Honda martiana por Cienfuegos

Un amigo poeta colombiano, al notar el nombre de la ciudad donde nací, creyó que honraba la memoria del comandante del Ejército Rebelde, Camilo Cienfuegos. Pienso se decepcionó cuando le dije que no era así, que la urbe situada al centro y sur de la isla, celebrada en el canto de Benny Moré, había sido rebautizada diez años después de su fundación con el nombre del representante de la metrópoli colonial que entonces gobernaba a Cuba, en los momentos de auge de la economía de plantación, de la explotación criminal de la mano de obra esclava.

Esta parte de la historia la comprendí mucho mejor muchos años después al leer los documentados ensayos del investigador y escritor Orlando García Martínez, Esclavitud y colonización en Cienfuegos (1819 – 1879) y Rebeldía esclava en la región cubana de Cienfuegos. Los apellidos hablaban por sí mismos: los Terry, los Acea, los Santacruz llevaban la marca de un pasado atroz.  


El director de la revista, Rafael Polanco Brahojos, durante la presentación del número 48. Foto: Tomada de 5 de Septiembre


Pero para no quitarle la ilusión a mi amigo –esto que cuento sucedió a mediados de la década de los 70 del pasado siglo- le dije que la ciudad había renacido en los años de Revolución y el aliento de Camilo estaba presente en una obra transformadora que se expresaba de muy diversas formas, que el origen del nombre de la ciudad era lo de menos, que más importante resultaba el sentido de pertenencia de los pobladores, el rescate crítico de la memoria y el compromiso con el porvenir.

Hay suficientes razones para sentir orgullo de Cienfuegos, sin que tengamos que desvariar por los caminos de mitos infundados ni dejemos de reconocer viejos (y también recientes, por qué no) costados oscuros.

El número 48 de la revista Honda, de la Sociedad Cultural José Martí, es un muy plausible ejemplo de lo que se puede y debe hacer para sustanciar un perfil histórico-cultural singularísimo. Aquí está Cienfuegos, la ciudad, la región, retratada y registrada en varias de sus imprescindibles coordenadas, desde sus contornos físicos hasta su impronta espiritual, Se trata de un aporte a los estudios locales, entendidos estos en una relación dialéctica con el cuerpo de la identidad nacional.

Voy a saltarme un ritual que se ha hecho común en las reseñas de las revistas culturales cubanas: el comentario de cada uno de los artículos, en orden de aparición. No se queda bien ni con los editores ni con los potenciales lectores, y suelen ser largas y aburridas las enumeraciones.

Quizás deba comenzar por precisar un dato que no es ocioso: en Cienfuegos se creó la primera rama territorial de la Sociedad Cultural José Martí.

En un primer momento la revista pone a dialogar los símbolos de la identidad local con sus raíces. El conocimiento del patrimonio cultural construido se entrecruza con la memoria del mambisado, la lírica con el pensamiento. Una nota aguijoneó mis recuerdos: yo también me pregunté muchas veces qué había detrás de esa edificación en el camino de Laredo –Playa Alegre, no; era como el Náutico de La Habana, coto privado- donde los negros y mestizos de cierta solvencia económica teníamos en Minerva nuestra  playa, alejada del Yacht Club de la alta burguesía y los clubes blancos más modestos, Cazadores y el Deportivo. Me refiero al Oasis Teosófico Martiano, fundado por el asturiano Manuel Martínez y que en la reseña que se publica se ve, al fin, desprovista de la aureola gótica que infundadamente le atribuían.

Causó en mí gracia y nostalgia volver a la canción Luna cienfueguera, de José Ramón Muñiz. Conocí a un buen hombre que nunca acabó de entender los cambios que se producían en la ciudad y el país. Los románticos barcos camaroneros de su imaginario no están más en la bahía.

Una segunda estación se estructura a partir de una figura cenital, Carlos Rafael Rodríguez, y dos pivotes artísticos. el montuno de Benny y la saga de la orquestas Aragón: espejos complementarios. Carlos Rafael fue y es uno de los intelectuales que supo articular, con mayor lucidez, el legado martiano con la teoría marxista-leninista en la contemporaneidad. Armando Hart lo calificó como “uno de los grandes humanistas del siglo XX”.

Sería útil tomar la semblanza que la publicación hace de Carlos Rafael para estudiar a fondo su pensamiento y acción. Me limito a incitar esa necesidad sobre la base de lo que expresó acerca de la cultura al hablar en el IV Congreso de la Uneac en 1988: “Hemos realizado una hermosa, profunda, abarcadora, Revolución educacional, pero nos falta incorporar a esa Revolución el ingrediente indispensable de la cultura. No se trata de atiborrar a nuestros estudiantes de referencias culturales, de nombres de autores o referencias de obras. Eso no es la cultura, sino tan sólo uno de los ingredientes culturales. La cultura es, ante todo, una forma de vida. Cuando, ante el comportamiento de unos campesinos españoles, Chesterton pudo decir: “¡Qué cultos son estos analfabetos¡”, le daba a la cultura esa significación omnicomprensiva. Confesemos, es una obligación revolucionaria, que todavía estamos lejos de lograr entre nosotros como patrón de vida las formas culturales que corresponden a nuestra sociedad socialista. Tenemos un pueblo cada vez más instruido, pero todavía no tenemos un pueblo culto”. Lo que dijo entonces, sigue siendo un desafío actual.

El dossier titulado “Presencia” contiene materiales reveladores sobre los vasos comunicantes de Martí con los cienfuegueros de su época. Es de agradecer el celo y la constancia con que Mirtha Luisa Acevedo en grado sumo y Lucía Ramirez han rastreado esas relaciones familiares y patrióticas: para no pocos será  novedad saber los orígenes de los Zayas Bazán, la proximidad de Ana Aguado, Guillermo Tomás, Eva Canel, los Brunet, Mercedes Matamoros y Joaquín Fortún con Martí.

El resto de este número de la revista da cuenta de la vida de la Sociedad Cultural José Martí en Cienfuegos y en el país. Vuelvo a mi memoria. Las líneas dedicadas al primer presidente de la entidad en Cienfuegos me pone frente al José Díaz Roque que conocí. Una criatura sin sombras, ansiosa y febril en la misión cultural que se impuso y tierna y elegante por sus procedimientos.

Por otra parte hace bien la revista en defender un espacio para la ilustración poética de fondo, con la sección a cargo de Alpidio Alonso, que esta vez comparte las honduras de Bertolt Brecht. Lo demás queda para consumo de la avidez de los lectores.

Honda penetra en Cienfuegos. No está todo lo que pudiera, pero la invitación es suficiente. Martí permea el ámbito de la ciudad y su entorno más cercano. La canción se prolonga en la obra de Lázaro García, los hermanos Novo y Nelson Valdés, en la vida escénica y literaria, en la creación de los artistas plásticos, en la restauración de la rumba. Cienfuegos es también Samuel Feijóo, Mateo de la Torriente, Ricardo Llaguno y los que ahora mismo creen que hay que mucho que contar y cantar, fundar y soñar.