Gallego vuelve a los lectores

“Una idea fija cambia el destino de un hombre”. Con esa oración comenzamos a escuchar la voz de Manuel, el protagonista de Gallego, que solo nos abandona cuando al final expresa, como quien habla consigo mismo: “Y no digo nada. ¿Qué voy a decir ya?”.

Si me fuera dado responder a esa última pregunta, no vacilaría en señalar: “Has dicho bastante, Manuel, lo mucho y necesario, lo humano y divino, todo lo que te ha sido dado contar de tu paso por el mundo”.


Edición cubana de Gallego
 

Gallego, de Miguel Barnet, puede ser considerada una historia de vida, si nos atenemos a la preceptiva de un método usual en la antropología, en tanto repasa una experiencia desde el yo íntimo hasta cuantos entran en relación significativa con esa existencia, y comparte la visión subjetiva con la que un individuo se ve a sí mismo y a los demás.

Pero el relato no es una fría sucesión cronológica que obedece a un prontuario metodológico. Cabe en el campo que el autor ha definido como novela testimonio. Barnet ha dicho de sí: “No soy un escritor puro (…), he intentado conciliar las tendencias sociológicas y antropológicas con las literarias, convencido de que andan juntas por cavernas subterráneas, buscándose y nutriéndose en jubilosa reciprocidad”.

Gallego es de principio a fin una novela, con o sin apellidos. Tiene de aventura y picaresca, de realidad y fantasía, de introspección psicológica y observación sociológica. Tiene drama y romance, lances bufos y tintes trágicos. Eso sí, fiel a la concepción de su autor, es “la representación de un mundo al revés”.

La primera edición cubana de la obra data de 1983, pero dos años antes había comenzado su andadura pública en España y Alemania.

En la primera de las cinco partes del relato, Manuel se remonta a la aldea gallega de principios del siglo XX, tras el descalabro de los últimos vestigios del colonialismo español. Una Galicia árida, áspera, sin horizontes, que empuja al protagonista a buscar nuevos caminos en la que fue la última joya trasatlántica de la metrópoli.

“La travesía”, segundo momento, nos enfrenta a la vastedad oceánica y la noche, a la borrasca y la incertidumbre, al contrapunto entre la soledad y la solidaridad.

Cuerpo central del relato lo constituye “La isla”, precedida por una enigmática cita de Rosalía de Castro: “Pasan en este vida cosas tan extrañas”. Una Habana calurosa y bulliciosa, estratificada socialmente y de paisaje multicolor, acoge al inmigrante que se va aplatanando como un hombre que no olvida su raíz mientras comienza a cultivar otro sentido de pertenencia. Manuel regresa a la aldea en la cuarta parada del libro; la comarca pontevedrina lo ahoga, casi literalmente, al inhalar el polvillo de la harina. Salta a Madrid y el estallido de la guerra que asesinó a la República lo empuja nuevamente a la Isla.

En “La vuelta”, capítulo final, Manuel cuenta: “Esta vez sí que venía con una mano adelante y la otra atrás (…) Pero tuve más acogida”. Son los años del reencuentro y la fundación de la familia cubana, la etapa de un resumen que se abre, que no concluye en medio de cambios políticos trascendentales que inciden en la vida de Manuel y los suyos.

¿Es Manuel un personaje real como lo fue Esteban Montejo, el de Biografía de un cimarrón? Confieso que desde la primera hasta la última página de la novela dejó de interesarme el dato. O mejor, me formulé al personaje en otros términos: Manuel pudiera ser, de hecho lo es, la suma de muchos Manueles, como también Gundín y Fabián se multiplican en el espejo de los miles y miles de gallegos que emigraron a Cuba en las primeras décadas de la pasada centuria. Aunque en la lectura Manuel se me haga criatura de carne y hueso, cojo, servicial, enamoradizo, filósofo, multioficio, luchador, y sobre todo, hombre de dos Patrias compartidas.

Si Gallego resulta literariamente eficaz es porque Miguel Barnet logra afinar los recursos expresivos. El crítico gallego Xosé Lois García realizó una aguda comparación:

Balzac quiso hacer un estudio novelado de la sociedad francesa de su tiempo y en parte se frustró la idea. En las novelas galdosianas encontramos una carga de realismo, fruto de la inventiva del propio Pérez Galdós que persistió en utilizar modelos demasiado estáticos para encasillar el protagonismo de ciertas clases sociales que tenían una funcionalidad dinámica e incluso una predisposición revolucionaria. Barnet es diferente, su Gallego proclama esa movilidad, no de una forma lineal, sino en zig-zag, incorporando elementos nuevos sin disgregar cada uno de los mensajes que el protagonista de la novela jerarquiza cuando Manuel Ruiz cuenta sus propias historias en un lenguaje asequible a las circunstancias y a las emociones que desea transmitir.

En la novela Barnet refrenda un punto de vista que inauguró con Biografía de un cimarrón: sustraer su presencia como autor del texto narrativo. A ello se refirió la ensayista norteamericana Rosemary Geisdorfer Feal al anotar que “Barnet cede autoridad discursiva al protagonista y relega su voz a un segundo plano”. Esto implica una férrea voluntad escritural de un autor al que Eduardo Galeano atribuyó dos cualidades esenciales: ser un certero escuchador y, a la vez, decidor de palabra clara.

La nueva edición de Gallego, publicada por Ediciones Cubanas de Artex, al cuidado de Berta Hernández y con un prólogo debido al profesor y crítico José Antonio Baujín, conquistará seguramente nuevos lectores que descubrirán la obra de un poeta comprometido con su (nuestra) identidad.