Fito Páez: Esa vuelta a la Isla me salvó la vida

Estoy descendiendo aún de la cumbre espiritual y poético-emotiva en la que me dejó Fito Páez cercana la medianoche de este lunes 20 de junio. Llevo horas bajando; aunque nunca retornaré —retornaremos más, ¿verdad, elegidos?— hasta el punto de simple mortal (cargado de imposibles y penas) con que traspasamos las puertas del teatro Carlos Marx, ansiando su concierto: hemos sido tocados por la poesía.   

Debo confesar que arrastré a algunos amigos a sabiendas, o creyendo saber, de lo que se trataba, siendo un seguidor (y hasta puedo jactarme de promotor) de Fito Páez desde ¡1986! En todo caso, desde antes de su primer viaje a Cuba, ya lo ponía bastante en mis programas de Radio Cadena Habana, gracias a un espacio de crítica musical llamado “Ahora”, que heredé de Jorge Gómez y Roberto José; ellos habían llevado a la emisora mucha de aquella música mágica que quita pesares y te hace ver al mundo con ojos bienhechores.

De ahí que cuando abrazaba amigos en los umbrales de la catedral marxista musical de 1ra y 10, iba con expectativas bien altas y sobradas razones. Estuve hace 30 años cuando Fito llegó con su banda y las canciones del disco Giros a ese mismo teatro, y un par de años después cuando retornó para mostrarnos (o arrebatarnos) con el electrizante disco Ciudad de pobres corazones. Después de eso vinieron otros momentos con Fito, y por supuesto, lo he seguido disco a disco.

Hay muchísimo más y de emociones extremas, como aquel concierto en la Plaza de la Revolución donde estuvieron, si mal no recuerdo (y no hay rastros —increíblemente— ni en internet), Joaquín Sabina, Gerardo Alfonso, Carlos Varela, Santiago Feliú, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés; y los más recientes encuentros, como el que ofreció celebrando los 20 años de El amor después del amor.

Ahora, lo de anoche fue la fiesta de rock nuestroamericano más grande a la que haya asistido. “¡Qué Rolling ni Rolling!”, dijo un amigo al salir, aludiendo a que el concierto de los Stone se quedó chiquito. Y, en efecto, apartando tecnologías y famas globales, o públicos más abiertos, coincido con el amigo: hubo tanto como nunca antes en La Habana, incluso roqueramente, pero lo esencial fue el amasijo de bendiciones colectivas que tienen que ver con esta Isla, con los años de creación de Fito, con su vida y sus visitas, con el amor de Cuba hacia él (y viceversa), con la carga poética, con la historia y el presente latinoamericano, y con la necesidad humana de inventarnos un horizonte donde quepamos todos (y para el bien de todos).

La energía volcánica, humana y musical desplegada por Fito Páez, espesada en su interacción con el público, rebasó los límites de la cordura. Ahora repensando, más bien reviviendo, lo acontecido me parece ser parte de la secuencia de Hombre mirando al sudeste, la película de Eliseo Subiela; aquella en que el personaje central, Ramsés, toma la batuta del director de una sinfónica y dirige “Oda a la alegría”, de Beethoven, que despierta a los locos del hospital y los lanza a una verdadera revolución orgiástica. Con ese mismo aire se desbordó anoche el teatro —un teatro de cinco mil lunetas y que aguantó mucho más asistentes—, durante casi dos horas y media.