Incomprensibilidad y esperanza

Me han dicho frecuentemente que mis espectáculos no son muy comprensibles. Pienso entonces en una reflexión de Niels Bohr: lo contrario de verdad no es mentira, sino claridad. La verdad es que a mí en general me gusta la claridad. En los libros aprecio la complejidad, pero si son demasiado oscuros se insinúa el aburrimiento.

En el teatro es diferente. Me sucede a veces que miro un espectáculo comprensible y pienso en un panorama petrificado: una inmensa extensión de hielo.

No hay esperanza cuando se está convencido de que no hay nada que hacer. La desesperación, antes de ser un estado de ánimo, es la aceptación más o menos dolorosa del status quo, la admisión de las fuerzas presentes, de todo lo que es evidente, juicioso y a lo cual, al final de cuentas, nos sometemos. La desesperación es la inacción que deriva del entender no solo bien, sino demasiado bien, lo que nos circunda, lo que está detrás de los advenimientos y lo que se delinea delante, en el futuro.


La vida crónica. Foto: Tomada del sitio web del grupo


Me digo: un vínculo misterioso une la esperanza con la incomprensión. Tal vez no es un misterio, la esperanza es solo un modo de conservar la posibilidad de ilusionarse. Me parece que hay algo más: una indescifrable fuerza oscura que me ayuda a ver en detalle lo que quiero rechazar, sin refugiarme en la condena genérica ni en la resignación. Y sin ilusionarme de haber encontrado la llave que vuelve claro lo que sin embargo experimento como complejidad que confunde.

Me gustaría que mis espectáculos fueran como corrientes marinas, no panoramas inmóviles.

Acabo de terminar otro espectáculo. Lo miro, me parece diferente a los otros. Me angustia una pregunta: ¿no será inmóvil?

En mi mente aparece la imagen de Fridtjof Nansen, científico, director del Despacho Internacional para los Refugiados de las Naciones, Premio Nobel de la Paz. Murió en 1930, a los 70 años de edad. Fue explorador del Polo, el más creativo de los exploradores noruegos. Las naves que se abrían paso hacia el Polo Norte durante los largos meses de hielo permanecían allí, atrapadas. No se podía hacer nada. La única esperanza era lograr no sucumbir y esperar el cambio de estación. Porque el tiempo no es inmóvil y la noche más larga, como cantará Brecht, no es eterna. Nansen no se conformó con esperar. Soñó con ojos bien abiertos ir en contra de la desesperación. Soñó un contrasentido: la navegación de una nave atrapada por los hielos invencibles. Su nave se llamaba Fram (adelante), un nombre que podía transformarse en escarnio. Nansen estudió los hielos; las condiciones de la resistencia psíquica y física de los hombres librados a la morsa homicida de las estaciones heladas; calculó las corrientes. Porque también el mar congelado se mueve y cambia. Se dejó atrapar por el hielo y aprovechó su lenta, desesperante y larga deriva. Transformó su navegación en una navegación paradójica, aparentemente estática, listo a retomar la iniciativa al primer cambio de estación. Nansen es el gran maestro de la esperanza profunda.


Foto: Tomada del sitio web del grupo 


Una nave atrapada por las placas de hielo: hago teatro para transformarla en un minúsculo y precario islote de resistencia para mí y para mis compañeros, actores y espectadores. Sobre este islote unido a la geografía circundante a través de miles de caminos de mar, entretejo espectáculos que no solo parecen, sino que son oscuros. Intento sacar a la luz las fuerzas oscuras que habitan en mí, en mi biografía, en la historia en la cual estoy inmerso, en mi conquistada diferencia, en las diferencias que otros han sabido conquistar. Quiero recompensar a los espectadores por la fatiga de haber venido al teatro haciéndolos explorar una nave encastrada en el hielo, que parece inmóvil y, sin embargo, se desplaza siguiendo corrientes submarinas, tan profundas cuya existencia parece imposible.

Sobrepasando el enjambre efímero de las mil esperanzas cotidianas, se halla la esperanza profunda, más allá de la frontera del Gran Hielo y más allá de los miedos que esta nos despierta. Tal vez para mantener viva la esperanza profunda no hay otra forma que mirar su contracara, fijando el rostro oscuro de su negación. Tener viva la esperanza —negar la desesperación— es una empresa difícil, y en ciertos momentos históricos esto aparece con mayor claridad. La acción de esperar es tan ardua como la de resistir. Significa reaccionar en primera persona, muchas veces con actos incomprensibles según los criterios del oficio y las expectativas de los otros.

No tenemos que dejarnos engañar por los títulos. La vida crónica no es un espectáculo desesperado. La esperanza anida en él como el “sí” anida en el “no”. Sin esperanza no se vive. Esto quiere decir que la esperanza puede ser una virtud o una condena. Puede nutrir ilusiones mediocres, creencias perniciosas y feroces. Puede inspirar “verdades” que los diferentes líderes de las doctrinas proclaman eternas y que los filósofos llaman “ídolos de la tribu” o “mentiras vitales”.


Foto: Tomada del sitio web del grupo 


Me descubro pensando que uno de los totalitarismos más refinados de nuestro tiempo es la obligación de claridad, el desprecio por el estado del no-comprendo, la desvalorización general y compartida de la experiencia de la incomprensión y de sus efectos secretos que impulsan a elecciones decisivas en nuestra vida. El culto de la claridad, que sirve para iluminar las mentes, hoy contribuye a enceguecerlas.

Cada vez que encendemos la televisión, que abrimos un diario o que escuchamos a un político o a un experto, el mundo nos es presentado como algo que ha sido comprendido y que puede ser explicado. Cada información nos brinda hechos interpretados coherentemente, comentados, listos para ser clasificados. O bien, expone la espera impaciente de las soluciones de los enigmas de la política y de la crónica. Alguna explicación habrá. Si tarda en venir, el hecho terminará lentamente entre los desperdicios de las noticias no explicadas y en consecuencia destinadas al olvido. Quien habla o escribe teme, sobre todo, no ser claro. La necesidad de ser comprendidos nos empuja a ocultar lo que nosotros mismos experimentamos y que no logramos comprender plenamente. Incluso en el comportamiento lingüístico se descartan las expresiones que no pueden ser traducidas claramente de una a otra lengua. El don de la claridad pierde vigor cuando entierra el don de la ambigüedad y de la experiencia del no aferrarlo todo.

Si me pregunto: “¿qué es el teatro?”, puedo encontrar muchas respuestas brillantes. Pero ninguna me parece concretamente útil como para accionar en el mundo que me circunda ni para intentar cambiar al menos una pequeña parte. Pero si me pregunto en qué recinto paradójico del espacio y del tiempo se pueden hacer florecer las fuerzas oscuras que gobiernan la Historia y la interioridad del individuo, y cómo volverlas perceptibles en su corporalidad sin producir violencia, destrucción y autodestrucción, la respuesta es evidente: en el recinto llamado teatro.

La vida crónica
La vida crónica. Foto: Tomada del sitio web del grupo


Hasta ahora hice espectáculos que se referían a los sucesos y experiencias del pasado o del presente. Por primera vez, La vida crónica es imaginada en un futuro próximo, simulado, simultáneo. La escena transcurre en Dinamarca y Europa: en distintos países al mismo tiempo. La historia es la de los primeros meses luego de una guerra civil. No tiene una ambientación creíble (aunque no es tan increíble como para llegar a ser consoladora). No es un todo comprensible.

Muchas voces, día y noche, pretenden explicarnos de muchas maneras los diferentes porqués de la historia que asedia nuestras vidas y amenaza con arrastrarla al caos. Las respuestas inteligibles hacen enmudecer las preguntas que nos conciernen profundamente, aguan la urgencia, se vuelven píldoras tranquilizantes. Lo sabemos, pero no podemos evitarlas. La ficción de la comprensibilidad nos da seguridad.

No creo que mi tarea en el teatro consista en dar una interpretación atendible de los sucesos que otros han narrado. Ni siquiera creo que consista en mostrar las vías de salida de esa morsa en la que nos sentimos atrapados. Tampoco sería capaz si quisiera hacerlo. Creo en el compromiso con otra tarea: dar forma y credibilidad a lo incomprensible y a los impulsos que son un misterio también para mí, transformándolos en una madeja de acciones-en-vida para ofrecerlas a la contemplación, al fastidio, a la repugnancia y a la misericordia de los espectadores. Este es el empeño que me enlaza aún al oficio teatral. Quisiera que esta madeja de acciones-en-vida infectase la zona donde, en cada uno de nosotros, la incredulidad se entreteje con la ingenuidad.

Se cree que un espectáculo teatral tiene sobre todo la tarea de comunicar. Es verdad hasta un cierto punto. Para mí su tarea primaria consiste en crear relaciones y condiciones de vida potencial. ¿Para quién? ¿Para el espectador, para el actor?

Entre las muchas repercusiones que amo del teatro, está el momento en el cual emerge una pregunta extravagante: ¿qué se esconde en lo que parece totalmente claro? ¿La claridad es una forma de ceguera, manipulación, censura?

¿Otra vez un espectáculo incomprensible? Quisiera que La vida crónica abriese un resquicio en el magma oscuro e incandescente del individuo y de su laborioso y vital zigzag para liberarse de un abrazo helado: ese implacable e indiferente abrazo de la Gran Madre de los Abortos y de los Naufragios, Nuestra Señora la Historia.

Tomado de La vida crónica. Odin Teatret-Nordisk Teaterlaboratorium, Holstebro,  2011.