Frente a mi plato

Una mañana reciente me despertó el olor de la sazón de una de mis dulces cuñadas. Primero me moví en la cama con incomodidad, como si el recio anuncio de los ingredientes fuese primo hermano de la música exultante de alguno de los vecinos o del grito sistemático de esa madre que llama a la hija para la escuela (noble acción), pero despierta a media cuadra: fea costumbre. Sin embargo, a la segunda irrupción del sofrito empecé a disfrutar un poco mi prematuro “de pie”.

Soy reconocido como comilón por las libras sobrantes y por aquella película, Clandestinos, en la que evocaba, en medio de una huelga de hambre, las delicias de la comida criolla. A más de quince años del estreno de la cinta de Fernando Pérez, no pasa una semana en que me recuerden en plena calle el fervor con el que mi personaje soñaba con un humilde “cubito de potaje”. A partir del éxito del film, cuando alguien me invitaba a comer me ponía delante un plato humeante de frijoles negros, garbanzos o chícharos. Confieso que a veces debía hacer un leve esfuerzo, pues la potajada sola no es lo que prefiero, si no se hace acompañar del sobrio pero fragante arroz blanco.

Parece que nos viene de los chinos esa vocación por el arroz en todas sus formas y todos los días. Leí alguna vez que nuestro trauma arrocero tiene que ver con el sistema de alimentación de la economía de plantación. Al hacer un menú para decenas de hombres, el arroz resultaba sencillo de elaborar y demostró su capacidad para llenar la barriga sin muchas exquisiteces o remilgos. Yo soy fiel heredero de aquellos sudorosos trabajadores o chino de alma sin ojos rasgados. Recuerdo que en las Canarias —rodeado de familia, melancolía y también de sólidos manjares— llegué a extrañar, casi de forma convulsiva, el arroz nuestro de cada día. Allá en Tenerife la papa es la que reina en la mesa. Cuando hice más confianza con mi estelar prima Maruca, o con la sonriente Concha Concha, les susurraba a la hora del desayuno: “¿por qué no cocinas un poquito de arroz, aunque sea solo para mí?”.

Los cubanos que ahora andamos entre la treintena y la cincuentena  tenemos la cultura alimentaria de la bandeja o al menos estamos influidos por ese objeto de metal con compartimentos bien definidos para los distintos platos, que se reciben de forma colectiva y simultánea. En días de beca o de Plan la Escuela al Campo, vi sufrir a condiscípulos de limitado comer y también asistí al proceso mediante el cual incorporaban a su dieta platos y variantes que en la casa “el niño” no comía, más por malacrianza que por gusto o elección. Nunca he despreciado una buena y humeante bandeja. Claro, debo citar una frase que se dice en mi familia cuando la calidad de la oferta torna difícil el necesario yantar. Si mi hermana o una prima van al comedor de su centro de trabajo, y ese día la bandeja viene poco atractiva, exclaman con la rapidez de una frase hecha: “Esto está que no se lo come ni Amadito”.

Publicado en el número 161 de La Jiribilla.