Happy end entre voces de Cuba y Norteamérica

No siempre un concierto tiene como final su clímax. Depende de muchos aspectos: la estructura del repertorio, el virtuosismo, la entrega de los músicos, la empatía que se genere con el público, entre otros. Si alguno de estos elementos falla, posiblemente en ningún lapso se sienta más que en el ritual de los aplausos. Pero si algo caracterizó este lunes, en el Gran Teatro de La Habana, la presentación del coro estadounidense de la Universidad Morgan State, junto a Entrevoces, que dirige la maestra cubana Digna Guerra, fue la emoción in crescendo. Así, la interpretación de Happydays como cierre, además de unir a ambas agrupaciones, sumó todo el deleite que ovacionaba del otro lado de la escena. 

Son hermosos estos tiempos en que los espacios empiezan a diversificarse con la presencia de músicos norteamericanos o de otro lugar, aun cuando en numerosas ocasiones la promoción cojea. En este caso, se trató de uno de los coros universitarios más importantes de Estados Unidos, reconocido por su inmersión en la música clásica, la música popular contemporánea y el gospel, lo cual, sin dudas, le ofrece un sello, teniendo en cuenta, además, la tradición afroamericana de la institución a la que pertenece el conjunto. Esta resultó una oportunidad para acercarse a géneros y a un quehacer coral contornados, a veces, al ámbito eclesial o invisibilizados por las corrientes musicales más actuales y masivas.

El Coro —que participó en homenajes a Rosa Park y Nelson Mandela, e intervino con sus cantos por las víctimas del huracán Katrina en Nueva Orleans— cuenta con varios premios en su país y acompañó en diferentes festivales a figuras emblemáticas, como el trompetista Jon Faddis, la violinista Regina Carter y el pianista Billy Taylor, entre otras, con lo cual el gospel y el jazz brindaron una vez más por los orígenes que comparten. Tanto en esas presentaciones como en ensayos que se alcanzan a ver en Youtube, esta agrupación coral hace gala de los rasgos que mostró en Cuba: la teatralidad o el performance, la complejidad interpretativa, el predominio del tono alegre y la jovialidadad.

 

Desde Swing Low Sweet Chariot el público cubano recibió la potencia coral del Morgan State University (MSU) y los juegos vocales, que se esparcieron a lo largo del concierto. En esa canción, la breve interpretación de una solista anunció la arrasadora fuerza de otros intérpretes que, de acuerdo con sus registros, hicieron al público tocar el cielo o adentrarse en las zonas más profundas que puede excavar el canto. Climbing Jacob's Ladder, I got plenty of nothing, It ain't necessarily so, My soul's been anchored in the Lord fueron otras de las piezas presentadas esa noche. A mi juicio, temas como Thebattle of Jericho y The Lord be praised desbordaron la brillantez de la agrupación, reforzada en los poderosos estribillos y la gestualidad del coro.

¿Cómo lograban los solistas mantener la calidad interpretativa sin rigidez, sin perder —cuando se precisaba— el aura festiva, de júbilo, de alabanza? Creo que en esto tiene un rol fundamental el director Eric Conway, quien además de seguridad transmite pasión y alegría. Una parece descubrir que son los sentimientos y la libertad expresiva los principales recursos que pone en las manos de los coristas. A partir de ello hay otros aportes en el trabajo musical: los balances de los registros que se sienten a lo largo del concierto, la propia estructura coral, el tradicional acompañamiento del piano y la inclusión de instrumentos de percusión.

La versatilidad y espiritualidad coral no solo levantaron al público de los asientos en los temas finales, sino que estos se borraron por completo cuando los integrantes de Entrevoces, que ya habían vibrado sobre el escenario, volvieron y regalaron de conjunto con el MSU aquella canción inmortal de Miguel Matamoros: “Dulce embeleso”; otro momento memorable en el que la audiencia caminó sobre los puentes culturales  y tal vez, también, más de una pareja se besó, al ir o venir, como invita el bolero.

A tono con este intercambio cultural que resultó el concierto, Entrevoces incluyó en su programa I want Jesus to walk with me, una pieza representativa del género spiritual o espiritual negro, que regresa a la época esclavista en Estados Unidos. Fue en ese tiempo cuando el himnario religioso se modificó con la forma del canto y el clamor sentimental de los esclavos. En ese sentido, si bien la interpretación resultó precisa, pudo haberse aprovechado el tema para derramar mayor emotividad con la ejecución de esta y otras voces.

Pero, sin dudas, el coro cubano sedujo y dio muestras de su alto nivel en cada número, sobre todo en el que dedicó a la rumba y devino una típica orquesta nacional que puso a bailar al público; en El canto quiere ser luz que, de hecho, con la producción homónima conquistó en el 2012 el premio ECHO KLASSIK en Alemania a la mejor grabación de música coral de los siglos XIX y XX. También habría que hablar de El manisero. El cambio contagioso del ritmo, la introducción de instrumentos, pero esencialmente el performance de las intérpretes y el diálogo que establecen entre ellas a la usanza de cualquier calle cubana, de cualquier época, volvieron a entronizar, de otra forma, la canción de Moisés Simons.

En el 2015 Entrevoces recibió el Gran premio en el Concurso Internacional de Coros Serenade, celebrado en Washington, Estados Unidos. En sus presentaciones en ese país, como ahora, transitaron por un repertorio que incluye no solo la música cubana, sino que se nutre de otras tradiciones musicales. Si algo habría que resaltar es, como ya se ha dicho en otras ocasiones, su ejecución sin artificios, lo cual también hace evidente la maestra Digna Guerra con su modo de dirigir, de mezclarse y de disfrutar entre sus coristas algunas de las piezas que entregan.

Recientemente Entrevoces compartió escenario con los Rolling Stones en La Habana. Ahora lo hace con este coro norteamericano que ha recibido prestigiosas críticas en Estados Unidos y otros sitios. Recuerdo a Omara Portuondo cuando en una conversación hablaba sobre la importancia de seguir difundiendo la música cubana. Eventos como estos no solo lo logran, sino que van más allá. Primero, porque muestran la capacidad del público cubano para involucrarse con distintas creaciones. Por otro lado, rescatan culturas e historias que se cruzan, momentos que son devueltos a través de la música.