Giovanni en tres actos

El teatro, a oscuras, apenas deja ver las sombras que tras cortinas se posicionan antes que el cordel descorra el telón. Poco a poco el preludio elegíaco anuncia y da paso a una fiesta de campesinos, que como golpe luz, irradia todo el escenario. El público mira, encantado, los bailes, el carácter franco y extrovertido de las bailarinas que simulan bandada de cisnes en el ocaso melancólico. Todos están imbuidos en una atmósfera sonora y visualmente irresistible. Pero casi nadie se fija en el foso; en la decena de músicos que, de igual forma, observan encantados pero a aquel hombre alto que con batuta en mano intenta volar con los cisnes, sostenerles el ala, darles el tiempo necesario para el desplazamiento frágil, tenue.

Al director de la orquesta sinfónica de un ballet casi nadie lo mira en un espectáculo. No lo notan. Aunque su música, o mejor decir, su dirección musical, es omnisciente, omnipresente. 

Al director de la orquesta sinfónica de un ballet casi nadie lo mira en un espectáculo. No lo notan. Aunque su música, o mejor decir, su dirección musical, es omnisciente, omnipresente. Al director de la orquesta sinfónica de un ballet no le piden autógrafos. Aunque su currículo compite en tamaño con el más enjundioso portafolio de cualquier primera bailarina, apenas es una línea, cuando más un párrafo, en las reseñas de las puestas en escena que aparecen en los diarios y folletines culturales. Al director de una orquesta sinfónica de un ballet le endilgan el mal desempeño cuando la interpretación coral no merece palmas; pero cuando la soltura musical conduce la interpretación más versátil, apenas le califican de excelente “acompañamiento”. Giovanni Duarte, al frente de la Sinfónica del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”, lo sabe, lo sufre.

Primer acto

El príncipe Sigfrido hace su entrada. Próximo está a cumplir años, y la Reina Madre le ha pedido que elija esposa. La trama empieza: el roce de las zapatillas con el tablón se camuflan con el sonido que emerge —misteriosamente— de abajo del escenario. Los directores como Giovanni Duarte hacen notar la presencia irrefutable de su orquesta, aunque estén en el anonimato visual. Lleva 15 años en el atril principal. Sabe cómo hacerlo.

“Descubrí un mundo totalmente diferente. Era casi mágico llegar a una función en el Gran Teatro, con una sala repleta. Personas sentadas en el pasillo, en la escalera, la euforia de las presentaciones”.

Había empezado a estudiar música desde primer grado. Sus primeras incursiones fueron con el violín y el piano. Luego se sumó la percusión que continuaría hasta sus años en la Escuela Nacional de Arte. En 1994, por casualidad —que casi fue causalidad, se pudiera pensar— inició su servicio social en la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana. “Juro que antes de ese momento no había tenido ningún tipo de contacto ni con la ópera ni con el ballet”, asegura sin vacilar. Ni siquiera había entrado nunca a un teatro. “Mi primer día fue justo cuando ensayaban para un festival de ballet”. Su primer ensayo fue puramente destino: El lago de los cisnes.

“Descubrí un mundo totalmente diferente. Era casi mágico llegar a una función en el Gran Teatro, con una sala repleta. Personas sentadas en el pasillo, en la escalera, la euforia de las presentaciones”.

Y el aprendiz, se hizo maestro. “Poco a poco, me enamoré del repertorio que se hacía y, sin quererlo, aprendí todas las partituras de memoria. Llegó un momento que los mismos músicos me preguntaban, cuando querían recordar algún fragmento de una obra”.

Su ingenio enciclopédico fue tal que los propios compañeros de trabajo le aconsejaron perfeccionar estudios. Convencido, motivado, aplicó a las pruebas de aptitud y matriculó, de 1998 a 2003, Dirección Orquestal en el Instituto Superior de Arte, bajo la guía del maestro Jorge López Marín.

Resultó esa una etapa fecunda. Coincidió su desempeño como percusionista en la orquesta del Gran Teatro, con semejante labor en la Sinfónica Nacional y sus estudios superiores. “Una de las cosas que influyó en mi carrera fue el trabajo de base. Para un director es fundamental haber sido músico de atril”.

Ya para su tercer año en la carrera estaba ansioso por dirigir su primera pieza. La oportunidad se llamó Los millones de Arlequín y se nombra Enrique Pérez Mesa, la persona que le dio el voto de confianza inicial.  

Segundo acto

Un mundo fantástico aparece con cada pliegue de cortina descorrido. La coreografía dibuja cisnes desde el énfasis en la línea recta. Las luces despejan triángulos, diagonales, cruces en filas excepcionalmente desempeñados por el cuerpo de baile. Y está Sigfrido, el amor, Odette, el mago Rothbart. La música le brinda estructura a una historia que plásticamente se sumerge en ese reino mágico, maléfico a la vez. Porque la música es imagen, es idea, es sentido. 

Giovanni intenta dibujar cada pas de deux sonoramente. Los bailarines se lo deben en parte, aunque la mayoría de los elogios sean para ellos. 

Es por eso que desde el 2001, Giovanni intenta dibujar cada pas de deux sonoramente. Los bailarines se lo deben en parte, aunque la mayoría de los elogios sean para ellos. Del desempeño de Giovanni y sus músicos depende un por ciento estimable de la maestría ejecutoria del BNC en Cascanueces, Giselle, Coppelia, Don Quijote, La Bella Durmiente, La fille mal gardée, Las Sílfides, Petroushka, Carmen

“Desde que quise ser director, empecé a ir a clases de ballet. Al principio, por supuesto, no sabía nada. Veía las partituras y solo pensaba ´aquí el bailarín se mueve hacia la izquierda; en esta otra parte gira hacia la derecha´. Ahora conozco los pasos técnicos”.

A los pocos meses de dirigir musicalmente las puestas danzarias, la ópera le abrió puertas en el propio coliseo, tanto así que en su repertorio activo Giovanni cuenta con más de 40 piezas de gran magnitud interpretativa.

“Después de estos años he comprendido que la ópera y el ballet son muy semejantes; para un director hay principios que son elementales y se pueden aplicar a las dos manifestaciones. El bailarín interpreta la música con el cuerpo, el cantante con la voz. Si el bailarín necesita aire para terminar un salto; el cantante hace lo mismo para entonar una frase más larga”.

Hay directores que cuando llegan al foso miran la partitura, a la orquesta y no ven lo que pasa arriba. Pero los músicos no saben lo que sucede en el escenario. Eso depende del director; él es como un mediador entre la orquesta y la obra”.

Él escudriña todos los secretos. “Si quieres hacer un buen trabajo, tienes que estar en los salones de clase y en los ensayos. Debes implicarte. Hay directores que cuando llegan al foso miran la partitura, a la orquesta y no ven lo que pasa arriba. Pero los músicos no saben lo que sucede en el escenario. Eso depende del director; él es como un mediador entre la orquesta y la obra”.

Tercer acto

Llega el baile. Y con él la gracia interpretativa del pas de deux, de notable dificultad técnica, entre Odile y Sigfrido. Todos esperan ansiosos la famosa secuencia de sautés arabesque sur les pointes. Tan grácil, tan borroso que parece un tiempo detenido. O mejor decir, Giovanni y sus músicos detienen el tiempo en la sala Lorca.  

“Llevo tantos años trabajando con la compañía que conozco la dificultad de un paso en específico, el esfuerzo que demanda. Todos los bailarines no son iguales. Hay algunos que por sus condiciones físicas hacen giros más lentos; otros tienen más balón (esa sensación del aire que simula suspensión). Existen quienes si tocas la música muy rápido no les da tiempo; y aquellos que con una interpretación más pausada, se van de la música. Que no pase eso es trabajo del director musical”.

Por eso le molesta el término de “acompañante” que subvalora la dimensión real de la labor orquestal. “Somos parte ineludible de los espectáculos, de la historia de este teatro. No ´acompañamos´; trabajamos en conjunto con el bailarín, con la escena, con el diseño de luces. Es dimensión protagónica, no complemento ni añadidura”.

Giovanni insiste en ello desde que aquel 1994 pisara por primera vez el foso del Gran Teatro, “la casa del ballet y la ópera en Cuba”, como le gusta llamarlo. Allí se hizo músico, director, hombre.

Porque la historia de un teatro, como la propia civilización, la hacen los hombres y mujeres. Y si antes el Gran Teatro era conocido por la actuación de la bailarina Anna Pavlova y el tenor Enrico Caruso, la fase actual del ahora “Alicia Alonso” la escriben artistas como Duarte.

“La reapertura ha sido otro comienzo. Antes de cerrar habían muy malas condiciones; y abrir con las facilidades actuales, con un salón de ensayo completamente nuevo, oficinas, camerinos, mobiliario moderno, genera la responsabilidad enorme de tener una orquesta a la altura”.

Sus grandes estrenos han sido en el coloso habanero, aun cuando ha visitado más de una quincena de países, y dirigido similar cantidad de sinfónicas. Quiere también que sus sueños se cumplan allí.

En el 2012 en una entrevista confesaba que entre sus grandes anhelos estaba dirigir La Bayadera, Romeo y Julieta y el Réquiem de Verdi. Los dos primeros todavía son poco probables; el último quizá se cumpla este año, y anhela sea en su casa musical. “Para la próxima entrevista, periodista, esperemos que ya estén todos cumplidos. Que sean otros los sueños”, sonríe.

Epílogo

La atmósfera sublunar se dispersa. Sigfrido logra vencer a Rothbart y conjurar el hechizo. Los cisnes, con cada acorde, retoman figura humana. Desaparecen las ruinas; las gráciles figuras, Odette se desliza con cada melodía de la partitura de Chaikovski… hasta el final.

Los aplausos parecen reventar la acústica del propio teatro recién inaugurado. Casi nadie mira al interior del foso una vez se apagan las luces. Siempre el protagonismo lo tienen los bailarines; pero Giovanni y sus músicos no celan, saben que parte de esas aclamaciones son suyas también.