For ever young and musical

Una partitura para jóvenes ejecutantes

Pocas veces tiene uno la oportunidad de quedarse con la boca abierta. Pocas si pensamos en los cientos de probabilidades que deberíamos encontrar entre la alta cifra de grupos teatrales con los que contamos, y pocas cuando hablamos de clowns cubanos. ¿Qué probabilidad real existe de que un grupo de alienígenas aterrice en la sala de tu casa con narices rojas? ¿Qué probabilidad existe de que te agraden, te conmuevan, e incluso te enamoren?


 

En este punto es posible el argumento: María Laura se ha vuelto loca. Ve mucho “Pasaje a lo desconocido”. Es cierto. Lo hago. Y si es necesario para comunicarse con alienígenas y conservar la fe, ojalá que muchos también lo hicieran.

Desde que Ernesto Parra dijera ante mí que los clowns son seres raros, distintos, que ven el mundo de otra forma y se comunican con nosotros de manera extraverbal, pensé en los extraterrestres. Claro que cada cual se imagina a su extraterrestre como quiera, generalmente a imagen y semejanza (no por gusto los tan famosos hombrecitos verdes tienen —en amplias vertientes— dos ojos, dos orejas, dos manos y dos pies), y los míos, definitivamente, vienen con narices rojas e instrumentos musicales.

No sé si deba decir “jamás”, pero jamás me sentí tan estremecida por un grupo de jóvenes actores. Ni siquiera cuando escribo sobre Super banda clown se me quitan las ganas de llorar. La primera vez, en Las Tunas, comencé a tomar notas para escribir un artículo y me detuve —siempre algo me impide escribir a tiempo sobre Teatro Tuyo, y mis letras continúan siendo tardías—, pensé que por la emoción del estreno. Pero en Matanzas volvió a sucederme. Solo que esta vez descubrí el motivo.

Nunca me ha importado mucho la edad de la gente, menos aún de los actores. A sus cincuenta y tantos Williams Quintana acaba de interpretar en Matanzas a una madre Leonor que le pone los pelos de punta a cualquiera; mientras Maluli, Karambola, Chocolina, Yuyo, Chela, Belo y Chopete arman una banda en el otro extremo del país y tocan en vivo lo que primero es una desarmonía de Beethoven, que no se convertirá en “Oda a la alegría” hasta que todos los integrantes de la orquesta estén unidos. En ese momento entramos nosotros a escena. Es como si extendieran un cartel inmenso: “Querido terrícola: si no estás tú, tampoco se escucha igual esta sinfonía. Esto también es contigo”.

Donaire. Reciprocidad. Micrófonos.

Fascinación. Solsticio.

Una partitura tunera y universal interpretada por jóvenes ejecutantes, alienígenas sin edad, clowns eternos en el tiempo.

Lágrima. Silencio.
Do.