¿Habrá para Zannia un lugar en el Museo Afroamericano?

“Vine para decirles cómo me siento. Y siento que somos tratados diferente”. Con la voz entrecortada, la niña Zianna Oliphant comenzó con esas palabras el pasado lunes una alocución en la sede del ayuntamiento de Charlotte.

Ella es negra y vive, como todos sabemos, en una comunidad golpeada más de una vez por el abuso policial contra ciudadanos afronorteamericanos. Hace pocos días el asesinato de Keith Scott revolvió la ciudad.

El video del pronunciamiento de Zianna circula profusamente desde entonces en las redes sociales. Una etiqueta lo identifica como parte de la campaña Black Lives Matter (las vidas de los negros importan). “Es una vergüenza que maten a nuestros padres y madres, y no los podamos ver más”, dijo.

Lo acontecido en Charlotte es un ejemplo más del racismo persistente en un país que legalmente puso fin a la segregación con la aprobación en 1964 de la Ley de Derechos Civiles.

De Ferguson en 2014 a esta misma semana en San Diego, nada justifica ni el ensañamiento ni la brutalidad.

Es el reflejo de una perversión psicosocial y de un no resuelto desajuste estructural. ¿Una muestra? A pocas horas de los últimos disturbios en Charlotte, generados por la muerte de Scott, el congresista republicano por Carolina del Norte, Robert Pittinger, soltó en una entrevista con la BBC: “La gente de color odia a las personas blancas porque la gente blanca tiene éxito y ellos no”. Por mucho que después declaró que fue una frase impensada, debido al nerviosismo ante las tensiones raciales, la catadura moral de un sujeto que representa a la clase política quedó al descubierto.

Entretanto, a bombo y platillo, Obama inauguró el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, a poca distancia de la Casa Blanca. Tres pirámides invertidas —verdadero alarde arquitectónico— y 37 000 metros cuadrados albergan más de 34 000 exponentes.

Allí puede verse desde la reproducción de un barracón de esclavos en una plantación algodonera hasta el féretro de Emmet Till,  adolescente linchado en Mississippi en los años 50. Junto a estos testimonios dramáticos se exhiben también algunas frivolidades, como el sombrero de Michael Jackson y un vestido de Celia Cruz. Stevie Wonder puso la música.

Se echa de menos el discurso de Martin Luther King universalmente conocido como “Yo tengo un sueño” (I Have a Dream) con el que culminó en Washington la célebre marcha del Movimiento por los Derechos Civiles el 28 de agosto de 1963. Dicen que los herederos del activista pidieron una cifra exorbitante por el uso de esas palabras. Solo en 2038 las palabras de King pasarán a dominio público y podrán ser libremente utilizadas.

Pero estamos en 2016. No sé si el Museo posee, como otros, salas de exposiciones transitorias. ¿Cabría en una de ellas el discurso de la niña Zianna Oliphant, como para que no se pierda la memoria?