Hemingway, un sommelier aficionado

La figura de Ernest Hemingway a escala global suele asociarse con la del bebedor o el alcohólico; sin embargo, muchos desconocen que llegó a tener una cultura general acerca de los diferentes tipos de bebidas ―en especial los vinos―, aprendiendo a distinguirlas y catarlas, a lo largo de su vida, con gran maestría.


Fotos: Tomadas de internet


En casi todas sus novelas hizo referencia a los tragos típicos o las bebidas nacionales que se consumen en los bares y restaurantes del país en que se desarrolla la acción. De esta forma, como parte de la narración, se citan los vinos nuevos y blancos, las cervezas rubias o negras, la sidra y el chambéry cassis, en París era una fiesta (1964); los vinos rojos y blancos y el champagne, en Fiesta (1926) y Por quién doblan las campanas (1940); el vermouth, el Campari, el Gin Gordon y los martinis, en A través del río y entre los árboles (1950); el highball, la cerveza Hatuey y el daiquirí, en El Viejo y el Mar (1952) e Islas en el Golfo (1970), entre otras.

Hemingway comenzó a beber a la edad de 15 años y hubo pocas cosas que le produjeron tanto placer, según afirma en carta dirigida a su amigo Iván Kashkeen, crítico, traductor y profesor soviético contemporáneo, en agosto de 1935. En un inicio conoció la bebida por sus cualidades curativas, tonificantes y digestivas, como complemento de la comida en reuniones familiares y festivas con amigos y parientes más cercanos. Luego descubrió sus propiedades estimulantes y relajantes para reanimar, confortar y disminuir el estrés causado por el exceso de trabajo cotidiano.

Como todo ser humano, a lo largo de su vida fueron muchos los acontecimientos, buenos y malos, que lo llevaron a tomar en mayor o menor medida, ya fuera para celebrar o para conseguir relajarse y tratar de olvidar. A veces buscaba la soledad en el rincón más apartado de un bar para poder degustar algunos de sus cocteles favoritos ―como el daiquirí―, leer, escribir y meditar tranquilamente sin ser interrumpido. En otras ocasiones, como todo hombre público, compartía con las personas que le rodeaban, ya fueran de la alta sociedad o gente sencilla de pueblo como los pescadores de Cojímar.

Fueron motivo de brindis y alegrías, actividades festivas como su cumpleaños, sus logros personales y profesionales, las reuniones en Finca Vigía, las invitaciones y reencuentros con sus amigos en bares y clubes nocturnos en diferentes partes del mundo como El Floridita, de Cuba; El Harry's Bar, de Venecia; El Bar del Hotel Ritz, de París; El Stork Club, de New York; El Callejón, de Madrid, entre otros, muchos de los cuales se han convertido en verdaderos santuarios dedicados a su memoria. Por otra parte, la bebida también le sirvió de ayuda para mitigar el dolor de las heridas que sufrió en la Primera Guerra Mundial y para intentar borrar de su memoria los horrores vividos en los conflictos bélicos en que participó.


 

La difícil relación con sus padres e hijos, el sentimiento de culpa que lo atormentó durante toda su vida por haber abandonado a su primera esposa Hadley Richardson, su enemistad con antiguos amigos por su carácter voluble, los períodos cíclicos maníacos-depresivos que padecía, los fracasos amorosos, las desavenencias matrimoniales y los divorcios con sus dos siguientes esposas, fueron causantes de etapas improductivas. A su vez, propiciaron un consumo mayor de bebidas, como puede apreciarse en las facturas que aún se conservan de la Casa Recalt —especializada en la venta de champanes, vinos, licores y víveres finos al por menor y donde el escritor acostumbraba a comprar—, fechadas en 1942 y 1943, años que se corresponden con la separación de su tercera esposa, Martha Gellhorn.
Su conocimiento y valoración acerca de la calidad y variedad de los mismos es digna de un profesional experto en la degustación de las bebidas.

En Europa, como refiere en su obra París era una fiesta (1964), tomar vino era algo tan sano, natural y necesario, como el comer, fuente de alegría, bienestar y felicidad. Allí el Premio Nobel pudo valorar y degustar los diferentes tipos de bebidas que existen, llegando a convertirse en un buen catador de vinos. Un ejemplo lo tenemos en Torcello, Italia, donde el señor Giuseppe Cipriani, fundador del Harry's Bar, le permitió valorar la calidad de los vinos como el Valpolicella y el Amarone. Si observamos su colección de libros, podemos apreciar una serie de obras relacionadas con las bebidas, en especial los vinos en diferentes partes del mundo, refranes del vino y de la viña, y una guía de cómo hacerlos dedicada por su hermano Leicester, lo cual nos confirma su interés personal en tener conocimientos generales sobre este tema.

En Muerte en la tarde (1932), el escritor norteamericano ofrece al lector un glosario de términos donde se incluyen los diferentes tipos de cervezas y vinos españoles, entre los que destaca el Rioja y el Valdepeñas, así como el lugar donde pueden encontrarse en España. Su conocimiento y valoración acerca de la calidad y variedad de los mismos es digna de un profesional experto en la degustación de las bebidas. Con el tiempo llegó a adquirir una gran experiencia en esta materia y como reconocimiento recibió, junto con su esposa Mary Welsh, un diploma que lo acredita como Catador de Vinos —otorgado por la Academia de Maestros Viticultores de California el 12 de marzo de 1959—, el cual se conserva en Finca Vigía.  

En 1923 el novelista español Vicente Blasco Ibáñez, a su paso por La Habana, apuntó:

 Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, La Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad a las puertas de su patria, donde no impera el llamado "régimen seco". Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua…

La ley Volstead o la llamada ley seca a la que hace referencia este escritor, estuvo vigente en Estados Unidos entre 1917 y 1933. En la década del 30 Ernest Hemingway comienza a visitar nuestro país con más frecuencia. Es conocida su amistad con Joe Russell, propietario del bar Sloppy Joe’s, quien se dedicaba al contrabando de licores por aquellos años que fueron motivo de inspiración para su obra Tener y no tener (1937). También son célebres sus continuas visitas al Floridita, la Bodeguita del Medio, las Terrazas de Cojímar y otros bares y restaurantes de nuestra Habana, donde degustó diferentes tipos de bebidas y cocteles, entre los cuales su preferido era el daiquirí, acompañado siempre de sus amigos más íntimos y sin la preocupación de estar cometiendo un delito.

Durante su estancia en Finca Vigía se destaca su amistad con el periodista cubano Fernando G. Campoamor, quien escribió varios artículos y libros relacionados con el tema de la bebida que lo llevaron a ser considerado el historiador del ron. Entre estos sobresalen Un daiquirí para Hemingway y El Floridita de Hemingway, con reseñas históricas sobre el famoso coctel y el reconocido bar-restaurante, inmortalizados por el escritor norteamericano en su novela Islas en el Golfo.


 

Hemingway sabía escoger los diferentes tipos de bebidas y combinarlas según la comida: whisky, ginebra, Campari, Tom Collins, etc. Le gustaban todos los vinos, excepto los dulzones o demasiado pesados, y llegó a tener un exquisito paladar semejante al de un sommelier. En Torrentes de primavera (1926), por ejemplo, hay una nota para el lector donde narra que fue a comer con John Dos Passos al Café du Dôme en París y que gastaron más para beber que para comer: “una botella de Montrachet 1919 para el lenguado, una Hospice de Beaune 1919 para la liebre y una de Chambertin para acompañar la mermelada de manzanas”.

Es cierto que durante toda su vida ingirió una gran cantidad de bebidas alcohólicas que lo llevaron a padecer de cirrosis hepática. Su médico José Luis Herrera Sotolongo lo apoyó en este sentido; según él, su cuerpo ya estaba acostumbrado a utilizar el alcohol como un tranquilizante y prohibírselo del todo era imposible, por lo cual se esforzó en reducirle al mínimo las dosis diarias para de esta forma no golpear la función normal de su organismo. Otro de sus doctores, Franz Stettmeier, también dijo en cierta ocasión, refiriéndose al escritor: “Escribe poco y bebe mucho, pero si no bebiera hace tiempo que se hubiera disparado una bala en la sien”.
Existen numerosas evidencias en Finca Vigía ―piezas, libros y documentos― que prueban el consumo y la experiencia que tenía Hemingway sobre las bebidas, principalmente los vinos, así como la presencia de ellas en su vida y en su obra.

Hemingway escribió con una gran disciplina de trabajo que lo hizo merecedor del Premio Pulitzer en 1953 y del Premio Nobel en 1954, máxima recompensa a la genialidad de un escritor. De hecho, tenía una gran fuerza de voluntad y cuando trabajaba no tomaba bebidas alcohólicas, como puede apreciarse en inscripciones realizadas por él en uno de sus libros, donde anotó: “agua mineral de Vichy, jugo de toronja, leche, té y a partir del mediodía la primera bebida alcohólica: agua de coco con whisky”.

Existen numerosas evidencias en Finca Vigía ―piezas, libros y documentos― que prueban el consumo y la experiencia que tenía Hemingway sobre las bebidas, principalmente los vinos, así como la presencia de ellas en su vida y en su obra. Algunos juegos de mesa también formaron parte de su colección: una ruleta pequeña, cartas españolas y cubiletes, con los que seguramente amenizó aquellas noches en las que prefirió quedarse en casa para compartir con su esposa e invitados y hacer gala de sus conocimientos y atenciones como todo buen anfitrión, deleitándose en servir personalmente el vino tomando la botella por el cuello. Y aunque así era más difícil, se justificaba con la frase: “Las botellas por el cuello, las mujeres por la cintura”.