Guantanameras guajiras, gentiles bayamesas, magdalenas teatristas

Pueden ser casualidades o rarezas que pasan. El año 2017 irrumpió con la noticia de que a la actriz Fátima Paterson se le otorgaba el Premio Nacional de Teatro; pero anteriormente otras noticias también habían marcado la agenda nacional: la actriz Corina Mestre era reconocida con el Premio Nacional de Enseñanza Artística, y a la ensayista Margarita Mateo se le agasajaba con el Premio Nacional de Literatura. Además, era el año pactado para que las mujeres de teatro se reunieran en Santa Clara en el mes de enero: el Magdalena sin fronteras volvería a sacudir la rutina de la ciudad. El genio organizativo de la actriz Roxana Pineda abriría un espacio para el intercambio fraterno e inteligente.

La lista de actrices es extensa, pero la Historia la han escrito los hombres, y los textos  dramáticos también.El evento tiene características singulares, pues está concebido para subrayar el aporte femenino a la vida teatral. Ellas llevan la voz cantante en los debates, son la inmensa mayoría en los talleres y protagonizan las puestas en escena. Hasta ahora, la Historia del Teatro lleva signo masculino: Stanislavski, Meyerhold, Artaud, Brecht, Grotowski, Sófocles, Shakespeare, Ibsen, Strindberg, Ionesco. En esa pléyade apenas se inscriben nombres femeninos: Helen Weigel, Ellen Terry y Sarah Bernhardt son raras excepciones. La lista de actrices es extensa, pero la Historia la han escrito los hombres, y los textos  dramáticos también.

El carácter efímero del teatro y las dificultades para registrar, de manera eficaz, lo que sucede en escena, impide dejar constancia de las contribuciones de las mujeres al devenir de las artes escénicas. Llama la atención la diferencia con la danza, cuya historia no puede escribirse prescindiendo de las mujeres: Isadora Duncan, Martha Graham, Doris Humprey, Ruth Saint Denis, Pina Bausch, Twyla Tharp, Alicia Alonso, y un largo etcétera, marcaron hitos en la especialidad. Gozan del reconocimiento por eso, y hasta se han rebelado cuando han intentado borrarlas. Recuerdo el gesto osado, y dotado de cierto toque de humor, de la bailarina y coreógrafa Lorna Burdsall, quien tituló su autobiografía Más que una nota al pie [1], como respuesta a la subestimación con que fuera señalada en cierta reseña sobre su compañero de vida, el legendario comandante “Barbarroja”.

Lo más relevante de este encuentro es que reúne a mujeres de diversas latitudes, propicia el encuentro de colegas de profesión, favorece el intercambio de experiencias profesionales y de hojas de vida.

Lo más relevante de este encuentro es que reúne a mujeres de diversas latitudes, propicia el encuentro de colegas de profesión, favorece el intercambio de experiencias profesionales y de hojas de vida. El capítulo pedagógico goza de gran aceptación entre los participantes, y a las demostraciones de trabajo asiste mucho público, tanto como a las funciones. Danielle Santana, acompañada por Cleiton Pereira, del grupo Contadores de mentiras, de Brasil, expuso las maneras en que incorporan al entrenamiento las danzas afrobrasileñas, muy exigentes en términos corporales, al tiempo que enriquecen espiritualmente a los actores. El cuerpo entra en contacto con fuerzas ancestrales que forman parte del ser brasileño, a las que el racismo intenta borrar. Ella representó fragmentos de Curra-Temperos sobre Medea, en la cual asocia a la heroína griega con la orisha Oyá, la única divinidad femenina del panteón yoruba que va a la guerra. El grupo desempeña su trabajo en una comunidad alejada de la gran urbe que es Sao Paulo, cuyo desarrollo humano se verá fuertemente golpeado por los recortes a las inversiones sociales decretadas por el golpista Michel Temer, que privará de salud y educación a amplios sectores de ese país. El grupo les propone, a través del teatro, reivindicar su derecho a expresarse, a ser felices.


Ensayo de Rito de partida, de Daniele Santana del grupo Contadores de mentiras, para la Maestra Julia Varley.
Foto: Tomada de la página de Facebook del grupo.


La función de Don Quijote, historias andantes, de La Rendija/Silkateatro Andante, también convocó la atención del público. Sorprende la imaginación de la actriz Silvia Káter, desde la selección que hace de los pasajes de la famosa novela de Cervantes, hasta la utilización de objetos para convertirlos en personaje. La intérprete cuenta desde la cocina de la casa, espacio casi siempre habitado por mujeres, y desde allí da rienda suelta a su creatividad: piñas, pepinos, tomates, cebollas, calabazas, yucas, plátanos, cazuelas, sartenes, serán personajes teatrales antes de ser degustados por los comensales. Primero se alimenta el espíritu y luego se repleta el estómago, de esa manera Sancho y el Quijote siguen vivos en el siglo XXI, y el eterno conflicto entre la realidad y la imaginación adquiere nuevos matices.


Don Quijote, historias andantes, de Silvia Káter. Foto: Jorge L. Baños


Otro momento relevante fue la presentación del documental Estoy viva…lo voy a contar, de las realizadoras Ingrid León y Lizette Vila, duros testimonios de mujeres cubanas maltratadas por la vida y por las circunstancias personales y sociales: una marcada por el padre preso, la otra violada repetidas veces por su padre, la alcohólica, la cuidadora de la madre anciana, aquella a la cual separaron de sus hijas, la sobreviviente al cáncer de mama, la transexual. Es un abanico terrible —pocas veces reflejado en los medios de comunicación—, revelador del dolor de muchos seres humanos. La proyección de este audiovisual provocó un fuerte debate sobre algunas aristas de la realidad cubana.

Cuba tiene una situación sociopolítica que favorece la inclusión de las mujeres en el entramado social. Con derecho a las gratuidades en materias como educación y salud, con una educación laica en la cual hembras y varones comparten las aulas, con escalas salariales idénticas a las de los hombres, las cubanas tienen condiciones que propician el desarrollo humano. Sin embargo, hay atavismos que pesan. El machismo hace sentir su peso, las mujeres suelen llevar las riendas de los hogares —léase alimentación, limpieza, cuidado de niños, enfermos y ancianos—, además de cumplir con la jornada laboral. Es  decir, las dificultades económicas que golpean al país influyen directamente en el cuerpo y el alma de las cubanas. De ahí la importancia de que el arte se ocupe de los asuntos de mujeres, que competen a la sociedad toda.


Clausura  del evento. Foto: Jorge L. Baños


Favorable recepción tuvieron entre los espectadores Éxtasis, de Teatro Buendía, protagonizada por la maestra Flora Lauten, y Si el silencio supiera, unipersonal de Cristina Castrillo, actriz de extraordinaria trayectoria vital y teatral. Pero lo mejor fue la comunicación establecida entre las participantes, a pesar de que perduran actitudes patriarcales entre algunas Magdalenas, reproductoras de la verticalidad del poder imperante en nuestras sociedades, lo cual es incomprensible entre quienes exigen —y merecen— respeto y solidaridad. Eso revela cuánto queda por avanzar en esta materia, y confirma la necesidad de organizar reuniones como estas, del imperativo de emprender batallas en pro de la igualdad de derechos para todos, de que es preciso ser menos egoístas y más amables con el otro y la otra.

Las mujeres adornaron sus cabezas con el gorro color rosa y le dieron voz a los desfavorecidos, prometiendo ser la piedra en el zapato de la ola conservadora y retrógrada que azota al mundo.El día en que concluía la cita cubana de las teatristas, Donald Trump asumía la presidencia de los Estados Unidos. En La Habana se desarrollaba el 12 Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios Berta Cáceres Vive, al cual asistió Nalú Faria, dirigente brasileña de la Marcha Mundial de Mujeres, organización que desbordó las calles de grandes urbes del planeta con la expresa intención de rebelarse ante la intolerancia del magnate y de las fuerzas reaccionarias: “El incremento de la agresión a la mujer y el feminicidio parecen ser una respuesta a la lucha de las mujeres en contra de la violencia, al igual que el genocidio de las juventudes negras, la intolerancia contra la población LGBT en Estados Unidos, que se ha vuelto muy fuerte con la victoria de Trump, y todo lo relacionado con los emigrantes” [2]. Las mujeres adornaron sus cabezas con el gorro color rosa y le dieron voz a los desfavorecidos, prometiendo ser la piedra en el zapato de la ola conservadora y retrógrada que azota al mundo.

El Magdalena sin fronteras se sustenta en las posibilidades comunicacionales del arte teatral para contribuir a establecer nuevos paradigmas emancipatorios que, quizás, salvarán al planeta y a la especie humana.


Notas:
1. Lorna Burdsall: Más que una nota al pie, Ediciones Unión, La Habana, (2012).
2. Doimeadiós, Dianet: Nalú Faria, “El feminismo tiene que ser anticapitalista”. Tomado de Cubadebate, 26 de enero de 2017.