Ingresos

Uno pasa rápido por el muro del Calixto García o por el pórtico de cualquier otro hospital de la ciudad. Pero vas apurado, en pos de la novia, el sustento o la noticia. Entonces la relación con las salas y las batas blancas no se da. Andas desconectado de ansiedades, síntomas o la necesaria paciencia ante la adversidad. El hospital desde afuera es un mundo lejano, ajeno, casi invisible. Algo similar me decía un amigo sobre el ron y otras bebidas espirituosas. “Cuando vas al mercado para comprar detergente o caramelos, esas botellas que se acumulan en un estante, todavía no son el trago. Esos recipientes podrían ser lo mismo de perfume o de leche. La idea tentadora arranca cuando uno de esos litros desciende el anaquel y comienza la euforia, la algarabía, el homenaje”. Lo mismo ocurre con el malestar o la curación. De una pared hacia allá es tu propio riñón el que duele, el amigo intransferible, el que acaba de ingresar.

Nos quejamos a veces ―y alguna que otra vez hasta con razón― de la mala cara de una enfermera o hasta de la prisa de un médico. Pero qué manera de ser centro de tensiones ajenas, de vivir entre la perenne ansiedad. En mi obra teatral Penumbra en el noveno cuarto deslizo una idea sobre las rutinas comunes a diversos empleos. Pero si un actor anda con desgano, lo más que puede suceder es que la función se estanque y parezca más larga, que alguien se marche antes del final o los aplausos resulten, con justicia, menos efusivos. “La gente de la salud”, como se diría en la época de mi adolescencia, deben ser amables todo el tiempo, escuchar siempre, moverse a millón. Ya se sabe aquella frase en virtud de la cual “los abogados encierran sus errores, los médicos los entierran y los periodistas los publican”. Pero hay más sensibilidad ante el dolor y eso no hay forma de ocultarlo fácilmente.

Crónica aparte merecerían las amistades de hospital. En pocos sitios se estrechan tan rápido y hondo los lazos afectivos. Una de las parejas más equilibradas y sabrosas que conozco se conoció así: en un piso alto, mientras batallaban por las vidas de sus respectivas madres. De aquel combate, Amarilis y Gualbe salieron derrotados; pero el amor retoñó y dos hijos jabaos ―variante del mestizaje cubano al que se atribuye especial perspicacia―, una historia ya casi larga de trabajo y ternura, dan fe de que la coquetería entre inyecciones y desvelos era semilla de las buenas.

He estado ingresado pocas veces y le pido a los dioses o las certezas laicas que esa tendencia se mantenga ahora que me adentro en la resbaladiza cuarentena. Recuerdo una larga conversación en el Hospital Ameijeiras, con una enfermera de bastante edad y más experiencia. Allí evocamos su relación cordial con otra gente de la esfera artística que alguna vez buscó poner en su sitio, en este caso no la tibia o el fémur, sino la calma, la paz o la cordura. Me agradó que ella nos admirara como consumidora de cultura y ser humano, aunque la relación no haya sido de lectora y espectadora, sino la de esa mano dulce que alcanza la píldora o convoca al silencio en el momento exacto.

Publicado en el número 188 de La Jiribilla.