Gloria Rolando: una huella, un documento

Los cineastas asumimos como un regalo la existencia de documentos que sirven de punto de partida para el desarrollo de la obra cinematográfica. Son huellas de disímil naturaleza que tienen un claro valor historicista, cultural, político o sociológico. Estas enriquecen sus significados con la construcción de la obra fílmica en una cartografía narrativa que ha de transitar desde el inexcusable carril argumental.

En su desarrollo, el arte documental se erige con relatos vertebrados, construidos como pátinas de luz y sustantivos sonidos, cuya marca ha de ser un punto de vista, o más de uno, con personal mirada. A fin de cuentas estos son, tan solo, esenciales atributos distintivos de la no ficción. Pero se impone edificarlos con creatividad, renovada textura y claro compromiso con las bases de sus cimientos ideoestéticos.

Estas huellas multiformes las aprecian también los comunicadores, arqueólogos, antropólogos e historiadores junto a otros especialistas de las humanidades, más el lector que valora el origen, la ruta y el sentido de una singular construcción fílmica. Pieza cuyo arte se desgrana en una estela de encuadres y puestas con acento en la palabra y el signo, recursos que jerarquizan su naturaleza artística. En este tejer de simbologías, la memoria es parte de la génesis de la esencial expresión cinematográfica.

Ella persiste a pesar de los equivocados pronósticos de muerte desatados como sonadas crisis de renacidos ciclos, tras más de 100 años de andares. El cine documental evoluciona erguido, vital, definitivamente necesario; seguramente por esa virtud que le caracteriza, la de tocar en la llaga, arremeter contra los poderes globalizadores del capitalismo que pretende anular nuestras culturas: ricas, diversas, plurales, renovadas.

A manera de prólogo, sustantivos relatos y el imperioso epílogo, se revelan estas esencias creativas en el filme Diálogo con mi abuela, la más reciente puesta documental de la experimentada cineasta cubana Gloria Rolando, construida desde una huella secular.

En este filme la realizadora tomó los apuntes sonoros de una plática entablada con su entrañable abuela: la señora Inocencia Leonarda Armas y Abreu. Un diálogo que guardó en las texturas de una cinta de casete, que en nuestro presente se despliega con otras dimensiones, de renovadas certezas. Un texto vertido desde trazas narrativas con acentos biográficos.

Desempolvar los sustratos de un documento, ponerlos en tonos conversos y enrumbadas historias de vida, erigir discursos desde crecidas vertientes iconográficas y sólidas interrogaciones, son parte de los aciertos de esta pieza fílmica que afina las emociones calando en los recuerdos del silencio para construir memoria.

La autora ha narrado su historia desde las fuerzas estéticas que jerarquizan lo transcendente en el abordaje de un tema, o muchos. Todo ello forjado por una escritura de claro humanismo y reveladas emociones, imprescindible para tocar los más recónditos vericuetos de nuestra cultura social.

Los sentimientos discurren desde los pastos de la evocación, la necesidad de historiar los orígenes de su familia y apuntar sobre esenciales capítulos de la racialidad; sin desconocer algunos episodios de la nación cubana, edificados como obra de arte a partir de recursos ideoestéticos contemporáneos.

En este documental lo onírico entronca con la metáfora, ante la ausencia de su abuela. Las historias ficcionadas son escritas con trazas de luz y sobrias reconstrucciones de época, erigidas desde los tapices del ya mentado recurso del documento. Sin dudas, atinadas estrategias discursivas y soluciones dramáticas reconocidas en este género cinematográfico.

La fascinación por las fotos de la protagonista pintadas como exquisitas puestas en escena, el diálogo fortalecido por la grabación revelada, los interiores de “su casa” reconstruidos en algún lugar que engarza con los espíritus de su querida Inocencia, son parte de esa arquitectura narrativa que busca legitimar lo pasado y trascendente.

No se trata de pintar con aires de virtualidad o falso goce de lo antiguo, se empeña y logra poner en primer plano las palabras de una mujer sabia que vivió los ardores de una época (principios del siglo pasado) marcada por la discriminación, la exclusión social y el agrio sabor de ser pobre.

El Grupo Vocal Baobab, invitado por la realizadora de este filme, es convocado para interpretar cantos tradicionales del espiritismo cubano. La agrupación protagoniza varias transiciones como acertado recurso narrativo y de puesta en escena. Sus integrantes asisten dotados de una singular teatralidad que se revela como entonaciones reflexivas, vitales para hacernos transitar por los variados ejes temáticos donde lo anecdótico evoluciona por esa intencionada búsqueda de lo significante. La presencia de la agrupación en espacios interiores y escenarios naturales responde al empeño de componer una diversidad visual, coherente con el trazo expresivo del filme y con la historia socio-biográfica de la abuela.

Inocencia es también un pretexto para situar en nuestra memoria presente pasajes poco acreditados por la historia. Son sucesos vividos o conocidos por la protagonista que la autora del documental escribe poblados de argumentos, fortalecidos por un trabajo de investigación en el que la lente fotográfica y el pensado montaje se revelan como ejemplares actores.

Las sociedades clasistas de principios del siglo XX de la natal Santa Clara de su abuela, las maneras en que fueron abordados por los medios de la época los conflictos y las diferencias sociales que les caracterizó, la fotografía de la exclusión por el color de la piel, son parte de ese abanico argumental construido con un discurso de sentido aplomo, pero también de entereza, de indignación ante los pretéritos hechos que, al ser revelados, invitan a buscar otras lecturas sobre esas epopeyas, narradas en este filme como apuntes cursivos de valor historiográfico.

La ficción como puesta en escena, la jerarquización de los mentados documentos, el entrecruzamiento de la gentil voz de la abuela son partes de ese mejunje integrador que busca trasportar a los espectadores contemporáneos a los espíritus de una período consumado. Un diámetro cinematográfico donde la música toma particular fuerza acompañada del bolero y el danzón, géneros musicales erigidos como voces y aliento de su tiempo.

Subyace también otro tema en Diálogo con mi abuela, un asunto que importa en una etapa en la que los valores transitan caóticos y esquivos: la familia, ese espacio vital de luz y palabras, de enseñar y aprendernos desde la virtud y el respeto por nuestros padres, nuestros ancianos, nuestros más ejemplares ancestros. Este asunto es tejido ante los lectores desde una medular escritura donde la cineasta, por momentos, esjustificada protagónica.

Son textos emplazados, asistidos por fotos y anécdotas que se avistan en tono de símil hacia los derroteros de nuestro presente. Gloria Rolando alerta y ejemplifica la necesidad de jerarquizar ese gran corazón de la sociedad cubana y el de todas las sociedades.

Es parte de los cometidos de este filme subrayar la legitimación social y cultural de nuestros afrodescendientes en la sociedad cubana contemporánea. Lo simbólico es tomado como recurso por la documentalista para entregarnos una escena cargada de indignación. Figuras de artesanía que hoy se comercializan en espacios turísticos con empaques pensados y proyectados para “reflejar” la cultura de la Isla, son arremetida contra el suelo en claro mensaje contra el estereotipo o lo marcadamente sexista.

La virtuosa creadora fustiga la vulgarización y el facilismo “estético”, ese que pretende inocular el mal gusto con figuras maniqueas y adornos generadores de propuestas estériles, claramente mediocres. El argumento comercial no vale para sostener su presencia.

Esta meritoria producción cinematográfica que ha contado con el respaldo del ICAIC, se incorpora como renovado apunte para reflexionar entre nosotros sobre ciertos comportamientos subyacentes en la sociedad cubana contemporánea, donde afloran claras expresiones discriminatorias, racistas, inaceptables para la obra y la historia de la Revolución, forjada por la hidalguía y el talento de sus mejores hijos.