Ideología de clase B tras el disfraz de Halloween

No es de extrañar que la publicación Diario de Cuba se solace en ataques furibundos a todo lo que les huela a oficialismo en Cuba, es decir, a todo aquello que no sea un brulote directo a la Revolución cubana. Su filiación político-ideológica, de militante plattismo, ha hallado la necesaria contribución económica de la USAID y sus mecanismos de injerencia. El esquema es sencillo y no se aparta en nada de los métodos de guerra fría: solo tienes derecho a opinión, y a calidad de opinión, si abjuras y perjuras a pulmón batiente de todo lo hecho por el proceso revolucionario cubano.

No sería de extrañar, por ello mismo, su preocupación por el Dossier dedicado a las manifestaciones de Halloween que se han observado en ciertas prácticas urbanas de nuestro país. Sin embargo, la fijación en el hecho llama la atención: primero una reseña anónima que convierte en anónimos a los tres autores que en La Jiribilla firmamos. Luego dos de esos brulotes que intentan, estilos y recursos de guerra mediante, convertir el problema en un asunto generacional de provincianos. Así, tanto Antonio Rodríguez Salvador, Ricardo Riverón y Jorge Ángel Hernández, quedamos debidamente parametrados por el espectro ideológico de sus airados columnistas.
 

Disfraces de Halloween en Cuba. Foto: Cortesía de El Mejunje, Santa Clara
 

El punto de vista de los tres artículos publicados en el Dossier de La Jiribilla es esencialmente cultural y se entronca en conceptos de folclor más o menos coincidentes. No obstante, los heraldos de Diario de Cuba ven en ello solo un ejercicio político de sumisión (con otra sarta de ofensas ideologizadas que ya hubieran querido tener a mano los censores de Stalin) y un alarido de decadencia cultural. ¿Es tan fuerte el trasfondo ideológico de las manifestaciones de Halloween en Cuba que activa con ese donaire el encono natural de sus ideólogos?

Con solo un buen fajo de lecturas, y sin necesidad de doctorados, puede saberse que las prácticas folclóricas se nutren de manifestaciones espontáneas que dejan de trasfondo sutil sus objetivos ideológicos y sus jerarquías culturales. Es una visión que podemos hallar, digamos, en Richard Taylor, quien no sé si a estos personajes les parecerá un agente del régimen. Las manifestaciones de inversión social carnavalesca —sea cual sea la festividad que las arrastra— son siempre efímeras a la hora de invertir las diferencias clasistas y no se comprometen, jamás, con ejercicios de cambios revolucionarios, aunque, por ejemplo, tanto en 1894 como en 1953, hayan servido en Cuba de pretexto para alzamientos armados y revolucionarios.

No es difícil advertir que las perspectivas de juicio cultural se han polarizado: desde el Dossier de La Jiribilla llamando a un folclor más raigal nacionalista, desde Diario de Cuba abogando por la entrega ideológica a las prácticas con que la industria cultural segrega el sentir y el gusto popular.

Pero todos los ofendidos agresores obvian lo obvio: las parametraciones, errores y desvíos que surgieron, y persistieron, en los diferentes momentos de la historia cubana posterior a 1959 son manifestación y consecuencia de un estadio superior de nuestra cultura, impensable en condiciones de capitalismo dependiente. Incluso todos y cada uno de esos agresores debían reconocerse como becarios directos de estas proyecciones culturales revolucionarias. Posteriormente, y bajo alharacas diversas que buscan limpiar sus expedientes, han decidido asumir el discurso ideológico de confrontación enemiga como asidero de visibilización propagandística. Pero todos, sin excepción, se beneficiaron de la política de Estado socialista y no existirían si ella no hubiese sido puesta en práctica. Es una paradoja que la ciencia-ficción, también de clase B, explica con sencilla naturalidad.

Hay una paradoja esencial entre la crítica al error y a las desviaciones aberrantes dentro del propio entramado socialista, y la negación absolutista que esgrime ese plattismo. Intenta a toda costa camuflar su entreguismo cultural bajo nociones de cosmopolitismo y contaminación espontánea de prácticas globales.

Así, lo que me pareció en principio un objetivo de relevancia efímera, focalizado en folclor de tono kitsch, se muestra en estas reacciones como sustentado por la subliminalidad política que el ejercicio de posguerra fría asume contra Cuba. ¿Será preciso atender a este punto y desentrañar el porqué del prejuicio reactivo? ¿Hay algo más, o menos, de objetivo político direccionado —y parametrado, por cierto— en la ayuda a promover un Halloween de clase B? El acoso al que estamos siendo sometidos tres autores cubanos que hemos expresado nuestros puntos de vista acentúa la sospecha de que es cierto.