"Hay seres que siempre estarán"
Fotos: Cortesía Rubén Darío Salazar


A propósito del fallecimiento de quien es considerada una de las imprescindibles figuras del Movimiento Escénico Cubano, tanto por su versatilidad como por su constante labor a lo largo de varias décadas (y a quien nunca se le otorgó el Premio Nacional de Teatro, que tanto merecía), Xiomara Palacio, conversamos con su gran admirador y colega, Osvaldo Doimeadiós.

Actor, director, maestro, y uno de los mejores regalos que la vida me ha prodigado en términos de amistad incondicional, Doime accedió a concederme esta entrevista, a pesar del dolor profundo que le causa la partida de Xiomara. Pongo a disposición de los lectores de La Jiribilla el resultado de esta suerte de evocación, la cual, como todo lo que emana del genio de Doime, logra el milagro de provocar sonrisas, aunque nos hable desde la pesadumbre.

Sabemos de tus vínculos profesionales y de amistad con Xiomara Palacio. Cuéntanos cómo llegaste a ella, o mejor, cómo esa gran actriz integró parte de tu vida, de tu carrera profesional.

Alguna vez me contó que su abuelo materno, fascinado por un circo ambulante que llegó a su pueblo, decidió irse con ellos y arrastró a la aventura a su esposa y a las hijas, una de las cuales era Mirta, la madre de Xiomara. Quizá de allí venga el espíritu trashumante y la pasión por el  riesgo, actitudes tan propias de Xiomara y, por lo general, de casi todas las personas que elegimos el teatro, el circo o cualquier otra disciplina del mundo de las artes escénicas.


De izquierda a derecha: Luis Brunet, Ulises García, Nelson Toledo, Xiomara Palacio y Pepe Carril
con los muñecos de Don Juan, 1969.

Estudió en la Academia Municipal de Arte Dramático, y junto a figuras noveles como Carlos Pérez Peña y Armando Morales, se integró a la nómina del Guiñol Nacional y formó parte de los míticos espectáculos de los hermanos Camejo y Pepe Carril. El libro de Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, contiene una enjundiosa información para entender uno de los más importantes hitos del teatro cubano y su posterior declive como consecuencia de una errada política cultural durante el llamado “quinquenio gris”. Cuando llegué al ISA en 1982, escuché hablar de Xiomara y de los actores del Guiñol, como de tantas otras leyendas que resurgieron de las cenizas de una época oscura que no debemos olvidar. Como todo el pueblo cubano, la disfruté interpretando personajes en programas infantiles de la televisión cubana.

Conversando en otras ocasiones, me has hablado del carácter osado de Xiomara, y también de su generosidad con los jóvenes.

Es cierto. En los años 90, mientras Xiomara dirigió el Teatro Nacional de Guiñol, le brindó espacio a dos jóvenes directores, entonces casi desconocidos: Carlos Díaz y Raúl Martín, sin dejar de brindar sus propias interpretaciones. Son inolvidables su Hada Madrina de las Ranas y El Guajacón, dos personajes que interpretó en La Fábula del insomnio, de Joel Cano, y el personaje de Justa en La Boda, de Virgilio Piñera, ambas dirigidas por Raulito; así como El Pastor Bobo de El Público, de Lorca y Constanza en La loca de Chaillot, de Giraudoux, que llevó a escena Carlos Díaz.


Fábula del Insomnio. Teatro Nacional de Guiñol (TNG), 1992.


Los vínculos profesionales entre Xiomara y tú propiciaron la solidez de una amistad que se mantuvo imperturbable a lo largo del tiempo. ¿Cómo se inició lo que pudiéramos llamar ese “amor correspondido”?

La conocí personalmente a mediados de los años 90. En ese momento yo dirigía el Centro Promotor del Humor, y cuando organizamos en el ISA los primeros cursos y talleres de verano para humoristas, la invitamos para que formara parte de ese claustro. Así, además de profesora, la tuvimos formando parte de jurados, evaluaciones, y en cada una de las actividades en las que necesitamos de su colaboración.

En La loca de Chaillot tuve la inmensa suerte de trabajar junto a Xiomara. En el año 2002 Orlandito Estévez y Juan Miguel Fonseca, actores que en ese momento tenían un grupo de humor en Pinar del Río, se acercaron a mí interesados en que yo dirigiera un espectáculo basado en una idea de ellos, a la que Alfredo Troche le había escrito un texto que se llamaba El Capital. Me interesó mucho porque era una historia muy cubana y los personajes eran monedas de distintas denominaciones. Inmediatamente pensé en Xiomara Palacio para que interpretara el personaje de Veinte Pesos. La llamé a su casa, le conté del proyecto, y me dijo que sí. Nos pusimos a trabajar durante cuatro meses y salió un hermoso y delirante espectáculo titulado La Divina Moneda. Además de los antes mencionados estaban los actores Kike Quiñones, Carlos Gonzalvo, Verónica López y un equipo creativo formado por Miguel Ángel Díaz y Antonio Linares en la producción, el escultor Ramón Casas en el diseño y realización escenográfica, Osvel Peña en el diseño de vestuario, Manuel Ornellas en la música y Mayra Rodríguez en la realización de títeres, entre otros. Decir que ha sido uno de los proyectos más divertidos y serios en los que me he involucrado es poca cosa. Fue algo que poco a poco creció orgánicamente y donde aparecieron elementos del teatro musical, de títeres, de circo; era un juego recombinado de guiños entre el teatro y el humor, en el que reflexionábamos seriamente sobre nuestra realidad. De Xiomara puedo asegurar, categóricamente, que estuvo genial. Puso a disposición del personaje todo su histrionismo, versatilidad y madurez como actriz. Estuvimos de gira en varias provincias, y participamos en el Festival de Teatro de Camagüey, donde el montaje fue un verdadero suceso.


Don Chicote Mula Manca y su fiel escudero Ze Chu Panza, 1987, TNG.

Además del probado histrionismo de ustedes, de la profesionalidad y del rigor escénico, es sabido que compartían el mismo sentido anti trágico de la vida, un humor que los hace reconocibles en la distancia. ¿Alguna anécdota en particular que quieras contarnos?

Xiomara es de esas actrices totales, como digo yo, de las que se expone, y si tiene que verse fea, no le importa. Con los años, los dientes delanteros se le fueron separando un poco de los colmillos, como dicen los especialistas: empezaron a “migrar”. Un día nos dimos cuenta de que guardaba en un estuche plástico de rollos fotográficos un diente postizo como prótesis, y ella se reía y nos decía que solo lo usaba para las fotos y para el saludo al final de la obra. Nos pusimos de acuerdo y Fonseca trajo un colmillo grandísimo de puerco, la vigilamos y le cambiamos el diente. Nosotros salíamos a saludar primero y la dejábamos a ella para el final. Cuando ella se dio cuenta de la broma, detrás del escenario se escuchó una carcajada que no tenía fin. Esa noche lloramos de risa, confraternizamos tanto con ese montaje que llegamos a ser como una familia. Le decíamos “mamá”. De hecho, después de eso siempre me dijo “hijo”.

Xiomara y yo volvimos a trabajar juntos en La Loca de Chaillot en el 2004, dirigidos por Carlos Díaz, y en Las Viejas Putas, de Copi, en una puesta de Juan Carlos Cremata, en el 2007. En los dos montajes vivimos situaciones hilarantes. La música de La Loca de Chaillot la escribió Juanito Piñera, uno de nuestros grandes compositores, y para un pasaje de la obra escribió una especie de “vocalisso” que cantaba un personaje a manera de concierto. A Xiomara y a mí nos parecía demasiado largo, considerábamos que tumbaba el ritmo de la puesta, porque eran personajes demasiado locos, que de repente se tenían que quedar sin hacer nada mucho tiempo. Se lo dijimos a Carlos y a Juanito, pero ellos decidieron dejarlo de esa manera. Carlos nos dijo que hiciéramos lo que sintiéramos, así que llegó el día del estreno. En la escena, Xiomara y yo, que compartíamos un butacón inmenso, empezamos a dormirnos; en un momento le pasé la pierna por encima y Xiomara introdujo su mano dentro de mi abrigo, como si fuéramos un viejo matrimonio que duerme a pierna suelta. La risa del público fue estruendosa, y Juanito y Carlos se convencieron. Pero lo mejor no fue eso: la mamá de Xiomara, que estaba viendo la función con Raúl Martín, le decía al público: `¿ustedes piensan que ella está actuando? No, ella está dormida de verdad. Ustedes no la conocen, soy la madre y les puedo decir que ella se duerme donde quiera…´.


La cucarachita Martina. TNG.


Xiomara enfermó gravemente y fue operada. Sé que estuviste acompañándola hasta el final. ¿Mantuvo su jovialidad a ultranza o terminó abatida? 

Xiomara Palacio fue siempre la misma. Tarareaba la canción que cantaría al día siguiente cuando entrara al quirófano, hacía chistes, se reía y conversaba con su habitual desenfado con cada uno de los amigos y familiares que nos habíamos congregado en la pequeña habitación del Hospital Neurológico. Disfrutaba, sobre todo, la presencia de su hijo Abel, que había llegado desde Seattle. La enfermera nos requirió por el exceso de visitantes y nuestra procesión tuvo que hacer mutis escaleras abajo. Así recuerdo a Xiomara Palacio: alegre y radiante, aun en las circunstancias más adversas.


Armando Morales y Xiomara Palacio en 2012.


A los pocos días de salir del hospital, después de la intervención quirúrgica, la llamé por teléfono y me dijo que por la televisión se había enterado de que nosotros, el elenco de “Deja que yo te Cuente”, estábamos haciendo un espectáculo en el teatro Karl Marx, y que quería vernos, que no se lo podía perder. A pesar de su estado de gravedad, tenía una voluntad admirable. Creamos todas las condiciones. Magda, del Consejo de Artes Escénicas, consiguió un automóvil para llevarla y hasta allí fue con su hermano Pavel y parte de su familia, en una silla de ruedas y una enfermera. Fue una función especial para ella. Todavía escucho su risa inconfundible entre la multitud, la misma que sé no voy a olvidar. Hasta el último momento estuvo haciendo planes: de quiénes buscarían en noviembre a unos amigos titiriteros suecos que vienen a La Habana, de qué espectáculo tendría que ver próximamente... Era el centro en una reunión, sabía confraternizar y ser una amiga incondicional. Hay seres que siempre estarán ahí: Xiomara es uno de ellos.