Henry y la bulimia

Le pregunté al médico de mi consultorio y me dijo que lo de Henry se llama bulimia (o gulimia, qué sé yo). La cosa es que él trabaja de ayudante con mi esposo, que es guarandinguero entre Encrucijada y Santa Clara. Ellos hacen así y a las cinco de la mañana ya están cargando en la terminal de Santa Clara. Con la prima parten para Encrucijada y ya a las 11 de la mañana están de regreso, con su buen baro en el bolsillo; entonces se van para un pedazo de tierra que mi esposo tiene frente la clínica de los locos (la de los locos más locos, la que le dicen “Díaz Guzmán”). Allí el pobre Raulito sembró como cien matas de guayaba, ya que está tratando de levantar una buena cosecha, a ver si nivelamos y podemos enchapar la meseta y ponerle una tasa nueva al inodoro. Yo les preparo el almuerzo, con tremenda disposición, sin que me pese, pero empezamos a tener problemas, porque Henry nos avisó: “Yo, mientras veo comida, estoy comiendo”.


Ilustración: Sigfredo Ariel

 

Y así, si una olla de frijoles, otra de arroz, más una fuente de bisteces, otra de yuca, y además ensalada de lo que sea pongo yo a la mesa, ¡fuácate! Henry se las manda como si aquello fuera una merienda. Lo otro que más le gusta —dice— es el requetón. Se pone a comer y a cantar: “Me encanta la gasolina, / me encanta la gasolina”. ¡Muchacho! Eso me tenía mal; me lo hizo como seis o siete veces, y es ahí cuando yo le digo a Raulito que teníamos que ver qué hacíamos con Henry, porque es un tragante, además de que no soporto la guanajera esa del requetón. Y para colmo, después de que pasa un rato de haberse dado la jartera, el muy cabrón coge y vomita. Como Raulito no quiere deshacerse del muchacho, que no tiene cerebro (me dice) pero es muy bueno de trabajo, lo primero que decidimos fue buscar unas bandejas de esas de las becas, y ahí le servíamos a Henry: “Vaya, eso es lo que te toca”, le decíamos. Pero como su problema era que si veía comida no se podía aguantar, no sirvió de nada, porque se ponía a mirar para las ollas con una cara de carnero degollado que partía el alma. Entonces ideamos una terapia que nos pareció radical y resolvió por un tiempo: que no viera la comida. A la hora del almuerzo cogíamos y le vendábamos los ojos con una estola vieja de cuando mi abuela era señorita, para que así, sin ver, se conformara con lo que yo le sirvo. Él, sin problemas, comía sin mirar, y eso dio resultado un tiempo… Pero no fue remedio santo, ¡qué va! porque como a la semana la cosa se fastidió otra vez. El hombrín encontró una manera de jodernos; esa bulimia es una de las peores enfermedades del mundo. Henry terminaba el primer plato (que yo le servía un buque), se arrepochaba para atrás y con tono lastimero nos decía: “¿Y no hay otro poquito para el pobre cieguito?”. ¡Qué tipo el Henry ese! Y eso que no tenía cerebro… Yo creo que Raulito va a tener que darle el pasaporte.