Hay guerra cultural y es muy palpable en Cuba

La imposición de una cultura que por antonomasia venera al sistema de partidos políticos como vía democrática ideal e ineludible es el código fundamental en que se expresa la guerra cultural que marca la última fase del capitalismo global. Todo acto de significación y sentido depende, desde luego, de cuáles elementos pone en juego el código que da pie al acto comunicativo. Es un saber tan elemental de la Semiótica que a veces se camufla en el acto mismo de haberlo puesto en uso. Se produce así lo que Saussure llamó análisis subjetivo, es decir, el conocimiento de las normas gramaticales y sintácticas del lenguaje sin reconocerlas explícitamente en el acto de usarlas en el habla.

Se habla de democracia cuando en verdad la referencia remite al sistema de partidos políticos que el capitalismo legitima como tal, desde su surgimiento en la revolución burguesa hasta su última fase de expansión global. La guerra fría convirtió en sinónimos inseparables “democracia” y “libertad”, como expresión exclusiva del capitalismo occidental. En la posguerra fría la hegemonía de las corporaciones queda como norma comercial y su carácter monopólico se camufla en el acto concreto de hablar de la eficiencia económica a partir de la propia concentración de la riqueza.


Portada del libro La CIA y la guerra fría cultural, de Frances Stonor Saunders
 

Tras el derrumbe del campo socialista europeo, y el publicitado fin de la guerra fría, el tópico de la democracia transforma su tradicional actitud de confrontación demostrativa para desarrollarse como estado natural de comportamiento social. Tanto es así, que los socialismos emergentes del siglo XXI han tenido que enfrascarse en debates políticos acerca de su propia capacidad de democracia, según el canon occidental capitalista y han sucumbido al culto al voto que el sistema propugna. Sus numerosas reformas y planes de inclusión social no han conseguido desbancar la idealidad de la lucha entre partidos políticos. Los golpes de estado parlamentarios que se han dado en América Latina en las primeras décadas de este siglo, se han consumado gracias a que la competencia del voto institucional se legitima como democracia en el ámbito de la opinión pública, direccionados ideológicamente por las corporaciones de la información. Y opera, en el sistema comunicativo de la ciudadanía, una cultura de naturalización del sistema burgués de desarrollo y relaciones socioculturales.

Cuba constituye una excepción de resistencia a esta práctica global de guerra cultural. De ahí que desde 1962 los Estados Unidos decidieran bloquearle toda relación comercial, económica y financiera y que, aun decretado el fin de la guerra fría, arreciaran las medidas de bloqueo. El Departamento del Tesoro estadounidense ha destinado sistemáticamente considerables partidas presupuestarias, que salen a través de la USAID, para subvertir la mentalidad ciudadana en el interior de la Isla. Las presentaciones del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, a propósito del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países, fueron un acto claro de llamado a la sociedad civil a cambiar el sistema político, instando a la ciudadanía cubana a “olvidarse de la historia”. Este llamado al olvido era, sin embargo, bastante selectivo, pues pretendía dejar atrás la historia revolucionaria en sus avances, recuperar sus errores, y reescribir el periodo republicano como un proceso de armonía democrática con contradicciones internas del subdesarrollo.

Las relaciones comunicativas cubanas posteriores a 1959 han desarrollado, por su parte y en legitimidad ciudadana, sus códigos de significación antonomásica, como el de los valores de equidad social y de derecho a la salud, la educación, la cultura, el deporte, la profesionalización de calidad, universal y gratuita, para llamar solo los ejemplos más generalizados en el comportamiento sociocultural. Otros, como el de la discriminación de género o racial, o el del reconocimiento pleno a la diversidad sexual, han avanzado con mayor lentitud aunque no pocas leyes y códigos de obligatoriedad legal los amparen. La crisis posterior a 1990, devenida del derrumbe del campo socialista europeo y de la desaparición del sistema global de relaciones comerciales en que Cuba se insertaba —el CAME— crea un desfasaje difícil de solucionar entre producción y salario y repercute de inmediato en el poder adquisitivo de la población. En su arenga nada diplomática, Obama “olvida” las consecuencias del Bloqueo que su país ejerce contra el nuestro y atribuye al sistema el desfasaje del salario. Y “olvida”, de paso, el financiamiento y apoyo a invasiones, ataques químicos, introducciones de plagas, enfermedades y virus.

Su visita se produce acompañada de incursiones de artistas de alta fama mundial, como Beyonce y Jay Z, y de familiares de antiguos represores de la dictadura batistiana. Estos últimos lo acompañan no solo en calidad de representantes de esa democracia por antonomasia, sino como víctimas de la revolución. Se adelantan así dos líneas de reconciliación bastante definidas: la de la industria cultural con sus patrones mercantiles imperativos y la de la política republicana que la revolución derrocó definitivamente. También incluye en su agenda de visita el encuentro con representantes de la exigua disidencia plattista como si se tratase de una fuerza a tener en cuenta dentro del entramado de la sociedad civil cubana. E incentiva proyectos de intercambio académico que buscan introducir en las normas de comunicación de la juventud valores de ese sistema democrático por antonomasia que es el de partidos políticos. Las becas de liderazgo ofrecidas a estudiantes de niveles medios son el más claro ejemplo de este acto de guerra cultural, pues se confía en que ese líder regrese al país con el bagaje necesario para sustentar los valores de la cultura política hegemónica y de la industria cultural que ideológicamente la sustenta.Mientras, el presupuesto de la USAID mantiene sus millonarias partidas para Cuba.

Esto, que es un hecho concreto, documentado a partir de la propia información que el departamento del Tesoro estadounidense rinde, se convierte en nebulosa en ciertas zonas del debate acerca del futuro del país. Acaso porque buena parte de quienes hemos visto con indignación, alarma y daños propios la guerra cultural no usamos los elementos adecuados de comunicación, se infiltra en el debate intelectual la idea de que es falsa la guerra y de que es solo un pretexto para intervenir en el libre albedrío de la expresión. Se monta un entramado de significación simbólica que pone en tela de juicio la idea de que estamos sufriendo una guerra cultural encarnizada y clara. Hay numerosos ejemplos que prueban su existencia, sin embargo.

El más claro proyecto de guerra cultural, apegado a las normas de la guerra fría, es la creación, en 1996, de la revista Encuentro de la cultura cubana, con el objetivo de generar una publicación alternativa que sí sería publicitada como depositaria de la libertad de expresión que requiere la cultura cubana. La línea ideológica de la revista se enmarca, no obstante, en la contrarrevolución predeterminada, el maquillaje de la sociedad prerrevolucionaria y la proyección de la cultura política que asume el sistema de partidos como democracia ideal e ineludible. Del proyecto de Encuentro… finalmente implosionado, derivaron otros, como Diario de Cuba o Cubanet, que ocuparían canales más expeditos en el uso de las nuevas tecnologías de la información. Ambos son parte del día a día que la información reproduce en estos instantes. Y por si no fuera suficiente se han ido sumando otras publicaciones digitales que obtienen ayuda financiera de la misma procedencia de Encuentro… como Cubanet, Diario de Cuba, On Cuba o Cuba posible.

Pongamos además el caso del promotor cultural Frank Carlos Vázquez quien a finales de la década de 1990 fue reclutado por gestores trabajadores del servicio diplomático, usando tapaderas de organizaciones no gubernamentales, para generar un activismo productivo en las Artes Plásticas que confronte y desacredite el apoyo promocional y financiero que se le ofrece a artistas emergentes a través del Ministerio de Cultura. Su misión en la Séptima Bienal de La Habana fue clara respecto al ejercicio de guerra cultural: magnificar a través del arte lo peor que pueda hallarse en Cuba y obviar cualquier elemento favorable.

El escritor Raúl Capote fue, por su parte, reclutado por la CIA para generar consensos de opinión que se abrogaran legítimos derechos revolucionarios a través del ejercicio de la crítica, para desacreditar la percepción ideológica del proceso revolucionario cubano. Como ambas personas resultaron agentes de la seguridad cubana, pudieron revelar los mecanismos de camuflaje del proyecto y denunciar el doble rasero de las organizaciones que los protegían.

Otro ejemplo concreto es el de los periodistas cubanos radicados en Estados Unidos que recibieron financiamiento del departamento del Tesoro estadounidense para que se proyectaran enfáticamente sobre el caso de los cinco, presentándolos no como infiltrados en organizaciones dedicadas a la contrarrevolución, sino como espías entre naciones. La industria cultural jugó en este caso el rol de código perfecto de significación, pues la invasión de productos de consumo masivo presume el sentido y los significados. Muchos de esos periodistas recibieron además ayuda económica para desarrollar su labor ideológica de descrédito del socialismo cubano.

¿Ejercieron libertad, como se dice, al expresarse tal como pensaban?

Es incluso posible, pero no habrían alcanzado difusión ni reconocimiento si no se hubiesen montado en esa plataforma organizada como apoyo al desarrollo de la sociedad civil. Son, a fin de cuentas, asalariados dóciles al gusto del empleador que hacen infantería mediática en contra del proceso revolucionario cubano.