Gema de Cuba: Testimoniar desde la emotividad
Fotos: Roberto Garaicoa. Tomadas de Cubadebate
 

El trazo personal en la articulación del documental es uno de los rasgos característicos del género; un precepto que no entra en contradicción con la naturaleza colectiva de su realización, con los muchos que participan y aportan a su evolución hasta el arte final.

A la no ficción se le atribuyen singularidades en la composición, excepcionales soluciones estéticas o modos narrativos de desarrollarla, capítulos esenciales que la redimensionan como puesta audiovisual. Son también parte de los predios distintivos que afloran desde las raíces del creador el sello, el acabado tono, el sentido sociológico, cultural e ideológico de la obra, la intencionalidad de su escritura.

Desde una mirada global, los documentales han de ser textos contrastables, icónicos, sugerentes, sentidos. Todos estos atributos parten de un guion o escaleta que sirve de ruta, de un mapa de singulares estructuras muchas veces cartografiado por apuntes, entrelíneas, dibujos de valores o signos  vestidos con recortes.

En el proceso de montaje quedan los descartes que podrían habitar en otros soportes estéticos: piezas literarias, pictóricas, periodísticas o performances, entre otros. Todos ellos se integran en esa necesaria biblioteca cada vez más digital (concebida para la socialización del conocimiento y la memoria colectiva) que el tiempo redimensiona, multiplica en archivos globales.

Las emociones en los filmes documentales no entran en contradicción con sus vitales esencias, no deslegitiman la veracidad del discurso, aunque la estructura narrativa que define al género ha de responder a los términos que le son propios. Algunos de ellos son la veracidad, el uso de las fuentes, el compromiso con los principios del periodismo; sin olvidar la construcción jerárquica de los argumentos que sostiene la pieza fílmica, elementos recurrentes para que la narración se arrope de legitimidad discursiva y vigencia frente a la historia que juzga, hace preguntas.

Todas estas ideas entroncan con la emocionalidad que distingue la obra documental de la cineasta norteamericana Estela Bravo. Una sustantiva filmografía que ha contado con la escritura cómplice de su compañero, el argentino Ernesto Bravo, hacedor de historias, narrativas, discursos; cultor de palabras hechas imágenes universales, imprescindibles para la memoria social, política y cultural de Cuba y de nuestra América.

Los que se fueron (1980), Una bella misión (1982), Los marielitos (1983), Niños desaparecidos (1985), El regreso a Chile (1986), El santo padre y la gloria (1986), Niños endeudados (1987), Miami–La Habana (1994), Los excluibles cubanos (1994), Fidel. La historia no contada (2001), ¿Quién soy yo? Los niños encontrados de Argentina (2007), Operación Peter Pan (2008), son tan solo 12 filmes escritos por estos cultivadores del género como selecta antología de una obra mayor, signada por esa explícita sensibilidad y el renovado talento que acompaña a los esposos Bravo, unidos también para hacer con su arte una humanidad mejor.

Sobre Estela Bravo excepcionales intelectuales se han expresado con curtida oralidad y encendidas adjetivaciones que dimensionan la hondura de su labor cinematográfica. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, el cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, el folklorista norteamericano Pete Seeger, el también escritor uruguayo Mario Benedetti, el dramaturgo inglés Harold Pinter, el poeta cubano Nicolás Guillén o el cineasta argentino Eliseo Subiela, son tan solo algunos de los que forman parte de ese abanico de construcciones discursivas que dibujan las fortalezas de la cineasta. Hombres y mujeres universales de agudas palabras que expresan probadas certezas de ejemplares síntesis a tono con su labor creativa.

De todas ellas, la más completa y que entronca con su filme Gema de Cuba (2016) es la sentencia expresada por la escritora norteamericana Alice Walker, quien desnuda con llano desenfado y estatura intelectual a la documentalista: “Los filmes de Estela Bravo son la obra de un corazón inteligente; es conmovedora, informativa, desafiante, todo a la vez; el espectador se siente igualmente tan inteligente y compasionado-firme, como ella es”, revela la autora de El color púrpura.

Estos son parte de los atributos y valores presentes en el más reciente documental de Estela Bravo, narrado en primer plano con los excepcionales testimonios de sus protagonistas, con los documentos que habitan en esta puesta, tejido con una estructura redimensionada, jerárquica, discursiva. Son historias y hechos que hasta hoy fueron revelados en parte, siempre inconclusos, y que el tiempo ubica en la memoria de nuestras vidas, en el evolucionar de nuestras palabras, de nuestros encendidos argumentos.

Gerardo Hernández, un cubano luchador antiterrorista y su esposa Adriana Pérez son el punto de partida de esta historia fílmica. Él es un excepcional hombre que estuvo preso injustamente por más de 15 años en las cárceles de los Estados Unidos.

Desde sus argumentos el documental evoluciona y se fortalece. En él se revelan intimidades, recuerdos, adversidades, empeños de un héroe que supo penetrar en el entramado de los grupos terroristas cubanoamericanos radicados en Miami. Un combatiente de la Revolución que con su hacer, junto a otros cuatro compatriotas, desarticuló varios planes violentos organizados contra la Isla, que hubieran anulado la vida a hombres y mujeres de la nación cubana.

Estela dibuja, hurga y discrimina en tono fotográfico la sensibilidad de sus personajes. Para su documental se apropia de gestos cautivos, sentidas palabras, llantos que son partes de las huellas de un recuerdo dimensionado, de muchas evocaciones puestas en el virtuoso tejido del documental como parte de una delgada (y bien construida) pátina que subraya las sobrias envolturas de su texto audiovisual.

Emplaza a los protagonistas ante las cámaras de multiplicados encuadres, ubicando los silencios como nítidas transiciones de entregas que tienen letra propia. Son secuencias que engarzan un pasaje con otro, que no siempre respetan la temporalidad, la evolución de los hechos. Se apega a significar lo que resulta esencial, a revelar en el recuadro cinematográfico lo verdaderamente trascendente, lo probadamente icónico.

En este documental las escrituras cinematográficas son de acento biográfico, de valor historicista, imbricando lo periodístico con lo asertivo del género, ese que responde a los preceptos de la verdad. Se impone lo ético en esta pieza. La narradora fílmica teje con sobrio cuidado las experiencias vividas por esta pareja de cubanos con apego a la lealtad y a los principios que ellos defienden, en sintonía con el discurso de valores humanos predominante en cada minuto de este audiovisual.

Para el testimonio, Estela y Ernesto Bravo apelan en el documental Gema de Cuba a una cuidada presencia de otros participantes. No se regodean en una suma abarcadora de entrevistados como recurso fortalecedor de los argumentos del filme. Cuatro, más bien cinco, son suficientes para cerrar esta pieza.

Con una aparición indistinta, equilibrada, gráfica, les dan voz a dos intelectuales y políticos, protagonistas de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos: Ricardo Alarcón, expresidente de la Asamblea Nacional de Cuba y Wayne Smith, exjefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en Cuba.

Ellos son convocados para apuntar sobre algunos hechos vinculados en torno a la vida de Gerardo y Adriana, y sobre algunos pasajes de la historia entre los dos países. Pero además, para abundar sobre el rol de los otros cuatro combatientes antiterroristas de la Revolución cubana que junto Gerardo Hernández Nordelo ostentan, merecidamente, el título de Héroe de la República de Cuba: Antonio Guerrero Rodríguez, Fernando González Llort, Ramón Labañino Salazar y René González Sehwerert.

Los cinco son parte consustancial de la historia del filme, no solo en imágenes, también desde el sentido testimonio de Gerardo Hernández que tuvo palabras de oronda envoltura para sus compañeros, hombres de lucha y honor que vivieron el injusto cautiverio.

Siguiendo la traza de los testimonios, Estela Bravo pone en cuadro apretado al Senador de los EE.UU., Patrick Leahy, y a su esposa Marcel. ¿Por qué la realizadora audiovisual hace un aparte con estos entrevistados en esta pieza fílmica? ¿Qué significado encierra en la historia de Gerardo y Adriana el matrimonio estadounidense?

El protagonista cinematográfico de esta entrega documental estaba condenado a dos cadenas perpetuas, más 15 años de prisión por cargos que no tenían ningún sustento jurídico, una condena que le imposibilitaba su retorno a Cuba. En este plano de la historia se ubica Adriana, empeñada, aun en estas circunstancias, en fundar una familia. Un asunto de claro cimiento humano, limitado por el agravante de que en las leyes federales de esa nación se destierra toda posibilidad de visitas conyugales.

Patrick y Marcel Leahy responden a esa demanda de Adriana y median en la materialización de un gran sueño, cuyo final fue el nacimiento de Gema. La cineasta documental significa un capítulo relevante, universal: lo humano ha de predominar en las relaciones entre los estados, los gobiernos y sus pueblos.

Se impone un aparte sobre Danny Glover, el actor norteamericano que hizo suya la lucha por la liberación de los cinco antiterroristas cubanos. Estela y Ernesto Bravo desdoblan la cámara para poner en lugar la figura de este hombre leal, comprometido, sensible. Desde esos atributos lo retrata la pareja de cineastas con una simbiosis de planos reporteriles equilibrados con la entrevista vibrante, biográfica.

El pliegue narrativo en estas escenas subraya la solidaridad de este gran hombre que puso en valor la constancia de su entrega, el sentido de sus actos por la liberación de cinco cubanos. En estas escenas, impera el desenfado, el desdoblado recuento, la emotividad discursiva, la búsqueda de la palabra precisa, las razones de su complicidad.

Son secuencias erguidas en las que subyace un asunto mayor: la inmensa solidaridad internacional que secundó esta lucha y que los cineastas montaron sin lecturas panfletarias, sin textos inflados, tan solo con la sobriedad que saben dejar los planos humanos de la vida. Apuntaron hacia lo esencial, la apuesta de un hombre universal por los cauces de la verdad y la justicia. Todo ello sustentado por fotografías que revelan su confabulación por la felicidad de una familia.

Tras el visionaje del filme cabe preguntarse sobre las motivaciones que impulsaron a sus creadores para la realización del documental. Gema, la hija de Gerardo y Adriana es un buen pretexto, un punto de partida. Ella es la mejor expresión de la felicidad de una familia, de un sueño hecho verdad. Significa la concreción de una victoria y el comienzo de una vida, otra etapa en la existencia de esta pareja de jóvenes cubanos comprometidos con su amor y con las ideas que comparten.

La obra pone en primer lugar a la solidaridad como expresión humanista que caracteriza al pueblo cubano; signa a la familia como esencial espacio donde han de forjarse los valores de la sociedad; revela capítulos trascendentales de la historia de nuestra isla sellada por la hidalguía y la entrega de muchos hombres y mujeres en diferentes períodos históricos.

Estela y Ernesto Bravo escriben un documental firmado bajo el compromiso, no siempre rubricado por otros cineastas, de asumir una postura, una entrega vinculada al arte revolucionario, a los preceptos de una nación que los ha acogido como hijos ilustres tras más de cinco décadas de hacer por ella y por las causas más nobles que aún laceran a nuestro planeta. Estela y Ernesto Bravo han hecho suyo ese principio martiano que sentencia: “Patria es humanidad”.