanas: pensar la cultura, pensar la política en el siglo XXI”, desarrollado en el marco de la 58 edición del Premio Literario Casa de las Américas.

 

João José Reis (Brasil)

Desde el final de la dictadura, en la mitad de la década del 80, numerosos escritores probaron la existencia de un racismo estructural, que se manifestaba en el mercado del trabajo, en las escuelas, los sistemas de salud y la representación política. Los negros seguían, y aún siguen siendo, la mayoría de las víctimas de la policía, de la violencia urbana, y la mayor parte de los encarcelados.

El exterminio de la juventud negra tiene la dirección de una verdadera guerra: 30 mil víctimas cada año. Además, la violencia simbólica se expresa en la presencia estereotipada del negro y su cultura en los medios de comunicación, los libros, las campañas turísticas, gubernamentales o comerciales.
 


Fotos: Archivo Fotográfico Casa de las Américas

 


Se verificó desde el final de la década del ochenta cuando, en ocasión del centenario de la abolición, el presidente José Sarney reconoció el odio. El racismo existíaen Brasil. Pero sus medidas fueron casi simbólicas al crear la fundación Palmares, que lleva el nombre de la famosa comunidad cimarrona del siglo XVII, titulada al Ministerio de Cultura.

La nueva Constitución que se proclamó en 1988 reconocía el derecho a las tierras ocupadas por campesinos negros descendientes de los cimarrones. En el gobierno de Fernando Henrique Cardoso también se aprobaron unas tímidas medidas (…).

La población negra tuvo que esperar la elección de Lula a finales de 2001, seguida del gobierno de Dilma Rousseff, para la introducción de políticas más consistentes, aunque no suficientes, de combate al racismo. Destaco algunas de ellas:

1- La Ley de Cuotas de 2012 para que los estudiantes negros y pobres ingresaran en las universidades públicas, algo que muchas instituciones estatales y federales ya habían empezado hace más de diez años. Esa medida fue precedida de un ambicioso programa de expansión del sistema universitario del gobierno federal y un programa de becas para estudiantes de universidades privadas.

2- La introducción de la historia y la cultura afrobrasileña en las escuelas, lo que todavía no se ha cumplido enteramente.

3- Se modificó la Ley de Tierras Cimarronas para incluir cualquier comunidad rural negra con historia de ocupación antigua, abandonándose la necesidad de confirmar, con documentos sacados de los archivos, la existencia de un palenque específico antes de la abolición.

4- La creación de la Secretaría Especial para la Promoción de la Igualdad Racial.

5- La nominación del cantante Gilberto Gil para el Ministerio de Cultura. Gil, después de Yuca Ferreira, fue la mente estratégica del Ministerio. Sin olvidar la cultura convencional, extendió las políticas culturales a las periferias regionales y suburbanas, apoyando grupos teatrales, de danza, musicales, de baile —desde el hip hop hasta orquestas juveniles—, radios y bibliotecas comunitarias. Todo, principalmente, a través de los llamados puntos de cultura, asociaciones de baile, sindicatos, etcétera.

(…)

Las políticas democratizaban enormemente el acceso de las capas populares, mayoritariamente negras, a la educación y a diferentes manifestaciones culturales alrededor de Brasil.

Todas esas conquistas están siendo muy hábilmente eliminadas o amenazadas por el gobierno que se instauró en Brasil con el golpe parlamentario que sacudió a Dilma Rousseff de la presidencia. Su vicepresidente y conspirador Michele Temer empezó a crear su famoso ministerio sin mujeres o negros, y se acercó a personajes siniestros y corruptos, sacerdotes de una política neoliberal-radical que impone sacrificios a la mayoría del pueblo por medio de un ajuste fiscal draconiano que ya pasó en el Congreso, y ahí vienen las reformas presidenciales típicas de aquella doctrina neoliberalista.
 


Obviamente, el pueblo pagará la factura, en particular, debido a la asombrosa disminución de las inversiones en salud y educación en el curso de las próximas décadas. Todo eso implica un mayor sufrimiento, sobre todo de la población negra, que constituye la capa más pobre y desamparada. Además, dos medidas se destacaron en la falta de compromiso de ese gobierno con el combate en Brasil. Primero, la extinción de la Secretaría de la Igualdad Racial, ahora un mero departamento del Ministerio de Justicia y Ciudadanía (también la Secretaría de las Mujeres fue eliminada).

(…)

Esas últimas medidas, en particular, hacen mucho daño a la formación de la juventud, sea negra, blanca o de cualquier color. Nada mejor para expresarlos que el testimonio de un niño negro, de nueve años, estudiante de una escuela pública, que escribió:

“Yo siento falta de muchas cosas (…) pero la principal cosa de la que siento falta es la cultura africana en mi educación formal. A veces pienso en la historia de mis antepasados e imagino que se está perdiendo en las escuelas. En teoría existen contenidos católicos y evangélicos, pero es casi imposible encontrar historias que presenten contenidos de origen africano. A veces me siento solo, parece que de los 29 alumnos de mi clase solo hay uno que piensa así, pues tengo colegas que no se preocupan por esos asuntos. Yo tengo un colega que piensa que la cultura africana es basura. No le culpo. Procuro entender que a él le falta una influencia en su casa como la que tengo de mi madre, que me incentiva a leer libros como Los dioses de dos mundos. Me pregunto por qué tenemos que estudiar la historia de los grandes monarcas europeos si los profesores no nos enseñan la historia de los grandes imperios africanos correctamente. Y por qué estudiamos los dioses griegos si todo empezó en la madre África. La historia de Medusa es interesante, pero me gusta más la historia de Changó y Oyá”.

 

Gloria Rolando (Cuba)

Aprendí que era muy importante darle voz a todos los que no la tenían; que había un camino muy largo que recorrer en el mundo de la imagen, para romper un estereotipo; y que tenía las herramientas de la imagen y el sonido para poderlo expresar.

No soy la única cineasta que ha trabajado el tema de Haití; es el más abordado en la cinematografía cubana, desde Tomás Gutiérrez Alea con Convite, Rigoberto López, Santiago Villafuerte…

Haití es una fascinación. A través de la literatura y de cursos que pasé aquí en Casa de las Américas, llegué a esos personajes que pasaron por Cuba y regresaron a Haití. Y cuando tuve la posibilidad de que el Icaic me patrocinara un proyecto, dije que quería hacer algo sobre eso. Así fue como hice Reembarque, filmado entre Cuba y Haití, una página de nuestra historia, una página del Caribe.

Estábamos en el sur de Haití, sin permiso de filmación todavía; pero había que filmar. La productora dijo: “Vamos a hablar con ese señor mayor sentado ahí, a lo mejor sabe algo”. Y a través del traductor, porque no hablo creole, le preguntamos: “¿Usted conoció de esos haitianos que fueron a Cuba? Y respondió: “Yo nací en Santiago de Cuba”.

Inmediatamente movilizamos a todo el mundo porque aquel señor había sido reembarcado en el año 1937. Nuestro equipo había revisado muchos periódicos de esa fecha… Qué injusticia con aquella gente que tanto había trabajado, regado el suelo cubano con su sudor cortando caña, que tanto dinero le había dado a esta país; y que de pronto por una Ley, y por ser pobres, negros, inmigrantes, por no tener un pasaporte, tenían que irse de aquí. Fue totalmente un despojo, una arbitrariedad. Y este hombre mayor creció escuchando de su familia que el día que lo bautizaron, sus padres, con la misma ropa que tenía, lo reembarcaron hacia Haití.

Esa fue una experiencia inolvidable para mí, me demostró cuánto compartimos con el Caribe. Qué fascinante encontrarse esos personajes de la literatura en la realidad. Ese es el valor que para mí tiene el cine documental, específicamente darle voz a estas personas que a veces son una cifra, una mención, un personaje, pero que cuando los encontramos de carne y hueso, uno vibra. Ese es el mayor premio que puede tener un cineasta: poderse enfrentar a las realidades de nuestros pueblos y, sobre todo, a la de los pueblos invisibilizados.