Hilda y la vagina

Una mañana después de varios meses sin sexo, Hilda descubrió que a su vagina le habría crecido un pequeño diente. Se asustó y retiró los dedos de la dureza del cuerpo anguloso que había aparecido en su carne, pero este no le ofrecía dolor ni otra molestia que la sorpresa de ser una aparición descabellada. No lo comentó con nadie tampoco. Confió en que del mismo modo en que fue gestado, se esfumara. Cuando poco a poco fue asomando toda una dentadura infantil, Hilda se convenció de que era sin dudas un fenómeno natural y biológicamente acertado.

Mientras desayunaba, al recordar su nueva condición, decidió darle de comer. Separó un trozo de pan y luego de masticarlo y ablandarlo con su saliva lo acercó a la vagina que con suaves contracciones fue deglutiendo el bocado. Desde ese momento dio inicio a una dieta con vocación material que las llevó a ambas a madrugadas en que la vagina la despertaba con molestias que no cesaban hasta haber desaparecido un biberón lleno de leche tibia. O a las tardes lluviosas en que compartían, al resguardo de las ventanas entornadas, una barra de chocolate suizo.

La vagina engordó, se envolvió en un color rosa melón y a veces parecía sonreír mostrando su perfecta dentadura. Por fin un domingo a media mañana la vagina habló. «Hilda», fue la primera palabra que Hilda escuchó salir de esa parte de su cuerpo, y fue tan feliz de ese progreso que comenzó un animoso programa de fonética con el que la vagina ganó rápidamente una perfecta dicción. Tal parecía que intentaba reparar su tardanza. Lo preguntaba todo, e Hilda se complacía en repasar su vida antes de que ella decidiera aparecer. Así conversaban por horas, se dormían contándose fracasos y esperanzas.

Desde entonces Hilda comenzó a ser más cuidadosa en sus posturas para no lastimarla o dificultar su conversación, la aliviaba de la presión de cojines o de sumergirla despiadadamente en sus baños en la tina. A tal punto su democrático convenio la llevó a posiciones cada vez más horizontales; incluso al caminar, la vagina exigía figuras más benevolentes que no afectaran su equilibrio. Hilda, feliz de la determinación que iba creciendo en su alter ego, asumía de buen grado desplazamientos que mas parecían los de un cangrejo o un animal espeluznante.

Con el tiempo, manos y piernas se volvieron cuatro miembros indiferenciados, mientras que la vagina, ya libre de la opresión de los muslos, se expandía y la cabeza de Hilda buscaba dónde descansar la rigidez del cuello entre los que antes acostumbraban ser brazos. Garrapateaba toda la casa hecha una araña, y cuando necesitaba alzarse hasta la mesa o el refrigerador, lo hacia indistintamente con cualquiera de sus dos extremos. Hablaban menos, eso sí, pues ahora estaban decididamente opuestas en cada margen; pero el sincronismo de sus acciones aseguraba, sin necesidad de palabras, un entendimiento, una armonía satisfecha.

La vagina emulaba la realización de todas las tareas mientras Hilda cedía, contenta de verla avanzar cada vez con mayor destreza. Comenzó a hacerlo todo y a pasar cada vez más tiempo erguida, mientras la cabeza de Hilda se comprimía entre unos apéndices fortalecidos en cada ejercicio y muy parecidos a sus antiguos muslos. Los glúteos bajaron y los senos buscaron un lugar más alto. A Hilda se le hacia difícil hablar, más aun intentar volver a su posición habitual pues las piernas se habían estilizado en dos gráciles manos. La vagina, por su parte le repetía en las noches sus propias historias como si fuese ella y no Hilda quien hubiera protagonizado los sucesos.

Una madrugada, la vagina se levantó, llenó la tina y se introdujo en ella con determinación. Hilda despertó aterrada con el golpe que dio su cabeza en el fondo nacarado y al descubrirse atrapada hizo un esfuerzo y se sumergió en su propio cuerpo, cerrando los muslos para que el agua no la siguiera hacia adentro.

La vagina terminó su baño. Secó todo el cuerpo y se embelleció frente al espejo. Aunque no le gustó mucho ninguna de las ropas que halló en el armario se conformó con una combinación que antes le hubiese desagradado, y salió a la calle. Al cruzarse con el primer desconocido le mostró toda su dentadura.

 

FICHA
Osdany Morales Caballero: Arquitecto. Mayabeque, 1981. Premio David 2006 por el libro de cuentos Minuciosas puertas estrechas (Editorial Unión, 2007). Ha publicado Papyrus (Letras Cubanas, La Habana, 2012; Sudaquia, Nueva York, 2012)