Hablando de Uruguay ¿Quién fue Elina Berro?

 

A Mónica, que está.
Al curso actual del Centro Onelio.

Hace diez años, durante la Feria del Libro de Buenos Aires, un editor me brindó la posibilidad de escoger un libro de entre los millares que se exponían en aquel recinto ferial. Siendo difícil la selección, me decidí por uno pequeño, cuyo título llamó mi atención y acrecentó mi constante anhelo por conocer humor literario: Humor a la uruguaya se llama. En él, aparece un solo nombre de mujer, Elina Berro. En aquellos momentos, luego de leerme su cuento “Cita con las musas”, no podía sospechar la importancia de quien fuera creadora de un personaje inolvidable para los uruguayos de los años 60.

Pasé mucho tiempo intentando averiguar sobre esta escritora, cuya prosa me fascinaba, y de quien solo conocía el relato ya citado. Un extraño velo cubría cualquiera de mis pesquisas: nadie recordaba ese nombre ni a su personaje. En varios encuentros sobre el tema “Literatura, Mujer, Humor” (muy escasos, por cierto, como si fuera un tema de poca monta), luego de exponer mi charla, solía terminar leyendo en alta voz “Cita con las musas”. Decía yo: “Por estar sola en este libro y quién sabe dónde más, y porque nadie parece recordarla, brindo homenaje a la uruguaya Elina Berro compartiendo la lectura de esta narración maravillosa”.

Quiso el destino que nueve años más tarde de mi descubrimiento inicial comentara mi frustrado intento por investigar sobre al parecer la única mujer uruguaya dedicada al humor literario. Me encontraba en Montevideo, y una de las ensayistas más agudas de esa ciudad, Rosario Peyrou, se asombró cuando me oyó mencionar a Elina. “! Claro, leí sus artículos en los 60, era amiga de Mario Benedetti, fue una mujer extraordinaria, estuvo detenida por entrevistar a militantes del MIR chileno, acaba de publicarse un libro que recoge sus textos! ¿Lo querés? ” Imagínense mi regocijo: No solo estaba hablando con alguien que recordaba los escritos de la intelectual humorística a quien perseguía, sino que tendría en mis manos todo un libro de ella.

Mónica por Mónica. Mónicas prontas de seguridad, de Irrupciones Grupo Editor, 2014, permite descorrer al fin los misterios que me impedían saber de Elina. Su nieta, la graduada en Letras Ana Fornaro, explica en el prólogo quién fue Mónica, cómo surgió el personaje, el contexto político de su época, y ofrece datos de la autora. Tengo la esperanza de que este libro sea publicado en Cuba (como decimos, “trabajaré en ese sentido”) y a modo de incitación, adelanto algunos elementos: Elina Berro nació en 1923 y murió a los 47 años. Bisnieta del presidente Bernardo P. Berro, se crió en la aristocracia uruguaya, ya sin el esplendor de antaño. A los 22 años publicó su primer artículo periodístico y no cesó hasta 1971, ya muy enferma. Cito información obtenida vía internauta: Mónica es el personaje delirante de la aristocracia vernácula que inmortalizó Elina Berro en los ’60, escritora y periodista que pasó por todas las redacciones de la época, compañera de Angel Rama, María Esther Gilio y Mario Benedetti, y única figura femenina dedicada al género humorístico en la prensa escrita, un espacio que luego de su paso quedó vacante durante años.

Un recorrido por las páginas de este libro, incita no solo a la risa, a la admiración por la habilidad de Elina para la ironía y el sarcasmo, sino también a adentrarse en la Historia del Uruguay: paso imprescindible para alcanzar absoluto dominio de los temas, personajes y situaciones que resultaron blanco de las burlas de Mónica (o sea, de su creadora Berro). Dicho personaje nació en las páginas de “Peloduro” (y aprendemos que se trata de una revista de humor creada por Julio César Suárez, conocido historietista que firmaba así, Peloduro, y también El Pulga y Pepe Repepe, cuya muerte prematura tronchó su brillante carrera en el humorismo gráfico, y a quien la propia Elina dedicara su primer libro de 1967,  Mónica por Mónica).

En la época de sus artículos posteriores (los que se agrupan en Mónicas prontas de seguridad), entre los años 1968 y 1969, el gobernante uruguayo Jorge Pacheco Areco, llamado “Bocha”, implementó lo que se dio a conocer como “Medidas Prontas de Seguridad”, de donde la escritora obtuvo, además de la idea de ridiculizar al presidente, el título de su segundo volumen de artículos. De hecho, uno de ellos se llama justamente así: “medidas prontas de seguridad”.

Al final del prólogo al libro que comento (como ya dije, unión de los dos que en vida publicara Elina Berro), Ana Fornaro menciona un nombre que enseguida salta a la vista: Mónica se murió un domingo de 1971. Le hicieron homenajes y todo (el entonces senador Zelmar Micheleni le rindió tributo) y después, bueno, llegó lo otro y todo se olvidó.

Zelmar Micheleni, senador y periodista, amigo de Benedetti y de Galeano, fue secuestrado y asesinado en Buenos Aires. Fue un activo político uruguayo formado en el Partido Colorado y miembro fundador del Frente Amplio. Con la llegada de la dictadura militar al Uruguay se exilió en la Argentina, en donde además de trabajar como periodista (cosa que ya había hecho en su país), se preocupó por buscar una salida democrática para la república oriental, y por difundir las violaciones a los derechos humanos en su país. Eduardo Galeano, en una cita que consta en el libro Maten al cartero, expresó: País de paradojas, digo, donde los asesinos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz pueden pasearse tranquilamente, impunemente, por las calles que llevan el nombre de Zelmar Michelini y de Hugo Gutiérrez Ruiz. El poeta Mario Benedetti escribió su poema “Zelmar” en mayo de 1976, días después del asesinato de Michelini.

Resulta obvia la postura ideológica de Elina Berro, y desde la atalaya que su clase de origen le permitía, con un fino sentido del humor, dedicó su inmenso talento de escritora a ridiculizar actitudes hipócritas, impostadas. Fue su trayectoria, sin dudas, ejemplar. Su irreverencia, su coraje para sobrevolar tabúes, su facilidad para crear el mundo-Mónica (como bien lo denomina Ana Fornaro), y que se compone del esposo del personaje, Macoco, su amigo gay, Terencio, su amiga snob, Bobbie, y su sirvienta Saturnia, la consagran como una maestra del género costumbrista.

Ojalá podamos cumplir el sueño de dar a conocer en Cuba tan notable escritora. Concluyo con un breve diálogo entre Mónica y Bobbie, que pertenece a la crónica “El honor es cosa de mujeres”:

[…]Siempre me he preguntado por qué las mujeres no nos batimos. Llamé a Bobbie para proponerle retarnos a duelo. […]

-Hay que levantarse temprano y salir a batirse a duelo, lo más depre que hay.

-¿Y por qué un terreno baldío? ¿No podemos batirnos en el living de alguien? No te digo el mío porque lo acabo de decorar al estilo rústico español y me daría lástima salpicarlo con tu sangre, pero…

-¿Sangre? –Yo me sobresalté. -¿Vos serías capaz de matarme, Bobbie?

-¡Por su! ¿No somos amigas de toda la vida?

Me corrió un frío por la espalda. Con razón las mujeres no se baten.