Imágenes con Sergio Vitier

Mientras los tambores iyá, itótele y okónkolo, guiados por el maestro Manolo Micler, acompañaban el pasado lunes 2 de mayo el cortejo de la despedida, no podía asociar la muerte a ese creador tan vital y lúcido que fue Sergio Vitier.

Miré un poco atrás y lo escuché explicándome la mezcla de pasión e intelecto que puso al acceder a la petición del dramaturgo Abraham Rodríguez para apoyar las escenas de la telenovela El eco de las piedras (1998).

Foto: Tomada de Internet

 

“Lo más difícil —confesó— fue lograr que las músicas para los personajes de dos mundos diferentes no parecieran escritas por autores diferentes y tuvieran que ver con el lenguaje de Abraham y la puesta en pantalla de Paco Anca. ¿Cómo? Oficio y olfato, mulato, no hay otra manera de hacerlo”.

Ese fue uno de los varios trabajos que Sergio aportó a la Televisión Cubana. Obviamente las palmas en el recuerdo se las lleva la faena compartida con su hermano José María para En silencio ha tenido que ser (1979), pero tanto en El eco... como en las bandas sonoras integradas a los filmes La tierra y el cielo (1976), de Manuel Octavio Gómez, y Maluala (1977) y Plácido (1986), de Sergio Giral, el compositor desarrolló una de las constantes enraizadas en su obra: la articulación de los sonidos que nutrieron el núcleo fundamental de la identidad sonora cubana, es decir, las músicas africanas y las europeas.

En tal sentido, ese camino audiovisual de Sergio tuvo un primer gran escalón junto a su amiga Sara Gómez en De cierta manera (1974). Al respecto, Leonardo Acosta, quien compartió con el compositor y guitarrista el Premio Nacional de la Música en 2014, dijo en uno de los ensayos recogidos en su libro Del tambor al sintetizador: “Uno de los largometrajes cubanos mejor logrados desde el punto de vista de  la integración de la música a los demás componentes de una película es De cierta manera, de Sara Gómez. Y es significativo que sea este un caso excepcional en el que el compositor, Sergio Vitier, participó en los trabajos del colectivo creador desde el principio, estuvo presente durante el período de filmación y discutió con la realizadora hasta los mínimos detalles.  Se trataba, además, de una temática nueva en la cinematografía cubana, que requería un tratamiento distinto de la música y de la banda sonora en general.  Vitier utilizó distintos formatos orquestales, temas, ritmos y estructuras de nuestra música popular y desechó los estilos tradicionales y los formatos sinfónicos. Los efectos deseados para escenas que expresaban dramatismo, nostalgia o violencia —contenida o desatada— se lograron mediante un inteligente desplazamiento de secuencias rítmicas, un cambio de balance entre distintos timbres, una especie de “desfasaje” que en muchas ocasiones alteraba la tradicional “lectura” de una modalidad popular cubana, posibilitando que la música se abriera a nuevas connotaciones”.

La culminación de esa línea se halla en la banda sonora de Roble de olor (2003) A ello me referí en una nota publicada en esta misma revista (La Jiribilla no. 136) Entonces expresé una idea confirmada al escuchar por estos días nuevamente el álbum que recoge las partituras de Sergio para la cinta de Rigoberto López: “La construcción de una catedral sonora que da cabida al planteamiento de un desarrollo conceptual coherente con la aspiración dramatúrgica del filme, y a la vez, a una incidencia interpretativa puntual de acuerdo con las características epocales. (…) Por la utopía musical de plantearse la posibilidad de que negros esclavos, en el espacio también utópico del cafetal Angerona, puedan interpretar a los clásicos y combinar el discurso de estos con los tambores africanos, es que viven y mueren protagonistas y antagonistas”.