Fotos de grupo

En la imagen se aprecia una formación habitual que estaba precedida por la voz de mando del director de la Cruzada Emilio Vizcaíno: “¡Se va a descargar el camión!” Hacíamos una cadena para pasarnos los bultos hasta el lugar donde íbamos a dormir. Descargar era más sencillo, lo complejo era cargar y mantener en orden los equipajes de más de cuarenta personas dentro de la guagua- almacén. Primero maletines grandes, luego colchones con forro, colchones sin forro, cubetas, maletines pequeños, casas de campaña, y otros artículos extraños que causaban la rotura de la cadena, como un bolso llenos de piedras que fui recogiendo por todo el camino y fue creciendo hasta los 33 kilogramos.  



 

Esta foto es de la llegada a una escuela en Punta de Maisí donde haríamos campamento por un día. En ocasiones solo nos quedábamos una  noche en los lugares, otras hasta tres días. Generalmente las escuelas nos servían de cobija, eventualmente, una casa de cultura, un campamento de pioneros, una sala de video o la casa de las personas. Cada uno tenía su colchón y sobre él dormíamos plácidamente entre los mosquitos, el frío, las ranas, las cucarachas, pero también entre los dibujos de los niños, las pizarras y los componedores.

A cada lugar que llegaba la Cruzada le esperaba el recibimiento de los niños, con canciones, poemas, o tonadas oriundas del municipio acompañadas por danzas. Era como una especie de trueque espiritual del que pocos salían ilesos. La mayoría de nosotros se emocionaba con la actuación de los niños, probablemente más de lo que se emocionaban ellos con la obra de teatro.

Esta foto recoge el ambiente habitual de la Cruzada, la gente contenta por haber llegado a un nuevo lugar, personas de varios grupos y lugares del país, hombres y mujeres, jóvenes y no tanto, ayudándose. Otro detalle común de esta foto es la bandera cubana, siempre sobrevolando.



 

En esta foto se ve, impetuoso, el camión de la Cruzada. Los intrépidos viajeros que van al frente son Yaxel y Alejandro del Guiñol de Holguín, Yamila de Teatro de Los Elementos, de Cienfuegos y Claudia Deyanira de Teatro Callejero Andante, de Granma. En la cabina, detrás de las banderitas, están Jerez, chofer de la guagua-almacén que transporta los equipajes y la comida, en el centro Dayana, actriz del Dramático de Guantánamo, quien hizo la Cruzada embarazada de cinco meses, y quien maneja es Rey, que ha sido por cuatro años el chofer del camión que lleva a los artistas a los parajes más diversos. Atrás, en la cama del camión, estamos el resto de los cruzados. 

En primer plano, la identidad visual de la Cruzada en esta edición, que se repite en tamaño mayor a un costado del camión. Esta foto es muy representativa de la experiencia que ya lleva 27 años. Nos recuerda a los más jóvenes las historias de las primeras Cruzadas, en las que se viajaba a pie y los fundadores tenían que caminar hasta cuatro horas para llegar a los lugares donde harían la función. El camión facilita muchas cosas y distribuye en poco tiempo a los grupos y sus escenografías por las comunidades. Cada día salimos temprano en la mañana y se realizan alrededor de cinco o seis funciones simultáneas en diferentes poblados. El camión va repartiendo a la gente y luego vuelve por ellos. Los primeros que se quedan a veces deben esperar horas antes de ser recogidos, por las distancias tan largas entre las comunidades.

En el mismo camión vamos a las funciones nocturnas que se realizan en el lugar más poblado de la zona. La gente espera cada año a los cruzados, y cuando ven el camión saben que ya han llegado y alzan sus manos para decirnos adiós, dejando a un lado sus tereas cotidianas. Muchas veces encontramos gente al borde del camino que se dirigen a las funciones y los montamos con nosotros hasta el lugar de la representación. Entonces ellos llegan emocionados porque han estado cerca de los actores.        

Rey, el chofer, es una persona amable y jaranera, que ganó todas las competencias de cuentos que se hicieron en el campamento, dejando a los actores en segundos lugares. Su entusiasmo y cercanía con los cruzados veteranos y jóvenes, fueron muy apreciados por todos. Además de transportarnos, participó de todas las funciones  de teatro y salió, cada noche, a saludar al público como lo que es: un auténtico cruzado.

Sobre ese camión azul de cinco estrellas transitamos por caminos muy peligrosos y maltrechos, por lugares increíbles, muy distantes del campamento, como Jagueyes, Veguita Prieta, Mandinga, Picoteo de Capiro, Palma Clara y otros muchos. También atravesamos La Farola velozmente y descendimos sobrecogidos por la Loma de La Boruga en Boca de Yumurí. 



 

Esta imagen se repetía cada noche en la presentación de la función nocturna. Aquí estamos casi todos saludando al público de La Máquina con la canción “A Baracoa me voy, aunque no haya carretera, aunque no haya carretera, a Baracoa me voy, con la mochila en el hombro, a Baracoa me voy, subiendo y bajando lomas, a Baracoa me voy…” Eldys Cuba, es el presentador, siempre con su atuendo singular y su micrófono de balita. En cada poblado se explicaban las motivaciones de esta edición de la Cruzada, dedicada al pensamiento humanista de Fidel y a las comunidades afectadas por el huracán. Luego se celebraban los aniversarios de vida artística de Ury Rodríguez quien cumple 30, Rafael González 40 y Eldys Cuba, 25 años.

Luego se pasaba a la presentación de cada grupo participante en esta segunda etapa. Teatro la Proa, Teatro Los Elementos, Guiñol de Holguín, Andante, Etinerancias de Brasil y los colectivos guantanameros Teatro Ríos, Dramático, Guiñol de Guantánamo, La Barca y la Compañía Circense Carpandilla. También se presentaba al resto de los participantes, choferes, productor, sonidista, especialistas de teatro y fotógrafo.

La función de la noche estuvo integrada, la mayoría de las veces, por los números del mago Mashenry, uno de los cruzados más populares, y una puesta de Los cuentos del Decamerón, por el Dramático de Guantánamo, dirigida por el joven actor Fermín Figueredo. Las noches de magia y comedia entretenían a los espectadores que, en casi todos los lugares, se quedaron con ganas de más.

En algunas de las últimas jornadas, el espectáculo de la noche se concibió como una suerte de concierto múltiple y espontáneo de muchas voces. El hilo conductor era Teatro de Los Elementos, una agrupación que unió a los cruzados y regaló al público las más lindas funciones. Los fabulosos cuentos de Ury Rodríguez fueron acompañados por los acordes de Vismel, músico de Los Elementos y el mago Mashenry fue asistido por Iroan Luis, actor del colectivo cienfueguero. Los actores del Jovero también hicieron featuring con Teatro Ríos y las payasitas Yayita y Lolita, con Teatro Callejero Andante y el actor y bailarín Marcos Castillo también de Ríos.

Lo especial de estas funciones que unen a varios grupos, es que se logra un gran espectáculo donde el teatro, la danza, la música, la magia y la comunicación con el público, hacen la maravilla de la noche. La función terminaba con una canción especial alrededor de Juan Carlos, quien fungía como el líder de la presentación. Él tocaba el tambor con su gracia natural y movilizaba a todos en el público y los ponía a repetir el estribillo “Cuando suena el tambor, eeee, suena el tambor”. Un tema que se quedará para siempre en la memoria de la Cruzada como símbolo de unidad entre los cruzados.



 

En esta foto se ve Gleibis, Ormileidis, Santa y su nieto Brauleidis. Esta es la familia que me acogió en Boca de Yumurí, un lugar donde los cruzados se han quedado en la casa de la gente por 27 años. En la casa también viven los dos hijos de Santa, uno, gemelo con Gleibis y otro, el papá del niñito. Esta foto es especial porque Boca de Yumurí fue el lugar más impresionante que visité en la Cruzada. Es un sitio maravilloso donde se unen el río y el mar. Para las personas que viven allí es un placer inmenso acoger en sus casas a los artistas. Fue una gran experiencia compartir de cerca con la hermosa familia de Santa y conocer sus historias.

La casita de Santa está justo a la orilla del mar, por las noches crujen las tablas de madera por la fuerza del viento, y en las mañanas puedes salir a ver cómo sale el sol entre el río y el mar. La ropa se tiende sobre las piedras de la playa y dentro del “excusado” duermen el perro, las gallinas, los pollitos y las ranas. La comida de Santa es exquisita y el café delicioso.

Una de las cosas más emocionantes de la Cruzada es la reacción de la gente. Aunque todos los públicos son diferentes, las personas agradecen y te dan muestras de afecto. Cuando terminan las funciones de las mañanas que se dan en las escuelas, siempre hay una mesita preparada con dulces caseros, café, refresco, o tomates. La mayoría de las personas se disculpan por la austeridad de la mesa y nos hacen los cuentos del ciclón, que aún está muy presente en la vida de muchos que tardarán en recuperarse. Entonces, cuando te dan lo poco que tienen y además lo hacen con un cariño entrañable, yo me pregunto: ¿Qué puedo hacer?

Cuando me fui de casa de Santa, luego de tres días de estancia allí, descubrí que no tenía nada de valor para regalarle. Tal vez esa fuera una señal de que nada podría pagar su hospitalidad y su bondad. Es por esa razón que la Cruzada se sostiene sobre la voluntad y el amor de los que cada año emprenden el viaje, sin tener nada mejor para entregar que un aliento de teatro.



 

Otra foto tomada por el acucioso lente de Abelito que muestra a los niños curiosos antes de la función. Los pioneros contrastan con los paisajes campestres de suelos colorados, con sus uniformes impecables y sus medias blancas. Es impresionante que haya escuelas en lugares tan remotos, a veces solo con una matrícula de cuatro niños. Todas las escuelas que vi están perfectamente amuebladas con sus sillitas y sus mesitas. Hay dibujos de colores en las paredes, juguetes, lápices y materiales.

Algo singular de estas escuelas y comunidades es que el maestro es una autoridad, es una figura de respeto y a la que todos admiran sinceramente. Para mí, que soy profesora, fue muy lindo encontrarme con esta visión en las montañas, pues en muchos espacios el maestro está desvalorizado. En las montañas guantanameras, como debe ocurrir en otros lugares, el maestro es muy importante y la gente lo siente de esa forma.

Lo que más me gusta de esta foto de grupo es que los niños parecen abrazar a Martí. El abrazo fue una constante en nuestra travesía. Alguien dijo alguna vez que: “Revolución es también todos los abrazos del mundo dados juntos, al mismo tiempo.” Y es precisamente el Apóstol el inspirador de la Cruzada, una obra de fe, y de apuesta por un mundo mejor. Martí aparece en muchas fotos, al lado de la bandera y casi siempre con una flor silvestre en su pedestal.       

Los cruzados seguirán en su deambular por caminos, carreteras, por la pulida piedra de la playa, por las frías aguas del río, por senderos sin más escenografía que el monte de copey y de pagua al decir del propio Martí en su Diario de Campaña. Esa austera travesía teatral tiene forma de abrazo y de flor silvestre, las mejores maneras de reverenciar la obra del Maestro.